Se hace camino al andar

Por Sergio Dellepiane (*)

Comienzan a repicar voces que pregonan la necesidad de contar con un Plan Económico que contemple primero la estabilización, luego las herramientas para el despegue y por último, siente las bases indispensables para el crecimiento del país. Se repiten los términos acerca de reglas, medidas, estructuras, casi como un mecanismo de relojería para que todo fluya según las pretensiones de quien/es invocan las exigencias, a modo de un corset a medida, para recorrer un camino, a todas luces intrincado e incierto, que nos saque de la ciénaga profunda y pestilente que nos legaron décadas de “Estado presente”.

De planes estructurados hasta el mínimo detalle, rayanos con la perfección, tenemos experiencias de sobra. De sus contundentes fracasos, también.

En junio de 1985 Argentina lanzó el Plan Austral en un intento por frenar una inflación que superaba, para ese entonces, el 650% anual y que daba señales de acelerarse dramáticamente. Los registros históricos nos revelan que luego de un corto período con estabilidad de precios, posterior a su implementación, Argentina regresó por el sendero de la inestabilidad económica que culminó con la hiperinflación en 1989. El plan tuvo un importante componente ortodoxo, compuesto principalmente por una gran reducción del déficit fiscal para evitar tener que imprimir moneda para financiarlo y mantuvo tasas de interés positivas que superaban en varios puntos a la tasa de inflación a fin de mantener los depósitos de los ahorristas contenidos en sus cuentas bancarias. Además, basó su intención de estabilización en un tipo de cambio fio, que se utilizó como ancla nominal del programa para afectar las expectativas de inflación con el único fin que la misma no se desmadrara. Asimismo, la estructura del plan incluyó algunos componentes heterodoxos, tales como fijar tarifas de servicios públicos, controles de precios y salarios que sirvieron para coordinar el proceso de una disminución rápida de niveles inflacionarios de más del 10% por mes hasta alcanzar un 2% mensual. Vale recordar que los controles de precios no se impusieron en forma “represiva” ni autoritaria, sino que funcionaron como un elemento coordinador, siendo útiles en la medida en que todos creyeran y, por lo mismo, confiaran en que la inflación se reduciría realmente. Pero, siempre hay un pero; el Plan Austral comenzó a tambalear debido a que el equipo económico no tenía el control de palancas básicas que afectaban el déficit fiscal como el gasto discrecional de las empresas públicas ni tampoco el apoyo del Banco Central que jugaba su propio partido. Tampoco había apoyo político del parlamento para hacer las reformas estructurales que eran necesarias a fin de sostener la estabilización y crear las condiciones mínimas exigidas para impulsar el crecimiento económico del país. Estas presiones internas, sumadas a las exigencias de la oposición, empezaron a dinamitar el Plan que sucumbió cuando volvieron el déficit fiscal y los sindicatos retomaron la vieja costumbre de exigir aumentos de salarios incompatibles con la estabilidad de precios establecida y totalmente alejados de la realidad productiva nacional.

La Economía como ciencia social, siempre está expuesta a los vaivenes de las pretensiones de los hombres. Por lo mismo, ningún Plan Económico, estructurado de antemano, tiene asegurado su éxito futuro, como tampoco lo tuvo la Tablita de Martinez de Hoz, ni el Plan Platita de Massa.

Todo proyecto se convierte en realidad partiendo del análisis del suelo donde se erigirá la estructura. Corregir las condiciones desfavorables del mismo se convierten en una exigencia previa ineludible a la implantación de los cimientos desde donde partirá la construcción proyectada. Sin embargo, estará expuesta a las condiciones del ambiente, siempre cambiante y hostil. Intereses encontrados, privilegios temporarios asumidos como permanentes, usos y costumbres arraigados pero contrarios al bien común, poderes y contrapoderes, derechos y deberes, favores y contraprestaciones; todo conspirando contra la estabilidad de una frágil construcción humana cuyo objeto de deseo no es ni más ni menos que el dinero por el dinero mismo. Ambición humana incontrastable, por lo ineludible.

Si es cierto que de los fracasos se aprende, tenemos mucho por revisar.

Lo primero es reconocer que no existe el plan ideal. La ciencia económica tiene, en su bagaje de siglos, postulados que no han podido ser rebatidos hasta el presente, pero reconoce que la Economía Política mantiene su falibilidad en virtud de ser implementada por hombres que poseen conocimientos, habilidades e intereses limitados, estrechos y diferentes, según su propia condición de finitud, ambiciones y complejos.

Lo segundo será aceptar que, como Nación, estamos todos subidos al mismo avión, los de primera clase, business y turista, por lo que las turbulencias nos afectan por igual independientemente del asiento en el que viajemos y por las que, si el avión se sacude, cae o estrella, lo haremos todos sin distinción; pilotos, tripulación y pasajeros incluidos.

Lo tercero involucra el miedo a lo desconocido. No tenemos forma de saber que nos deparará el futuro, pero sin confianza todo puede salir mal.

Por último, aunque no creo demasiado, algún resquicio le dejo a la suerte, sin la cual será muy difícil atravesar el Rubicón.

¿Y si sale bien? Alguna chance mínima siempre habrá. La teoría de las probabilidades sostiene que, para todas las situaciones existe, al menos, una alternativa. Aquello de cara o cruz.

¿Y si sale mal? No será la primera vez. La experiencia presente la recordaremos como una mancha más al tigre que desde 1944 viene acumulando en el debe, como comunidad organizada, más ensayos fallidos que los que se practicaron para dar vida al Frankenstein de Mary Shelley.

Cualquiera sea el lado del que caiga la moneda, al convivir dentro de un sistema democrático, siempre podremos intentarlo de nuevo.

La esperanza es lo último que se pierde.

¿O no?

“La mayoría de nosotros conocemos los requisitos para estabilizar y volver al crecimiento sostenido del país. Pero nadie sabe cuál es el sendero más rápido y menos doloroso para alcanzarlo. Mucho menos, nadie tiene la respuesta que nos lleve a ser un país desarrollado” J.C. de Pablo (1943 - …)

 

(*) Docente. 

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