A los amos de la vida y la muerte

Edición: 
697
Reflexiones de cierre

Luis María Serroels

Conjugar todos los sucesos que se han sabido atesorar, donde una mezcla de sentimientos, intereses comunes, necesidades colectivas e impulso al reconocimiento selecciona, sintetiza y protege un determinado patrimonio, eso es la memoria de un pueblo. Pero dentro de ese inventario, existen acontecimientos que también se mantienen fuertemente sellados y no porque sean motivo de orgullo, sino porque la sociedad acuerda que no deben repetirse jamás. Estamos hablando de esos episodios que han marcado malamente y que como estigmas se estacionan en la conciencia del ciudadano.

En sentido positivo, la memoria es aquello que logra mantener inalterables los principios esenciales ante los embates de todo tipo y sobre todo, frente a una cuestión tan grave y dolorosa como el período más funesto, aciago y vergonzante de nuestra historia nacional.

Porque el 24 de marzo de 1976 –mañana se cumplirán 30 años-, una banda bien organizada conducida por jefes militares y utilizando los uniformes, las armas, los subalternos y toda diversidad de recursos que la nación les proporciona para defender los supremos intereses del país obrando con sujeción irrestricta a la Constitución y las leyes, irrumpió en el poder como depositaria de un supuesto mandato y como amos y señores de la vida, la hacienda y el destino de millones de argentinos.

Quienes históricamente se han sentido la reserva moral de la patria –condición que lejos está de equipararse con el grande entre los grandes, el Libertador de América que jamás desenvainó su sable para derramar sangre hermana-, quienes precisamente deben velar por la seguridad de todos los habitantes, convirtieron el país en un infierno y manejaron todos sus resortes a gusto y paladar, con la ayuda cómplice de civiles omniscientes cuya moral apuntaba al poder por el poder mismo.

Ese comando genocida, valiéndose de “grupos de tareas” que fueron adiestrados para el secuestro, la tortura, el asesinato, el robo de bebés y cosas materiales como botín de guerra, y la desaparición forzada de personas, instaló el terrorismo de Estado después de haber proclamado el apego por la legalidad, la restauración del derecho y el reencuentro de los argentinos.

Centenares de miles de compatriotas despedidos del mercado laboral, dirigentes políticos, sindicales y de organizaciones sociales, figuras de la ciencia, la cultura y militantes del campo popular, fueron encarcelados y hechos desaparecer con total impunidad, mientras las Fuerzas Armadas se repartían las provincias para gobernarlas por fuera de la legalidad institucional.

En una degradante concepción lineal y despreciable de la inmoral doctrina de la revolución triunfante y bajo el rótulo de la seguridad nacional, se aplicó un plan siniestro y un modelo perverso ejecutados para el servicio de unos pocos en perjuicio de millones. Todo esto fue llevado adelante con el uso de una logística impresionante, operando sobre zonas liberadas y apoderándose de los bienes de sus víctimas: muebles, automóviles, casas, terrenos y campos a los que, mediante el lenguaje de las “parrillas” y “picanas”, les obligaban a firmar actas notariales para transferir elementos en la obscena repartija donde no se salvaban ni los tubos de pasta dental.

Estas maniobras eran consumadas mientras simultáneamente, en un acto de inconmensurable hipocresía, se rendía homenaje a nuestros próceres ilustres marchando marcialmente con señorío y arrogancia, frente a palcos donde convivían alegremente civiles y uniformados. ¡Quién iba a imaginar que entre las aeronaves que sobrevolaban cada desfile, estaban las mismas que brindaban sus buches para trasladar seres humanos adormecidos a los que se arrojaba al mar! ¿Y a esto le llamaban la victoria en una guerra?

A tres décadas de aquella jornada que marcó a fuego la conciencia de los argentinos y más allá de una muy discutible ley que impuso declarar feriado esta fecha, aún a contrapelo de lo que el sentimiento popular sostiene en aras de afianzar la memoria, es imprescindible identificar también a los personajes que, haciendo suyo el legado de tanta atrocidad y convertidos en los huevos que dejó la serpiente, sirvieron con eficiencia a los culpables de aquel largo, humillante y sangriento tramo de nuestra historia.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)

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