El extraño caso del campanero de la San Miguel

Edición: 
703
Cuento de Fermín Luis Garay

-I-

Cuando te diagnostican que tienes el mal de Alzheimer de lo único que puedes presumir es que la enfermedad tiene un nombre bello, vigoroso y también que determinarás una mirada de horror en tu interlocutor que se siente de pronto como quien da la mano a la muerte. Tu cerebro se achica y el espacio sobrante es ocupado por un líquido acuoso. Nunca fui muy normal y por eso creo que tardé en darme cuenta que algo andaba mal. Tres cosas me llamaron la atención. La primera fue la pérdida de un final de torres que yo juego, normalmente a la perfección. La segunda es que me olvidé del teorema de Pitágoras y con ello se me vino abajo toda posibilidad de explicar a mis alumnos de física teórica la Teoría de la Relatividad. La tercera era la peor. Noté que todo me molestaba y la menor contrariedad o lo que yo juzgaba como un error en el otro me producía un sentimiento de odio invencible y me daban ganas de matar y de hacerlo malamente, con crueldad, gozando hasta el orgasmo con el dolor de la víctima. Cuando una mañana al levantarme tuve un mareo y aparecí en el suelo fui corriendo al médico. Cuando volví alguien había colgado un reconocimiento enmarcado bellamente y unas insignias con la bandera sueca: “Se concede el Premio Nóbel de Física al Profesor Dr. Wolfgang Fürtwaengler por sus investigaciones sobre la imposibilidad de aniquilar los sucesos espacio temporales y el eterno retorno de lo mismo”. Intenté recordar a Fürtwaengler pero fue inútil y eso me produjo un estallido de dolor y furia y me puse a llorar hasta que los ojos se hincharon como sapos en mi cara.

-II-

Estaba seguro que habían cambiado el campanero de la San Miguel. El que estaba ahora no sabía nada de campanas. No sabía que sus tañidos habían significado, en otros tiempos mensajes, de muerte, resurrección y victorias y que estaban ligadas a las instancias más profundas de los hombres y de los pueblos. Las notas chocaban unas contra otras, se anulaban y se herían como una multitud que puja por salir del teatro cuando gritan fuego. Ese no era un campanero, jamás podría llevar encima la sordera dignísima del jorobado de Notre Dame. Era un asesino de toda nobleza y, por lo demás, implacable, puesto que cada hora sin necesidad objetiva alguna tiraba con furia de todas las cuerdas al mismo tiempo y producía un caos sonoro de proporciones intolerables.

Estaba convencido que no sabía que yo lo escuchaba ni quien era puesto que tampoco yo lo sabía. Yo miraba las naves de la Iglesia pero no alcanzaba a divisar el monstruo. Me llamó la curiosidad que, en la parte más alta de las torres, entraban y salían aves, que por su tamaño no podían ser palomas. No eran palomas no. Por lo contrario, las cazaban con gran efusión de sangre, y las llevaban un poco más abajo, hacia su nido. Yo gozaba del espectáculo como si fuese un César romano en el circo y, con silenciosa crueldad bajaba el pulgar cada vez que alguna se hallaba en dificultades. Gozaba tanto como si yo mismo las matara. Los caranchos eran una prolongación de mi voluntad, como si a mi cuerpo le hubieran nacido garras y un pico fuerte que blandía como una espada lista para cubrirse de gloria. Fueron en esos instantes cuando se me ocurrió toda la compleja trama. Mi modesta humanidad contaría con el propio Arcángel para vengarse del campanero. Dios mismo me daba como escudero a uno de sus guardias favoritos. La suerte del monstruo estaba echada y, os lo aseguro, no era buena.

-III-

Eran caranchos, sin duda alguna. Hay un equívoco respecto a los animales carroñeros. Yo creo que son, sobre todo, oportunistas. Si la circunstancia lo permite son también cazadores y estos tenían las palomas como un regalo de los dioses. Infinidad de ellas, gordas, desprevenidas aún, anidaban en las más variadas salientes y huecos de las naves y de las torres de la iglesia. Recordé las hienas que cuando están en manada son perfectamente capaces de matar al león. Hace poco seguí con interés la tesis escandalosa de un paleo zoólogo que sostenía basándose en sutiles cuestiones anatómicas que el “tyrannosauro rex” era un simple carroñero y no el asesino por excelencia en las épocas calurosas y vertiginosamente lejanas de los dinosaurios. El mundo académico se revolvió con furia pues, en el fondo, a todos nos encantaba la posibilidad de la existencia del imbatible depredador y creo que, subrepticiamente, sin confesar a nadie, nos identificamos con él. Un César, un Atila, un Nabucodonosor... un asesino aún más puro, no tocado todavía por la pálida luz de la reflexión. Pienso ahora que nada hay de romántico en el viejo dinosaurio. Hacía lo que podía, comía carroña y mataba según la ocasión. Golpe afortunado, Fürtwaengler tenía una pieza única: el opúsculo manuscrito y nunca publicado de Wilhelm von Humboldt sobre la domesticación del carancho sustraído por él de los anaqueles de la biblioteca de quien fuera su antecesor como rector de la Universidad de Berlín. ¿Por qué tenía yo el libro de Humboldt? ¿Quién era Fürtwaengler? En ese momento sentí que me daban un hachazo en la cabeza y cuando desperté tenía el cuerpo helado y tembloroso. Alcancé una botella de cognac y me arrastré hasta el sillón. Caído a su lado estaba el manuscrito de Humboldt y traté de recordar el porqué de su aparición ahora sorprendente. Las campanas me rompían los tímpanos y juré acabar con el monstruo a quien no conocía personalmente, sólo por sus obras, como a Dios. Las dos ondas sonoras chocaron entre sí y el mundo entero se agitó en un rugido de furia e incontenible dolor.

-IV-

Al día siguiente tuve fuerza como para poner el plan en movimiento. En mi estado actual era imprescindible ensayar y calcular los movimientos e inclusive las palabras que necesitaba pronunciar. Debía ser lacónico para no cometer errores o, por lo menos, que sólo fueran pequeñas inexactitudes, de manera tal de no llamar mayormente la atención sobre mí. Me sobresaltaba la idea que pudiera ocurrir de otra manera pues sufría con las miradas burlonas o excesivamente condescendientes de los demás. Consideré que la condición necesaria para desarrollar mis designios era conocer perfectamente al campanero y que era también de toda lógica que el momento en que eso ocurriera estuviera desarmado, esto es, sin tener en sus manos las largas cuerdas que servían para agitar locamente los martillos. Debía ver al campanero fuera de su cubil y, por lo tanto, debía encontrar una persona más o menos neutral a quien preguntar por él. Consideré improbable, pero posible que al entrar a la iglesia fuera él mismo quien saliera a mi encuentro. En tal caso, me dije, la pregunta era la misma: ¿Quién dobla las campanas? No me parecía ofensiva y no prejuzgaba sobre las calidades del tañido. Había, sin embargo, en ella algo inquietante que yo no alcanzaba a descifrar. Caminé como pude la media cuadra que me separaba de una entrada lateral de la iglesia y quedé sorprendido del respeto y deferencia con que me saludaba la gente. Ello a pesar de la cara que tengo cuyos estigmas de locura me parecieron mucho más evidentes en la breve pasada que hice ante el gran espejo del lavatorio de mi cuarto de baño. Además mis movimientos me parece que no eran normales. Ese balanceo, ese agitar los brazos como un molino... Pasé al interior de la nave que, encandilado todavía por un sol blanco y penetrante, me pareció, sospechosamente, oscura. Me detuve indeciso... y me encontré de pronto con un anciano que, evidentemente, no podía ser el monstruo. Con toda tranquilidad y con voz casi tonante le pregunté: ¿Por quién doblan las campanas? Al instante percibí el error... y el inmenso ridículo en que había caído. Profesor alcancé a escuchar... se siente bien... siéntese, por favor. La suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Una oleada de alegría se apoderó ahora de mí. Ahí brillaba en mi memoria con letras estampadas en oro el teorema de Pitágoras... Dios... había vuelto a recordar... Gary Cooper e Ingrid Bergman, claro. Alcancé a decir... yo... me siento bien. En ese mismo instante caí aplastado por un sonido atroz. Las campanas habían sido pulsadas nuevamente por el monstruo. Ahora recordaba todo. La pregunta que formulé lentamente y con los labios apretados era: ¿Quién dobla las campanas? Y perdí el conocimiento.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)

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