El relevamiento que estaba faltando

Edición: 
730
La salida del libro Tierras SA, Crónicas de un país rematado, de Andrés Klipphan y Daniel Enz

Andrés Klipphan y Daniel Enz

El libro Tierras SA, Crónicas de un país rematado, editado por el Grupo español Santillana-Alfaguara, es el nuevo trabajo de los periodistas Andrés Klipphan y Daniel Enz, director de ANALISIS. Tierras SA demuestra que el proceso de concentración de las propiedades en pocos dueños avanza sin tregua, que cada vez más extranjeros se apoderan de las mejores áreas del país y que muchas adquisiciones son hechas con fondos de procedencia dudosa, a veces a nombre de sociedades anónimas de origen incierto. Tierras SA, Crónicas de un país rematado, es el primer libro que pone en foco a los terratenientes a lo largo de todo nuestro territorio. El entramado de datos documentales con historias de vida expone, además, las dramáticas consecuencias sociales de esta realidad que cada vez más beneficia a unos pocos en detrimento de la mayoría. En exclusiva, en esta edición, este semanario publica parte del capítulo cinco, referido a Entre Ríos y algunos de sus dueños de extensiones en esta provincia.

Esa mañana de fines de 1999, José Felipe Yabrán se dio cuenta de que ya no tenía el poder de siempre en Yabito, la firma que había fundado con su hermano, Alfredo Nallib, en 1978, poco antes del inicio del Mundial de Fútbol. Cuando levantó el teléfono y avisó a las oficinas de Buenos Aires que casi estaba cerrada una operación de compra de ganado -actividad a la que se dedicaba desde hacía 20 años-, un gerente le dijo escuetamente: “Primero lo tendrá que definir el contador Francisco Gázquez Molina”.

-¿Y esto desde cuándo? -preguntó, sin ocultar su bronca del otro lado del tubo.
-Así lo decidió la señora Cristina. Don “Paco” es quien define ahora estas cuestiones.

-Me están anulando, ¿no? -acotó.
-No le puedo decir más nada…

Toto Yabrán, como siempre se lo conoció en Entre Ríos, ni siquiera exigió una nueva respuesta. Indignado, cortó la comunicación e inmediatamente desechó la operación ganadera. El hermano mayor de los Yabrán entendió que las cosas habían cambiado a partir de la muerte de su hermano en la estancia San Ignacio -a pocos kilómetros de Concepción del Uruguay-, después de que el juez de Dolores, José Luis Macchi, decidiera llevarlo a declarar, en los primeros días de mayo de 1998, en la causa por el crimen del reportero gráfico José Luis Cabezas. Yabito era el apodo que tenía Toto Yabrán en la niñez. Hasta los 12 años, corría en bicicleta en competencias barriales de los pueblos de la zona de Larroque, de donde son oriundos. Siempre llegaba último y era el más pequeño de los deportistas. “Dale Yabito”, le gritaban, como apócope de Yabrancito. Cuando don Alfredo decidió impulsar la empresa agropecuaria -después de los primeros negocios que hizo con el Estado nacional vendiendo máquinas de computación-, compró dieciséis hectáreas en el departamento de Gualeguaychú. Pero al poco tiempo adquirió 2400, también en Entre Ríos. Fue la primera gran operación de tierras. Acudió a uno de sus cuñados, pero éste no quiso saber nada. “Se me va a romper todo el auto andando por los campos”, le dijo. Por mucho tiempo, el conocido empresario no le dirigió la palabra. No toleraba las negativas. Pensó en su hermano mayor y lo fue a ver directamente a su trabajo, en la sede del Ferrocarril de Larroque, el pequeño pueblo que vio nacer a los Yabrán.

-Quiero que te pongas al frente de la firma agropecuaria que estoy armando. ¿Te animás?
-¿Cómo no me voy a animar? No creo que sea una cosa del otro mundo -le respondió Toto.

El mayor de los Yabrán nunca había sido ganadero o agropecuario y antes de transformarse en empleado de Ferrocarriles Argentinos era zapatero. Pero llegó a administrar más de 70.000 hectáreas y las 25.000 cabezas de ganado que supo tener Yabito. O sea, un patrimonio superior a los 50 millones de dólares. Toto era su hermano, su amigo, y nadie del entorno le merecía tanta confianza.

Los campos comenzaron a comprarse a nombre de José Felipe Yabrán. Don Alfredo no quería aparecer, pero era quien escuchaba las ofertas y giraba el dinero. “Lo pensó como una inversión; como una especie de caja de ahorro. Eso sí: siempre quiso que los campos estuvieran en Entre Ríos; cerca de Larroque, mucho mejor”, recuerda un allegado. Algunas veces, simplemente sobrevolaba en avión un campo determinado y aprobaba la compra. Después podía permanecer dos o tres días en las estancias, coordinaba los arreglos, controlaba el ganado y volvía a Buenos Aires. Su otra obsesión era el color con que pintaba los cascos de cada estancia: siempre debían tener el colorado cedro ––característico de la bandera árabe–– con tranqueras blancas. Eran cascos con numerosas habitaciones, un amplio living, varios baños, grandes galerías y casi todas las casas compartían otra singularidad: estaban a no menos de dos o tres kilómetros de la tranquera principal, en la entrada del campo, por lo cual casi nadie podía saber si estaban los Yabrán ni quiénes eran sus visitantes, que, por lo general, llegaban en aviones, helicópteros o en autos importados con vidrios polarizados. “Por acá anduvieron jueces capitalinos, brigadieres y algunos hombres del poder como Carlos Menem, su hermano Eduardo, o el archienemigo de los Yabrán, el ex ministro Domingo Cavallo”, evoca un ex capataz, conocedor al dedillo de los movimientos en las propiedades durante los últimos 15 años. “El encuentro Yabrán-Cavallo, antes de que se pelearan, fue en la estancia María Luisa, en Colonia Elía”, indica. El poblado, de no más de 800 habitantes, se ubica a pocos kilómetros de Concepción del Uruguay. La estancia está pasando el pueblo y se llega por un camino de ripio. “Cuando estos visitantes venían, la gente se enteraba enseguida, porque varios metros antes del acceso apostaban seguridad privada, con armas largas y equipos de comunicaciones.

Y eso rompía con la tranquilidad de la zona, donde todos nos conocemos”, recuerda. También llegaban otros personajes, como el humorista Jorge Corona o el actor Rolo Puente. A los primeros campos que compró, don Alfredo les puso idéntico nombre: Mis Amores. Después comenzó a denominarlos de otra manera y en algunos casos mantuvo los nombres originales. Sumó veinticuatro estancias (todas en Entre Ríos y una en Curuzú Cuatiá, Corrientes), con más de 150 personas trabajando.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)

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