Reflexiones de pandemia

Edición: 
1112
Infodemia, “normalidad” y cuarentena

 

Américo Schvartzman

 

Lejos de la altisonancia de algunas de las celebridades del “mainstream” del pensamiento, y sin ánimo de polemizar con ninguna de ellas, algunas perspectivas para compartir en medio de una cuarentena que todavía parece lejos de terminar.

 

Estas dos historias son de los primeros meses de la cuarentena.

 

Ernesto tiene un kiosco y la misma preocupación que muchas otras personas que, desde que empezó la cuarentena, vieron reducidos casi a cero sus ingresos. Por eso, se comunicó con el dueño del local donde funciona su kiosco; la respuesta lo sorprendió: “Olvidate del alquiler. Cuando esto se normalice hablamos". Ernesto cuenta que, el dueño del local, es un trabajador no docente de la Universidad.

 

Emilia es peluquera. Alquila un pequeño local, cerrado desde que empezó la cuarentena dura. Llamó a la dueña y le dijo: “Cuando pueda volver a trabajar, cobrámelo con los intereses”. La respuesta la emocionó: “¡Olvidate! Cuando esto pase retomaremos el pago, no te hagas drama”. El detalle es que, a la dueña del local, Laura, no le sobra nada: también alquila, en su caso, la vivienda que habita con su hijo pequeño. Es madre sola y cuentapropista. A pesar de todo, no dudó.

 

Una semana después, le tocó a Laura con su propio alquiler. La dueña de la casita le dijo, casi con las mismas palabras que antes había usado con su propia inquilina: “No te preocupes, después vemos cuando pase todo esto”, contó aliviada y feliz.

 

No son personas a las que les sobre nada. Sin embargo, actuaron de esta manera al entender que, a otras menos favorecidas que ellas, su actitud podía ayudarlas a sobrellevar un poco mejor este momento.

 

¿Qué mejor lección de ética? ¿Es ingenuo pensar que la pandemia nos ayuda a aprender un poco sobre esto? Por ejemplo, hemos ido entendiendo que cada persona transmite (o no) el virus, y por esa causa, de lo que cada uno de nosotros haga, dependerá la suerte de los demás. En otras palabras, cada persona es responsable por todas. No puedo hacerme el distraído, no hay excepciones. En ética, esto se llama “principio de la responsabilidad individual”, y se vincula con la capacidad que tenemos las personas de influir, dañar o proteger del daño a quienes nos rodean. Esa capacidad me hace responsable del otro cuando su bienestar depende directamente de lo que yo haga.

 

¿Seremos capaces de entenderlo ante una pandemia? Y si lo logramos ¿no seremos algún día, capaces de aplicarlo a todo lo demás, a la desigualdad, al machismo, a la pobreza, al racismo, entre otros males que nos caracterizan? Gandhi dijo que “si pudiéramos cambiarnos a nosotros mismos, las tendencias en el mundo también cambiarían”, y aclaraba que la transformación personal y la social deben ir de la mano.

 

Borges tiene un poema titulado “Los justos” donde habla de personas que, con su accionar y sin saberlo, están salvando al mundo. Esas personas, lo sepan o no, están haciendo una sociedad más justa con sus acciones.

 

. . . .

 

Circula, desde el inicio de la cuarentena, una frase que le atribuyen a Albert Camus: "Lo peor de la peste no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso". Seguramente quienes comparten esa frase deben pensar que, en cambio, su propia alma es un hermoso espectáculo. Habría que verlo.

 

Camus fue un gran escritor y pensador, nacido en Argelia. Formó parte de la Resistencia francesa durante la ocupación alemana. En 1957, se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad».

 

Leí La peste cuando era 25 o 30 años más joven que ahora, que soy un joven de cinco décadas. Y esto de las “horrorosas almas de las personas”, suena ingeniosa, pero a mí me hizo ruido: no se compadece con lo que me transmitió Camus. Al contrario: estaba seguro de que su mensaje final –como en todo lo que leí de él– tenía que ver con una mirada dura, realista, áspera... pero que apostaba a la lucha, al sacrificio, a la voluntad de los seres humanos para ser mejores.

 

Por eso me hacía ruido la frase y volví a hojear mi viejo ejemplar de La peste, en busca de esos párrafos en los que Camus aguijoneaba la idea de que vale la pena dar la pelea, de que la resignación no es la mejor respuesta. Y lo confirmé: mi impresión juvenil no estaba equivocada. Por eso lo cito aquí, para recuperar ese sentido que impregna la extraordinaria narración de

Camus sobre la peste en Orán.

 

“El doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio...”

 

. . . .

 

Estamos muy ansiosos de volver a la normalidad. Pero ¿A qué normalidad? ¿A la que vivíamos antes? Por ejemplo, cuando pase la pandemia ¿Volveremos a pensar en esos oficios en los que no solemos detenernos y que, sin embargo, ahora pasaron a ser imprescindibles? 

 

Es una larga lista: cajeras y repositores de supermercados, peones rurales, enfermeros, trabajadoras domésticas, pero también investigadoras, choferes de ambulancias, instrumentadoras quirúrgicas, personal de maestranza de los hospitales…

 

Nunca estuvo más claro que ahora que un megaempresario o una estrella mediática o deportiva no valen más que los esforzados recolectores de residuos o que el personal de maestranza de los hospitales. ¿Qué esperamos para reconocer ese valor, también, en las remuneraciones?

 

¿Podremos empezar a pensar, como planteó el Papa Francisco, en una “renta básica” para asegurar la subsistencia de todas las personas, y a partir de allí, analizar qué otros aspectos justifican salarios diferenciados?

 

¿Un gerente de un banco, de una empresa que no produce ningún beneficio social, un empleado jerárquico privado o estatal, un actor exitoso o un conductor estrella de TV, un juez o un legislador (que están todos o casi todos de cuarentena) van a seguir ganando, cuando pase la pandemia, miles de dólares al mes, mientras una enfermera o un obrero de la industria alimentaria, un peón rural, un policía, un investigador científico, un bombero, un pequeño productor de hortalizas, o un recolector de residuos, ganan 200 dólares o menos (cuando son estos últimos los que deben seguir trabajando para salvar, alimentar o cuidar de los primeros)? ¿Y de verdad alguien cree que los primeros “valen” más que los restantes?

 

(La nota completa en la edición 1112 de la revista ANALISIS del jueves 16 de julio de 2020)

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