Cuatro comparsas, una misma altura artística: el Carnaval del País celebró su mejor paridad y el martes se conocerán los puntajes en categorías como mejor batucada, pasista, portabandera, música y, por supuesto, la comparsa que alzará la Copa Carnaval del País 2026.
La noche final no fue un epílogo: fue la alegría interminable, esa que siempre se presenta para iluminar los mejores momentos. El sábado 28 de febrero, el Carnaval del País se miró a sí mismo y midió, en la vibración de 24 mil personas, la dimensión de lo construido en casi tres décadas. La undécima y última jornada de la edición 2026 no fue una “noche más”. Fue la hora en que el arte popular se somete a su propia memoria y comprueba que el camino recorrido -entre plumas, lentejuelas y martillos de taller y máquinas de coser- no sólo sostiene una fiesta, sino un modelo cultural que es nave insignia de la temporada de verano en Gualeguaychú y motor estratégico para Entre Ríos. El presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Martín Menem, estuvo junto al intendente Mauricio Davico (los une una amistad de muchos años) y sorprendió la ausencia del gobernador Rogelio Frigerio, que no llegó nunca al carnaval de Gualeguaychú en esta edición 2026, pero sí estuvo en los de Hasenkamp, Gualeguay y Concordia.
La cifra -más de 24 mil espectadores colmando tribunas y sectores preferenciales- no es un dato frío. Es la constatación de que el carnaval volvió a consagrarse como el espectáculo teatral a cielo abierto más importante del país. La edición 2026, dedicada en homenaje a Néstor Lapalma y Roberto “Toto” Arakaki, llevó en sus nombres la memoria de quienes entendieron que esta fiesta no era un entretenimiento estacional, sino una construcción artística de largo aliento.
La paridad real entre las cuatro comparsas fue el gran dato estético de la temporada y atraviesa cualquier lectura honesta de lo sucedido. No hubo hegemonías claras ni diferencias insalvables. Hubo, en cambio, cuatro universos sólidos, coherentes, técnicamente refinados, capaces de disputar la Copa con argumentos propios. Cuando eso ocurre -cuando ninguna propuesta se impone de manera indiscutible- la victoria ya no es de una comparsa, sino del carnaval mismo.
La apertura estuvo a cargo de Marí Marí, del Club Central Entrerriano, con “Genios”, dirigida por Gregorio Farina. Desde el primer acorde, la comparsa histórica desplegó una fantasía sofisticada, de líneas elegantes y lectura escénica minuciosa. Sus carrozas, monumentales y precisas, avanzaron como arquitecturas móviles que dialogaban con el asombro. El vestuario -cuidado hasta el detalle más pequeño- sostuvo una narrativa visual que apostó al impacto sin resignar fluidez.
Marí Marí reafirmó su sello: excelencia estética y una relación directa con las tribunas, donde la gente volvió a explotar con su adhesión. La comparsa no desfila solo con sus integrantes; sino que convoca, interpela e integra al público. Esa capacidad de animar la fiesta, de sostener un ida y vuelta afectivo sin perder rigor artístico, es parte de su fortaleza competitiva. En esta última noche, su paso fue una declaración de principios: tradición y modernidad pueden convivir sin estridencias. Casi cuando finalizaba la buena perfomance de la comparsa de Central Entrerriano, se supo del fallecimiento de la histórica pasista de la comparsa, Teresita Pighetti, que terminó su carrera artística en Marí Marí, aunque había surgido en Papelitos, donde incluso fue su reina. Pighetti estaba internada en la ciudad de Colón, donde falleció.
Luego fue el turno de O’Bahía, del Club de Pescadores, con “El pescador, el genio y las mil y una noches”, bajo la dirección de Adrián Butteri. Su propuesta se apoyó en la potencia del relato clásico, en un viaje onírico donde música y danza se fundieron en una puesta envolvente. O’Bahía apeló a la magia del cuento y a la calidez de su identidad barrial para construir un puente emocional con el público.
La coordinación interna -ese engranaje invisible que articula batería, cuerpo de baile y carrozas- alcanzó en la última noche un grado de ajuste notable. O’Bahía no compitió desde la estridencia, sino desde la coherencia narrativa. Su esfuerzo colectivo, sostenido a lo largo de la temporada, la coloca en igualdad de condiciones en la disputa por el título. La emoción que despertó su paso no fue una casualidad: fue el resultado de un trabajo meticuloso.
La tercera comparsa en ingresar fue Papelitos, del Club Juventud Unida, con “Vivos”, dirigida por Juane Villagra. Su estética vibrante y contemporánea volvió a confirmar la capacidad de reinventarse que la caracteriza. Papelitos dialoga con el presente, con las tensiones y pulsos de la época, sin perder el ADN carnavalero que la ancla a la tradición.
En la última noche, su energía fue eléctrica. La potencia coreográfica y la claridad conceptual sostuvieron un discurso escénico que interpela. Papelitos entiende que el carnaval también es lenguaje y que ese lenguaje debe actualizarse. Su audacia formal no es caprichosa: responde a una lectura inteligente de las nuevas sensibilidades. En términos competitivos, su evolución técnica -noche a noche- la dejó en una posición tan sólida como la de sus rivales.
El cierre estuvo a cargo de Ará Yeví, del Club Tiro Federal, con “La resistencia”, dirigida por Guillermo Carabajal. Su propuesta, de fuerte impronta simbólica, construyó una narrativa atravesada por la lucha, la identidad y la persistencia. La coreografía -precisa y contundente- se apoyó en una paleta visual que alternó dramatismo y potencia expresiva.
Ará Yeví volvió a demostrar su capacidad para conjugar mensaje y espectáculo. En su puesta integral, la música abrazó a la danza, la coreografía dialogó con las artes plásticas de las carrozas -verdaderas esculturas en movimiento- y el vestuario se convirtió en cuadro. La comparsa logró sostener un equilibrio delicado: transmitir contenido sin sacrificar ritmo. Esa síntesis, tan difícil de alcanzar, explica por qué su candidatura es tan firme como la de las otras tres.
La paridad fue, entonces, una construcción tangible. Cada comparsa exhibió fortalezas distintas: elegancia y oficio en Marí Marí; relato y calidez en O’Bahía; contemporaneidad y energía en Papelitos; densidad simbólica y contundencia en Ará Yeví. No hubo fisuras evidentes. Hubo competencia genuina.
Esa paridad no es casual: responde a un modelo cultural articulado por la Comisión del Carnaval que promueve estándares de calidad crecientes. La evolución técnica fue perceptible noche a noche: ajustes en iluminación, sincronización más precisa en los ballets, mayor integración entre carrozas y cuerpo de baile, batucadas afinadas en matices y dinámicas. La edición 2026 dejó en claro que el carnaval no se conforma con repetir fórmulas; se somete a una mejora constante.
En este punto, resulta imprescindible detenerse en el escenario que lo hace posible. El Corsódromo “José Luis Gestro” cumplió en esta edición 29 años desde su inauguración el 18 de enero de 1997, durante la gestión del intendente Daniel Irigoyen. Ese hito marcó un antes y un después. El Corsódromo permitió al Carnaval del País proyectarse internacionalmente y ser considerado uno de los mejores del mundo. La pasarela de 500 metros no es solo infraestructura: es una declaración de ambición cultural. Sin ese espacio, la escala artística que hoy se exhibe sería impensable.
Pero hay otro rasgo que singulariza al carnaval y explica su potencia: el modelo de los clubes. En Gualeguaychú, los clubes sociales y deportivos son mucho más que instituciones recreativas: son pilares educativos. El producido del carnaval se destina en gran parte a sostener propuestas que van desde el Nivel Inicial hasta el Terciario, además de competencias deportivas y espacios de contención social. La comparsa no es una isla: es la expresión visible de un entramado que apuesta por la formación integral de las personas.
Esa dimensión educativa convierte al carnaval en una herramienta de desarrollo. Cada entrada vendida, cada tribuna colmada, impacta en proyectos pedagógicos, en infraestructura, en oportunidades para niños y jóvenes. La fiesta es, en este sentido, una inversión comunitaria.
La respuesta del público fue constante y agradecida a lo largo de toda la temporada. En la última noche, la presencia del presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Martín Menem, invitado por el intendente Mauricio Davico, sumó una señal institucional a una celebración que se caracteriza por su legitimidad propia. Sin embargo, más allá de las figuras políticas o mediáticas, el verdadero protagonista fue el público común: familias, turistas, vecinos que hicieron del Corsódromo un espacio de encuentro.
Tras el desfile, el After Billboard mantuvo la energía con el espectáculo de Julián Serrano, prolongando la celebración y subrayando que el carnaval es experiencia integral. La música en vivo cerró una temporada que superó expectativas en convocatoria y nivel artístico.
En paralelo, la labor del equipo de Prensa coordinado por Diego Hilt Quiroz e integrado por Juan Gabriel Núñez Martínez y Laura Lopardo Fava resultó clave para el éxito de esta edición 2026. En un espectáculo de esta magnitud, donde convergen medios locales, nacionales e internacionales, la organización y hospitalidad son parte de la estructura invisible que sostiene la proyección del espectáculo. Amplificar lo vivido en el Corsódromo es también construir marca cultural tanto para la ciudad como para la provincia.
Ahora, la mirada se dirige al martes, cuando la apertura de sobres revele los puntajes en categorías como mejor batucada, pasista, portabandera, música y, por supuesto, la comparsa que alzará la Copa Carnaval del País 2026. La espera no es ansiedad vacía: es la culminación de meses de trabajo.
Pero cualquiera sea el resultado, la edición 2026 ya dejó una marca indeleble. La paridad entre las cuatro comparsas elevó el estándar artístico y confirmó que el Carnaval del País no depende de una hegemonía, sino de un ecosistema creativo vibrante. Cuando la competencia es real y el desenlace incierto, el triunfo es colectivo.
La undécima noche fue, entonces, una celebración y una evaluación. El carnaval se miró a sí mismo y encontró coherencia, crecimiento y comunidad. En esa constatación radica su fuerza. Gualeguaychú volvió a demostrar que su verano no es solo temporada: es un proyecto cultural sostenido en el tiempo.
Y mientras el eco de los tambores se diluye en la madrugada, queda la certeza de que, más allá de la copa, la edición 2026 ya ganó un lugar en la memoria. Porque cuando cuatro comparsas pueden ser campeonas, cuando el público responde con pasión y cuando la cultura se convierte en motor educativo y económico, el carnaval no solo se celebra: se consagra.
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