El presidente Javier Milei y el papa León XIV.
Sergio Rubin
Mientras el Pontífice impulsa una regulación de la IA, el Presidente está en contra y se muestra cercano a un tecnócrata que considera a Robert Prevost una manifestación del anticristo.
El presidente Javier Milei se viene mostrando muy entusiasmado con la posibilidad de que el papa León XIV visite el país. En perfecta sintonía con su jefe, el canciller Pablo Quirno le entregó en mano al pontífice hace un par de meses la carta de invitación de rigor, trámite que bien podría haber cumplido el embajador ante la Santa Sede.
Hasta escribió días pasados un insólito tuit en el que “anticipa”, simpáticamente, la supuesta concreción de la visita antes de fin de año, causando perplejidad en la Secretaría de Estado del Vaticano, que es la que anuncia los viajes papales.
Tanto entusiasmo no se corresponde con la enorme brecha de muchas de las posturas que enarbola el presidente con las del catolicismo en general y de los últimos papas en particular. Con solo mencionar sus diferencias con la Doctrina Social de la Iglesia —como buen libertario— alcanza, comenzando por su rechazo al concepto de justicia social (aunque tiene una coincidencia no menor en la condena al aborto). Diferencias que fueron más manifiestas durante el papado de Francisco por el perfil del argentino, que lo llevaron a calificarlo de “comunista”.
En los últimos meses, Milei sumó otra diferencia no menor: su posición respecto de la utilización de la inteligencia artificial (IA). Sobre todo, su oposición a la regulación de la IA, como lo expuso en un reciente artículo en el diario británico Financial Times, al expresar su deseo de que el país se convierta en un polo de innovación tecnológica con mínima intervención estatal. Allí manifiesta su “compromiso” de no regularla “para que pueda desarrollarse libremente, sin la mano mortal de una regulación prematura y mal comprendida”.
Su toma de posición —previsible— se produjo poco después de que el papa León XIV difundiera su primera encíclica, Magnifica Humanitas (Magnifica Humanidad), en la que ya en los primeros párrafos aboga por una regulación de la inteligencia artificial. “Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionados del poder tecnológico”, afirma. No obstante, aclara que “la cuestión no se limita a la regulación”, sino a otros aspectos como la educación.
León XIV es claro en cuanto a los beneficios y los riesgos tecnológicos. “La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa Común, pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es en sí misma un mal, pero no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. En definitiva, celebra los avances, pero alerta ante el peligro de la deshumanización.
A la diferencia con el papa respecto de la regulación de la IA, Milei sumó una sintonía con el ultra polémico emprendedor tecnológico Peter Thiel, un libertario como él que no solo critica la intervención del Estado, sino la mismísima democracia tradicional porque considera que traba la libertad y la innovación. Atraído por el perfil ideológico de Milei, se radicó temporalmente hace unas semanas en el país, siendo recibido ni bien llegó con bombos y platillos en la Casa Rosada por el presidente.
Cofundador con Elon Musk de la empresa tecnológica PayPal, que a principios del milenio vendieron en US$1500 millones, es también uno de los fundadores de Palantir Technologies, dedicada a integrar, procesar y analizar grandes volúmenes de datos dispersos para convertirlos en sistemas de decisión. Aunque cuenta con una división para empresas, está muy orientada a la seguridad y la inteligencia, asistiendo —además de la CIA y el FBI— a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.
Autodefinido como cristiano, Thiel apela a un discurso filosófico y teológico muy conservador, llegando a aplicar la figura del Anticristo a personas, movimientos e instituciones que, según su criterio, favorecen una gobernanza mundial o promueven la aplicación de determinadas medidas que, más allá de los nobles objetivos que puedan invocar, terminan afectando la libertad y el progreso tecnológico. Como, por ejemplo, quienes impulsan acciones ante el cambio climático.
A partir de esa visión, habría sugerido en conferencias privadas que León XIV podría ser una manifestación del Anticristo. Algo es evidente: la tensión ideológica entre ellos a partir de la Doctrina Social de la Iglesia y el rol del Estado. A lo que se suman no solo la actitud ante la IA, sino también aspectos como el transhumanismo (el uso de la tecnología para superar limitaciones humanas, incluido el implante de chips en el cerebro para aumentar la inteligencia).
En rigor, la regulación que impulsa el papa apunta por ahora a un puñado de empresas como la de Thiel (OpenAI, Google DeepMind, Meta, entre otras). Porque, como dice en la encíclica, si bien en el pasado los Estados impulsaban y orientaban la innovación, “hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudos transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos”.
Ello implica una mayor dificultad para llevar a cabo la regulación. “El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente ‘privado’, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”, subraya el papa. Recuerda que ya Francisco había señalado que “quienes tienen el conocimiento y, sobre todo, el poder económico para explotarlo” poseen “un dominio impresionante sobre el mundo entero”.
En la presentación de la encíclica, delante de León XIV, habló Chris Olaf, el joven canadiense multimillonario, de 33 años, cofundador de Anthropic, una de las principales empresas de IA que no quiso prestarle los servicios de su compañía al ministerio de Defensa de los Estados Unidos. Basó la negativa en la utilización de su tecnología para la fabricación de armas totalmente autónomas y la vigilancia de ciudadanos estadounidenses.
Olaj admitió en su exposición que las empresas de IA están sometidas a todo tipo de presiones en paralelo con las necesidades comerciales y de estar en la vanguardia que hacen difícil hacer siempre lo correcto. Por eso, consideró que “si queremos que esta tecnología salga bien es enormemente importante que existan personas que estén prestando mucha atención, que estén dispuestas a ser nuestros críticos sinceros y reflexivos”.
Por eso, celebró la preocupación de León XIV expresada en su primera encíclica. No fue el caso de Thiel. ¿Tampoco el de Milei? Eso sí, el presidente argentino no considera a Robert Prevost un anticristo y, pese a no compartir varias de sus posiciones, quiere que venga. ¿Será por mero cálculo político o porque las fuerzas del cielo están por encima de todo?
(*): publicado hoy en TN.





