Revuelta y medioambiente

Revuelta y medioambiente

Por Camilo Soñez (*)

 

Hace pocos días vimos como en Paraná un grupo de activistas y organizaciones políticas, decidieron pasar de la manifestación a la acción. Para algunos incluso, significó pasar de la “protesta” y el “reclamo” a la “lucha a real”, se trataba de ponerle el cuerpo, de impedir que el capitalismo y el mal gobierno devoraran una vez más el medioambiente para satisfacer su voracidad económica. Es importante recordar en este sentido que son innumerables los proyectos económicos, en su mayoría inmobiliarios, los que van modificando nuestra geografía y alterando la naturaleza. La mayoría de estos proyectos suceden en la periferia de las ciudades, inclusive de la nuestra, como es el caso de los barrios privados y loteos premium, pero existen todo tipo de proyectos, incluso los hay modestos y populares, como son las viviendas sociales que construye el Estado. Es importante no perder de vista que todos tienen su respectivo impacto ambiental. Vale aclarar también, que esto no es nuevo, y que la ampliación de las zonas urbanas existe desde siempre, y que la misma aumenta a la par que crece la población mundial. Además de los mencionados proyectos inmobiliarios, necesarios en definitiva para el hábitat humano, existen otros proyectos económicos, ya de explotación directa de recursos naturales o inclusive de extracción directa de los mismos, que impactan con gravedad en nuestro medioambiente. Sin ir más lejos, la computadora con la que escribo estas líneas o el celular mediante el cual seguramente sean leídas, están compuestos por decenas de componentes minerales que fueron extraídos de alguna minera a cielo abierto, probablemente ubicada acá en nuestro país o en algún país limítrofe como Chile y Bolivia.

Cierto es, que el capitalismo devora recursos, no de ahora sino desde hace 500 años, y no sólo recursos naturales, sino y sobre todo, recursos humanos. También lo es, que lo hace a una escala nunca antes vista y que hasta el momento pareciese no tener límites. Pero no sólo el capitalismo consume recursos naturales, en el pasado también lo hicieron las diferentes formas de orden social, aunque claro, a otra escala. En definitiva la especie humana demanda para su existencia, y aun más la sociedad que ha organizado, infinidad de recursos tanto naturales como humanos. A cambio el sistema social produce riqueza, y ahí se abre otro debate de cómo se distribuye esa riqueza. Pero hasta ahora, la única forma que ha encontrado la humanidad para producir riqueza, es decir bienes, servicios y conocimiento, es transformando materia y energía. Es sabido también que el horizonte socialista, o eso que conocimos como “socialismo real”, propuso una planificación racional del consumo de recursos que hacía la sociedad, en otras palabras impulsó la producción planificada de la vida. Esa experiencia demostró enormes resultados en poco tiempo, fue así que Rusia en apenas unas décadas pasó de ser una de las economías más atrasadas de Europa a la segunda potencia industrial y militar del mundo. Pero múltiples factores culturales, políticos, sociales, y sobre todo económicos, determinaron el fin de esa experiencia conocida como “socialismo real”, a excepción de la República Popular China, claro. En definitiva lo que impidió el éxito de ese experimento social y político conocido como “socialismo real”, no fue otra cosa más que su incapacidad para producir riqueza a una mayor escala que la capitalista. Hasta ahora, la forma de producción capitalista, o sea el capital privado movilizándose única y exclusivamente por el afán de reproducirse en la mayor cantidad y velocidad posible, se sigue imponiendo como la forma más eficiente para tal fin. Y hasta que no se re viva otro horizonte que efectivamente logre producir más y mejor que el capitalismo, sólo queda por alentar y promover experiencias de producción alternativas, como las producciones comunitarias y asociativas. Experiencias que debemos nutrir de saberes, tecnología y de un marco jurídico que permita su desarrollo.

Mientras la forma de producción capitalista siga imponiéndose sobre las demás, es necesario que la sociedad toda, pero en particular la política, defienda y proteja el medioambiente, ya que resuelta harto evidente que no tenemos otro. Es por lo tanto fácil concluir, que si no cuidamos el medio ambiente no hay futuro, ni mejor ni peor, directamente no lo va haber. La política debe actuar en consecuencia con esta premisa, en particular en una región como la nuestra, donde la principal forma de producir riqueza deriva de la explotación directa de los recursos naturales. Por eso cuando analizamos las leyes progresistas de los países nórdicos de Europa, vemos que las mismas son posibles de sancionar gracias a que los proyectos económicos de estos países, en su mayoría se basados en la extracción directa de recursos naturales, se desarrollan justamente fuera de sus territorios. En otras palabras, es fácil para la política impulsar leyes de protección medioambiental puertas para adentro cuando la extracción de recursos se hace puertas para afuera, principalmente en el Brasil y el resto de Sudamérica.

La minería a cielo abierto, el fracking, y otras formas de explotación de los recursos naturales, se presentan aun con tibieza en nuestra provincia, pero otros recursos naturales como las tierras ricas para explotación agrícola ganadera, y un recurso invaluable como el agua, nos ubica en el centro de las disputas medioambientales. Tal vez por las dimensiones o la lejanía, les referentes del conflicto de Racedo trataron de poner el foco del peligro medioambiental en el centro de la ciudad y no en cambio en las casi 8 millones de hectáreas de nuestra provincia. Se intentó igualar una obra de ensanche vial con una catástrofe medioambiental. Fue así que rápidamente definieron con contundencia: “Lo de Racedo es ECOCIDIO”. Y recordemos que no se trataba de los humedales de la ciudad o de un arroyo, ni siquiera se trataba de una plaza o un parque, sino de la segunda hilera de árboles de unas cinco cuadras del centro, espacio al que además suelen acceder de forma preferencial sólo los frentistas. Con esta caracterización, no se trata de desmerecer las “luchas” que otros consideran validas, sino de poder dimensionarlas y contextualizarlas, y de buscar allí explicaciones tanto a las reacciones de sus protagonistas como también al fracaso que tuvo su intento por conseguir adhesión social.

En este sentido resulta imposible obviar que el año pasado vimos como la mitad de nuestro país se prendía fuego, y que nuestra región fue una de las más afectadas. Se trataba de incendios “intencionales” que buscaban, y seguirán buscando, expandir las zonas productivas de la ganadería y avanzar en exclusivos proyectos inmobiliarios. Estos hechos produjeron la indignación de vastos sectores de la sociedad, basta recordar como en nuestra ciudad fueron cientos de jóvenes los que el año pasado se movilizaron frente a la quema de las islas. La pregunta se hace ineludible: ¿Por qué quienes se movilizaron indignados por los incendios, no lo hicieron de igual manera por la segunda hilera de árboles de cinco cuadras de calle Racedo? La respuesta es obvia y salta a la vista, lo que se trató de instalar con dicho conflicto no era el legítimo cuidado del medioambiente, sino otra cosa, confusa antes los ojos de los más desprevenidos, pero clara antes los ojos de los más avisados. El planteo de los asambleístas no trataba de frenar la voracidad de algún proyecto capitalista que dañase el medio ambiente, sino de disputar la idea misma de urbanidad, de impedir cualquier intervención del ser humano que implique un impacto ambiental. Ni plazas, ni escuelas, ni hospitales, ni teatros ni centros culturales, ni viviendas particulares serian posibles, y obviamente eso incluye a calles y avenidas, si decimos que todo lo que afecte al medioambiente debe ser boicoteado, sin siquiera reparar en su razonabilidad o sustentabilidad. Y estos dos puntos, razonabilidad y sustentabilidad, son fundamentales, porque todos pudimos enterarnos de que la obra de Racedo no preveía dejar un lugar desértico y desolado, sino que planteaba el traslado y la sustitución de la vegetación afectada por otra, inclusive en mayor cantidad. Hablamos acá de recursos naturales renovables. O sea que ni los proyectos urbanos sustentables parecieran ser legítimos para los sectores que impulsaban el conflicto de Racedo.

Pero detrás del planteo de “catástrofe medioambiental”, se sumaron otros que buscaron erosionar la legitimidad del mandato popular, mandato que mal que les pese tienen su origen en el voto directo, universal, libre y secreto. Aunque pareciera que al entender de estos, la democracia legítima no está en las urnas, donde expresan su voluntad miles y miles, sino en las asambleas, sin reparar en cuan reducidas estas sean. Ya no se trataba entonces de una forma de participación directa que promueva el debate y que nutra la democracia representativa, sino de imponer a una sobre la otra, de imponer la voluntad de una democracia directa, donde participan unos pocos, sobre la democracia representativa, en cual participan todos, inclusive quienes impulsaban el conflicto de Racedo. Por eso el análisis de los acontecimientos nos indica, que lejos entonces de intentar erosionar a los proyectos capitalistas, esos que acá no más muy cerquita, sí se devoran el medioambiente, trataron de erosionar a un gobierno local, que lejos de está ser el garante del status quo capitalista.

Y esto es lo inocultable del conflicto, no trataron de frenar un ambicioso proyecto inmobiliario para ricos y famosos, tampoco un proyecto de extracción de recursos naturales, sino que se trataba de un proyecto que mejora el espacio público, que lo hace más accesible, más democrático, hablamos de una obra integral que va a permitir el mejor desplazamiento de miles de paranaenses, pero también de dar solución a reclamos de vieja data de los vecinos de la zona, como inundaciones y problemas con el suministro de agua, entre otras cosas. Paradójicamente, desde una postura supuestamente de izquierda, en lugar de oponerse al lucro privado, se opusieron a una obra que va ser usada por todos y todas las paranaenses. A eso y no a otra cosa fue a lo que se opusieron. Pero a pesar del ruido comunicacional planteado por los impulsores del conflicto, el mismo se chocó con la realidad, y no me refiero a las vallas que trataron que la obra se realice sin violencia, sino a la indiferencia de una sociedad, que hace apenas unos meses atrás sí se movilizaba preocupada por el medioambiente, pero que esta vez dio la espalda.

Volvamos al contexto, nos encontramos en una ciudad donde la mayoría del empleo pertenece al sector público, otro tanto al comercio minorista, y una menor al resto de las actividades productivas. La política no puede obviar indicadores tan regresivos como estos, por eso lo realmente progresista en este contexto histórico, pero en particular en nuestra ciudad, es disputar esas inversiones que hoy eligen radicarse en otras ciudades, como Córdoba, Rosario, o acá no más enfrente, en Santa Fe. Lo verdaderamente progresista es lograr que esas inversiones se radiquen acá, en Paraná, y no que sigan de largo hacia otras ciudades. Sólo con inversión podrán generarse los empleos calificados y bien pagos que faltan en la ciudad, solo así se podrá generar una recaudación genuina que termine con el déficit fiscal, garantice mejores salarios públicos y nos permita tener un Estado que cumpla con todas sus obligaciones. A través de inversiones públicas, pero sobre todo privadas, vamos a generar los recursos económicos necesarios para achicar la desigualdad, no ya sólo entre los propios paranaenses sino también la que existe entre Paraná y otras ciudades. En esto se encuentra el gobierno de Adán Bahl, atrayendo inversión pública, como son las obras de Racedo, Rondeau, Zanni, Crisólogo Larralde,etc; pero también inversión privada, para alcanzar un desarrollo más próspero, más equitativo y sobre todo con más oportunidades.

Sepan bien que cuando del cuidado del medioambiente se trate, nos encontrará en la primera fila, como fue frente a la quemas de las islas y humedales, pero también al sostener un proyecto de gestión que invierte los limitados recursos públicos en un mejor manejo de los residuos y que hace énfasis en un mayor cuidado del medioambiente velando por que los proyectos públicos y privados, sean ante todo sustentables.

 

(*) Coordinador de Derechos Humanos de la Municipalidad de Paraná.

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