A 40 años de democracia: desde la noche más oscura a la esperanza que no defrauda

Imagen de la muestra bautizada “Argentina. 40 años en Democracia” que se inauguró en la Biblioteca del Congreso de la Nación.

Imagen de la muestra bautizada “Argentina. 40 años en Democracia” que se inauguró en la Biblioteca del Congreso de la Nación.

Por Nahuel Maciel (*)

 

Hoy se cumplen 40 años de la democracia, tomando como referencia la asunción del presidente Raúl Alfonsín del 10 de diciembre de 1983. Desde entonces se ha vivido el período más largo en la historia argentina bajo este sistema. Se puede decir que se ha transitado desde la noche más oscura a la esperanza que no defrauda, como enseña la Oración a la Patria.

En una democracia no hay mayorías absolutas todo el tiempo, porque un valor inherente y específico del sistema democrático es la posibilidad que tienen las minorías en convertirse en algún momento en mayoría: se trata de la alternancia en el gobierno. Y es saludable para el propio sistema.

Hay claro algunas decisiones que pueden ser adoptadas o sostenidas por el conjunto de la sociedad –y de los gobiernos-: entonces estamos frente a lo que se denomina “política de Estado”, es decir, sostener aquella decisión independientemente del color partidario de quien asume la gestión de gobierno. La cuestión de la soberanía de las Malvinas debería ser una de ellas, para dar un ejemplo.

En las democracias reales del mundo actual, se registra –por experiencias recientes- un distanciamiento cada vez mayor respecto del ideal democrático. Pero, no se debe porque muchos de sus objetivos se tornaron difíciles de alcanzar o de vivir plenamente. Se debe a que prevalece una tendencia (alimentada por el mercado y la especulación) para que los propios pueblos rechacen de manera paulatina y gradual el ideal de la democracia. Las advertencias de Michelangelo Bovero sobre la difusión de la “kakistocracia” (1), es decir, el “gobierno de los peores” parecen confirmarse con las realidades políticas que se avecinan a juzgar por las propuestas de gobierno y en otros casos por los métodos empleados para llegar al poder.

Esto se ha vivido más claramente en realidades como Brasil con Jair Bolsonaro y ahora con Javier Milei, donde luego de una larga tradición democrática, pareciera que los ciudadanos se hayan “cansado” de la democracia. Eso explica en parte la generalizada “adhesión a la extrema derecha” que expresa la mayoría de los referentes políticos que se pasan a uno y otro -y otro y otro partido-, sustentando un discurso propio de la prebenda, casi siempre discriminatorio, a veces racista, de vez en cuando separatista y ultranacionalista, ahora negacionista e incluso anti derechos. Reniegan de la propia democracia. Vaya paradoja.

A 40 años de la democracia, es necesario comprender que uno de los desafíos más importantes que plantea esta realidad es la de no caer en la tentación de soluciones tan mágicas como autoritarias.

Se viven 40 años de democracia y hay muchas, realmente muchas, razones para celebrar. Enumerarlas sería tan extenso y cada lector podrá sumar las suyas. Sin embargo, que alcance con describir algunas. Entre ellas, lograr la tolerancia. La violencia, las agresiones, son hijas del fanatismo. El fanatismo se ciega ante la verdad y por eso siempre apela a la fuerza para imponerse. Reniega de la democracia. El fanatismo es violento y no escatima en agresiones.

En una democracia debe ser natural el recambio de gobierno a través de elecciones libres y transparentes. Lamentablemente, en esta última campaña electoral se han escuchado expresiones antidemocráticas, al considerar al adversario no como un opositor, sino como un enemigo al que hay que hacerlo desaparecer y destruir para siempre. Los medios masivos de comunicación capitalinos de alcance nacional alimentan esa postura tan antidemocrática.

Es en la renovación gradual de la sociedad –que requiere de la circulación de las ideas, de los libres debates y de las elecciones- como también la democracia permite la formación y la expansión de sus valores (2).

La democracia requiere que sea una costumbre ciudadana, de gestos cotidianos y no solamente de concurrencia extraordinaria a las urnas cada dos años para renovar legisladores y cada cuatro para confirmar o no gestiones de gobierno. Se requiere tomar consciencia de compartir un destino común y actuar en consecuencia.

Cuando Raúl Alfonsín –el padre de la democracia- asumió el 10 de diciembre de 1983, a los tres días de haber comenzado el mandato, decretó uno los hechos históricos más trascendentes en estos 40 años de democracia: el juicio a los miembros de las tres Juntas Militares que usurparon el poder en 1976. “Nunca más” fue la expresión síntesis que mejor condensó a la noche más oscura de la historia de los argentinos.

Hay que percibir a la historia como una memoria compartida. Este año hizo 213 de la Revolución del 25 Mayo de 1810. Siguiendo con ese razonamiento: este año se celebraron 207 desde la Declaración de la Independencia formulada el 9 de Julio de 1816. Hoy -en el Día Internacional de los Derechos Humanos-, hace 40 años que Alfonsín inició este derrotero democrático. Con sus más y sus menos, todos los argentinos han expresado el compromiso por el bien común y la igualdad como pueblo.

En estos 40 años se ha consolidado el consenso generalizado que a través de elecciones es la única y legítima forma de traspasar el poder.

En estas cuatro décadas se han afianzado derechos fundamentales. No reconocerlo sería de necios. Aun así, quedan muchos desafíos pendientes. Cumplir con ellos es una manera de ir logrando el desarrollo sostenible, y para eso es indispensable el respeto y el pleno ejercicio de los Derechos Humanos.

Está claro que en cada una de estas cuatro décadas se han atravesado graves crisis económicas, donde la pobreza alcanza a casi la mitad de la población y el desempleo golpea duro en cada hogar. Realidades hirientes que hay que superar.

Así como se necesita del consenso de las medidas, también con el mismo énfasis se requieren medidas que sean adoptadas a través de un gran acuerdo intergeneracional en base a prioridades y agendas compartidas, que contengan las preocupaciones y prioridades del conjunto de la sociedad. Eso se llama diálogo para la cultura del encuentro. El camino –de alguna manera- lo enseña la “Oración a la Patria” de la Conferencia Episcopal Argentina (3) cuando reza: “Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda”.

 

Referencias

1) Bovero, Michelangelo, “Una gramática de la democracia: contra el gobierno de los peores”, Madrid, Editorial Trotta, 2002.

2) Popper, Karl, “La sociedad abierta y sus enemigos”, Barcelona, Paidós Ibérica, 2010.

3) https://episcopado.org/contenido/ver/2096

 

(*) Esta columna de Opinión fue publicada originalmente en el diario El Argentino.

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