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De la república al imperio fósil: Estados Unidos ante su propio espejo romano

Carlos Merenson

Las recientes afirmaciones del periodista estadounidense Tucker Carlson, quien sostiene que Estados Unidos está dejando de ser una república para transformarse en un imperio, pueden leerse más allá de la coyuntura política o del debate institucional clásico. Vistas desde una perspectiva ecologista, esas declaraciones no remiten solo a una mutación del régimen político, sino a algo más profundo: la forma en que una potencia intenta gestionar el agotamiento de las bases materiales que sostuvieron su hegemonía.

La discusión sobre república o imperio no es, entonces, meramente constitucional. Es también -y sobre todo- una discusión ecológica.

Imperio no como elección, sino como respuesta

Históricamente, los imperios no emergen únicamente por ambición ideológica, sino como respuestas políticas a crisis estructurales. Roma no se volvió imperial porque abandonara voluntariamente la república, sino porque la expansión territorial, la concentración de riqueza y la complejidad administrativa hicieron inviable su antiguo orden institucional.

En el caso de Estados Unidos, el desplazamiento desde una república de contrapesos hacia un poder ejecutivo hipertrofiado puede interpretarse como una reacción frente a una triple crisis: energética, ecológica y geopolítica.

La república estadounidense se edificó sobre una abundancia excepcional de recursos naturales, energía barata y expansión territorial. Esa base material permitió sostener durante décadas una ficción política: crecimiento ilimitado, democracia liberal estable y proyección global simultánea. Hoy, esa ecuación muestra signos claros de agotamiento.

El imperio fósil

Desde una mirada ecologista, el poder estadounidense puede entenderse como un imperio fósil: una estructura política, militar y económica diseñada para garantizar el acceso privilegiado a flujos energéticos decrecientes -petróleo, gas, minerales estratégicos- en un mundo que se aproxima a límites físicos insoslayables.

En este marco, las intervenciones exteriores, las sanciones, el control de rutas energéticas y las operaciones militares ya no aparecen como decisiones excepcionales, sino como mecanismos de aseguramiento metabólico: formas de sostener un modo de vida materialmente insostenible.

Las denuncias de operaciones militares unilaterales, realizadas sin un control efectivo del Congreso, encajan en esta lógica. No se trata solo de un desliz institucional, sino de la normalización del estado de excepción ecológico: cuando los límites se hacen visibles, la deliberación democrática se vuelve un obstáculo.

Ejecutivo fuerte para un mundo de escasez

Carlson interpreta la concentración de poder en el Ejecutivo como una traición al espíritu republicano. Desde la ecología política, puede leerse como algo aún más inquietante: la adaptación autoritaria de un sistema que ya no puede prometer bienestar universal.

Las repúblicas liberales funcionan razonablemente bien en contextos de expansión. En escenarios de escasez relativa, declive energético y conflictos distributivos, tienden a mutar. El Ejecutivo se fortalece porque debe decidir rápidamente sobre:

recursos estratégicos,

seguridad energética,

conflictos externos,

control social interno.

El Congreso no desaparece, pero pierde centralidad. Las instituciones persisten, pero su función se vacía. Exactamente como ocurrió en la Roma tardorrepublicana.

Imperio como gestión del daño

Desde una perspectiva ecológica, el imperio no es solo dominación externa: es una forma de gestionar el daño, de desplazar costos ambientales, sociales y energéticos hacia otros territorios y poblaciones.

Estados Unidos no ejerce poder imperial únicamente para dominar, sino para posponer el reconocimiento de los límites. Cada intervención, cada sanción, cada operación encubierta busca ganar tiempo frente a un sistema económico que depende de una expansión material ya imposible.

En este sentido, el tránsito de república a imperio no expresa fortaleza, sino fragilidad. El imperio aparece cuando el metabolismo social entra en tensión con la realidad biofísica.

Roma como advertencia ecológica

Roma agotó sus suelos, sobreexplotó sus territorios, extendió sus fronteras más allá de su capacidad de gestión. El Imperio fue la respuesta política a ese desequilibrio. No resolvió el problema: lo administró hasta su colapso.

La analogía no es mecánica, pero sí aleccionadora. Estados Unidos enfrenta hoy una crisis distinta, pero estructuralmente comparable: el fin de la abundancia energética que hizo posible su forma republicana.

Cuando Tucker Carlson habla de imperio, quizás sin proponérselo, está nombrando el síntoma político de una crisis ecológica más profunda.

¿República para un mundo finito?

La pregunta decisiva no es si Estados Unidos seguirá llamándose república, sino si una república diseñada para un mundo de recursos ilimitados puede sobrevivir en un planeta finito.

La concentración del poder, la militarización de la política exterior y la erosión de los contrapesos no son anomalías: son respuestas sistémicas a la imposibilidad de sostener el modelo anterior.

Como en Roma, la república no está siendo abolida. Está siendo administrada desde su agotamiento material.

Desde una mirada ecologista, el imperio no es el futuro deseado, sino el último recurso de un sistema que se niega a aceptar los límites.

 

(Esta columna fue publicada originalmente en La (Re) Verde)

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