Las marionetas de Cristina

Por Luis María Serroels,
especial para ANÁLISIS DIGITAL

Entre sus acepciones, el término maleabilidad se define como la “capacidad de algunas personas para adaptarse a diferentes situaciones, cambiar fácilmente de opinión o dejarse influir por los demás”. En política se lo intenta justificar en aras de un pragmatismo facilista, postura acomodaticia maquillada con oportunismo, que es la cosmética predilecta de los quiebres militantes.

Lo ocurrido con la postulación inicial de Florencio Randazzo y Sergio Urribarri a la presidencia de la nación destinada a debilitar los planes de Daniel Scioli, encuadra en este juego donde los códigos entran en crisis, la ética languidece y el afán desmedido de poder todo lo justifica.

El caso del ministro del Interior y Transporte, que terminó declinando una “sugerencia” de Cristina tras bajarlo de su candidatura a cambio de buscar la gobernación de Buenos Aires (quizás el cargo más importante después de la presidencia argentina), podría asumirse como un gesto de dignidad y amor propio poco habitual en nuestro paisaje político. Pero no fue así porque al final terminó relativizando la cuestión al reafirmar una invariable sumisión a libro cerrado (es probable que los elogios de la oposición hayan molestado a CFK). “Que nadie se confunda, yo apoyo todas las decisiones que toma Cristina Kirchner”, advirtió, dejando pasar que había desobedecido la que ella acababa de adoptar y de la cual se enteró por TV. Su inspiradora ideológica no se lo había anticipado, lo cual demuestra que los malos modales pueden anidar hasta en los más empinados despachos.

Pero en Balcarce 50 las cosas se manejan con una visión utilitaria sustentada en el día a día, el debe y el haber. ¿Realmente Randazzo tuvo señales tan fuertes para encarar su campaña con tanto entusiasmo y certeza? ¿Acaso el manejo exitoso de las tramitaciones exprés de nuevos DNI o la apresurada renovación ferroviaria –muy parcial en tanto se carece de un plan transformador y abarcativo de todo el territorio nacional como el diseñado por Fernando Pino Solanas- son méritos suficientes para alentar semejante ambición? Es que las acciones resultan más evidentes cuando más escasas y esporádicas.

Las encuestas –que en definitiva son el elemento que más analiza Cristina- reflejaron módicos guarismos. La mandataria conoce bien hasta dónde puede sostener a un candidato y cuándo ha llegado el momento de soltarle la mano.

La habitante de la Quinta de Olivos tiene muy en claro que ningún presidente se inmola haciendo peligrar su continuidad, sólo por ser consecuente con fidelidades en un terreno donde el fin justifica los medios. Y esto es lo que Randazzo no había calculado tal vez por subestimar las consabidas “razones superiores” que se utilizan para dejar lealtades al costado del camino.

El hecho de haberse decidido por Carlos Zannini en el binomio con Scioli, lejos está de apostar a un armado integrador sino que aparecería impulsada más por el espanto que por el amor (como diría Borges) y allí se terminó la generosidad política. Estamos ante una figura de pura cepa K por pensamiento político y por añeja amistad con el matrimonio Kirchner, junto a un Daniel Scioli que no tendrá el poder real ni la fortaleza necesaria que él mismo quiere trasmitir. Daniel al gobierno, Cristina al poder, ha de ser una reiteración de aquél “Cámpora al gobierno, Perón al poder” de 1973, que tuvo un final muy triste. La contumacia se da cuando alguien se mantiene obstinadamente en el error y quienes hoy son artífices del modelo Nac&Pop, fueron coprotagonistas de aquella idea setentista que culminó con su expulsión de la Plaza de Mayo lanzada desde el tradicional balcón de la Casa Rosada por el anciano líder de salud ya muy deteriorada.

Si Scioli se viese obligado a renunciar –desafortunada sugerencia de uno de los filósofos de Carta Abierta que cayera tan mal- constituiría un fraude a la voluntad popular y una entrega graciosa del mando a su segundo, terminando así de sellar un plan siniestro.

El caso de Urribarri tuvo matices similares en tanto CFK lo entusiasmó –muy prematuramente e ignorando las normas electorales- a recorrer el país gastando altísimas sumas de ignoto origen que nadie quiere revelar, vendiendo una imagen de estadista brillante probado en acción en Entre Ríos. No es aventurado suponer –lo anticipamos en una reciente columna- que finalmente se impuso el lenguaje contundente de las encuestas que, en el caso del gobernador provincial, se mostraron muy pobremente estacionadas y sin la menor posibilidad de crecer.

Vaticinamos entonces que la presidente, frente a tan módicas mediciones, difícilmente mantendría alguna expectativa electoral firme sobre nuestro gobernador. Y añadimos que el gesto final de éste, al dar un paso al costado, más que de renunciamiento fue de sentido común y autoprotección, aunque ello no disimuló su fracaso. También dijimos que en la medida que sus compatriotas de distintas latitudes buscaran interiorizarse de su gestión en Entre Ríos como carta de presentación, las cosas se complicarían y no es difícil interpretar su relación con la inmovilidad que las encuestas mostraban. En política la audacia no debe estar distanciada de la prudencia ni reñida con la humildad.

¿Fueron Randazzo y Urribarri globos de ensayo para indicarle a Scioli el riesgo de actuar con extremo personalismo, habida cuenta de que las relaciones con el gobernador bonaerense venían resentidas hace mucho tiempo? Ambos, él y Cristina, se necesitan mutuamente a la hora de advertir en el horizonte señales de fin de ciclo, aunque exista un Plan B de acoso y hostigamiento hacia un sucesor que no sea del mismo palo. Pero gobernar teniendo a su lado alguien impuesto desde Balcarce 50 no ofrece expectativas alentadoras para el ex motonauta ni para el electorado.

El entrerriano no es Randazzo y por ende no se puede aguardar de él un acto de rechazo a eventuales ofrecimientos reparadores de la autoestima lesionada. La entrega incondicional a determinada autoridad, supone la renuncia a toda opinión o postura divergente.

Cristina Fernández entusiasmó a Randazzo y Urribarri (con quienes compartía una crónica descalificación hacia Scioli) entregándoles un barrilete para que lo remonten y luego ante nuevos vientos les terminó cortando el hilo. Y encima terminó optando por Zannini, ¡hasta entonces jefe de campaña de Randazzo, el atrevido que desairó a CFK!

El ejercicio del mando ha sido replicado por Urribarri en el orden provincial. Pateó el tablero, bajó candidatos a discreción, impuso su hombre de confianza, encolumnó a los decepcionados con ofrecimiento de bancas, manejó a quienes se postularán para las intendencias y encima obtuvo una modificación exprés de la ley electoral a la medida de sus necesidades para perjudicar a la oposición en plena campaña para las PASO (aunque debe aclararse que los comicios de octubre se ajustarán a la legislación nacional).

El anuncio final de que se postulará para la Cámara de Diputados será un instrumento de tracción para todos los candidatos, favorecido ello por la lista sábana, tan nefasta para todas las fuerzas intervinientes, cuando lo ideal sería boleta única por jurisdicción para que nadie se cuelgue del saco de nadie y cada uno exponga sus virtudes en una sana confrontación. Quienes teniendo en sus manos poder instrumentarlo se niegan a hacerlo, es simplemente porque le temen a una derrota. Ya demasiado perjuicio se le hizo a la institucionalidad al negar la posibilidad del ballotage.

Los consensos forzados tarde o temprano alumbran facturaciones. Sólo la urna, verdadera herramienta insustituible de la democracia y con reglas limpias, garantiza transparencia y legitimidad. Sin ello, todo lo que se argumente es absurdo.

Frente a las ratificaciones de alineamiento ciego, Cristina Fernández sigue haciendo actuar sus marionetas porque en la política, la función también debe continuar.

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