“Todas las semanas me hacía sexo oral o quería que lo penetrara

Por Daniel Enz
(de ANALISIS DIGITAL)

El chico ya es mayor de edad y es uno de los tantos ex monaguillos abusados por el cura sanador colombiano, Juan Diego Escobar Gaviria. Su relato estremece porque la escena de ese niño abusado por el sacerdote es muy dura y conmovedora. Cada detalle es una cachetada y muestra el perfil de un cura sin límites, manipulador y farsante. El joven indicó a ANALISIS DIGITAL que todos los lunes, junto a un grupo de otros monaguillos -todos de entre 11 y 13 años-, iban a Paraná, en horas de la mañana con el cura Escobar Gaviria, en su automóvil y regresaban cerca de las 20.30. Indicó que él iba atrás sentado de ida y a la vuelta el párroco lo cambiaba y lo pasaba adelante. “Cuando íbamos de ida el cura me guiñaba el ojo por el espejo retrovisor y yo no entendía nada”, recordó. Que por eso fue que varias veces quiso volverse en la combi que iba también con ellos pero el religioso no lo dejaba.

Cuando el cura colombiano lo sentaba en la parte delantera, manejaba el vehículo con una mano; con la otra le bajaba la bragueta y empezaba a tocarlo. “Yo no entendía nada, porque era un niño”, acotó. Los otros pibes dormían en el asiento de atrás. “Yo me hacía también el dormido o miraba a través de la ventana, pero no hice nada porque no entendía que era lo que estaba pasando. Estaba descubriendo mi sexo. Fue la primera vez que me hizo llegar al orgasmo en uno de esos viajes, pero no sabía de qué se trataba. Todo esto me sucedió muchas veces en los viajes”, agregó.

Según el chico el cura colombiano siempre tuvo una virtud: el de la manipulación. “Da muy buenos consejos, escucha y cuando uno se quiebra, ahí arremete”, dijo. “Es muy toquetón, pesado, denso y manipulador. Te habla y te habla hasta que te enreda y empieza a tocar por todas partes y te da muchos besos", acotó.

La relación con el cura comenzó una mañana de domingo, tras una misa de niños, cuando tenía once años. El sacerdote les preguntó a un grupo de chicos si querían ser monaguillos y comenzó a vincularse casi a diario con ellos. Durante las ceremonias religiosas, el cura siempre lo buscaba con la mirada y cuando lo veía también le guiñaba el ojo, tratando de darle preferencia, incluso ante los otros monaguillos, a los que si tenía que retar no dudaba en hacerlo y alzando la voz. Cuando el pibe iba a saludarlo a la habitación, en las primeras horas de la tarde, si el sacerdote estaba solo lo agarraba de la cara con las dos manos y lo besaba como si fuera una actriz de película, en una escena de amor. No sólo eso: también aprovechaba la situación y le tocaba los genitales o la cola.

El chico estaba casi obligado a ir a misa del cura párroco. Si no lo hacía, Escobar Gaviria llamaba a su madre -que siempre fue muy católica- y le exigía que lo enviara sí o sí. Después de la misa del viernes, casi todas las veces los llevaba a dormir a la casa del párroco. Los hacía reposar en el living y a esta víctima lo dejaba descansando cerca de la puerta de la habitación. Esperaba que todos se durmieran y lo hacía pasar al cuarto, entre las 3 y las 4 de la madrugada. El cura lo hacía sentar en la cama, lo desnudaba y le empezaba a dar besos por todo el cuerpo. Lo masturbaba y luego el cura le hacía sexo oral al niño. Muchas veces repetía una frase típica de los colombianos: “Qué rico, qué rico”, le decía, mientras se tragaba el semen del chico. A la vez, le exigía al pibe que también se lo hiciera a él, tomándole incluso la cabeza para obligarlo. Además, el cura sacaba un frasco de vaselina de la mesita de luz, se la untaba en el pene al chico, él se ponía también la crema en su cola y luego se le sentaba para que lo penetrara. Algunas veces también le puso vaselina en la colita al pequeño, pero no pudo penetrarlo, porque el chico logró sacárselo de encima. Después de la escena sexual, lo retornaba al living, para que siguiera durmiendo con el resto de los chicos.

Cada vez que el religioso viajaba a Colombia les traía bóxer de regalo para todos los chicos. Generalmente era un bóxer para cada uno de los monaguillos pero a él le traía como dos o tres por viaje. Por lo general, le daba tal ropa interior en su cuarto y le decía que tenía que probárselo delante de él. Cuando estaba en el país latinoamericano el cura les enviaba mensajes desde otro celular y les pedía que se sacaran fotos en ropa interior y se lo enviaran. El joven acotó que el sacerdote tiene como cuatro celulares con chips de empresas argentinas, más uno de Colombia. Que siempre andaba con maletín con dinero y tenía mucha plata. A él nunca le regaló celular pero si a otros monaguillos, que siempre se divertían en su habitación con sus tablet, televisión, computadora y play. Que todo era para distraerlos y que los jueves luego de la misa de sanación desplegaba el dinero recolectado sobre una mesa y con una contadora amiga contaban la plata. Recordó que en su habitación tenía una gran computadora y al lado una pantalla para ver las cámaras de seguridad.

El último encuentro con el cura fue hace no más de tres meses, cuando casi estaba por cumplir la mayoría de edad y pese a saber que el muchacho estaba de novio con una chica del pueblo. “Me hizo lo mismo de siempre; me hacía sexo oral, siempre hasta acabar, mientras me agarraba la mano y me hacía que se la apoye en su cabeza, para presionarlo contra mi pene”, relató. No obstante, nunca cortó la relación. “Sigue enviándome mensajes por WhatsApp en los que me incita a visitarlo a la medianoche. Siempre hay mensajes de amor y Dios. Siempre me dice que soy especial”, remarcó. Afuera lo espera la justicia, al cura abusador. Para que rinda cuenta de sus actos y deje de perseguir a tanto pibe indefenso. A aquellos de hace casi una década, como también a estos; los de días recientes.

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