Fernández Meijide criticó el uso político del 24 de marzo y habló de los desaparecidos

Graciela Fernández Meijide recibió a Infobae en su casa, con la hospitalidad y sencillez de siempre. Pasaron más de dos décadas desde que este cronista la entrevistó por primera vez. La cita gardeliana tuvo una contundencia inapelable: 20 años no es nada. En su casa del barrio porteño de Belgrano, aceptó una entrevista que le exigió a sus 92 años más de lo aconsejable.

Con lucidez y agudeza, habló del 24 de Marzo, del Día de la Memoria, de su lucha por encontrar a Pablo –su hijo arrebatado una noche de 1976 por la dictadura, con sólo 17 años- pero no rehuyó la actualidad y señaló lo que, a su entender, son desvíos de una lucha, sobre todo, ética y profundamente humanista: la pelea por justicia.

No dudó en subrayar que el alineamiento con el kirchnerismo de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo y de otros organismos de derechos humanos pudieron desperfilar su naturaleza independiente, ajena a todo gobierno. Y que ese extravío terminó siendo instrumentalizado en términos políticos. Como en los actos de hoy, donde se entremezcló las reivindicaciones por Memoria, Verdad y Justicia, con la supuesta “proscripción” de Cristina Kirchner.

“Fueran 30.000, fueran 8.000, es una barbaridad”, advirtió la dirigente, exdiputada, senadora y ministra, pero sobre todo integrante de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) que estuvo involucrada en la primera fila del esfuerzo monumental –y a la vez doloroso- de investigar y reconstruir la infernal actuación de la dictadura que empezó en 1976 y duró hasta diciembre de 1983.

Desde esa autoridad, señaló que los documentos no hablan de 30.000 desaparecidos y que, además de los militares condenados por estos crímenes aberrantes, también los líderes de las organizaciones armadas tienen responsabilidad por no darle a la Argentina la verdad de quiénes y cuántas fueran las víctimas arrasadas por el terrorismo de Estado. Porque cada vida es única y merece la dignidad de su reconocimiento individual.

Y subrayó con especial intensidad el presente de quien fuera el líder de Montoneros, Mario Eduardo Firmenich: “Está asesorando a Daniel Ortega, un dictador. Que les quitó a ciudadanos de Nicaragua su nacionalidad, que es parte de la identidad”.

Miembro del Club Político Argentino, Graciela Fernández Meijide rechazó la embestida contra la Corte Suprema y algunos jueces que impulsaron sectores del kirchnerismo, y la vinculó a que “Cristina Kirchner quiere que le saquen las causas judiciales de encima”. También se refirió al año electoral en ciernes.

Con un estilo franco y desprovisto de artificios intelectuales, admitió que por delante tiene la tarea irrenunciable de “sobrevivir”, mientras destacó que sigue involucrada en tres organizaciones vinculadas a la política y a los derechos humanos. También, evitó autocríticas fútiles: “Pude haber hecho algunas cosas mejor, pero cuando las hice no sabía que existían mejores alternativas”.

La entrevista con Graciela Fernández Meijide

- Le pido una reflexión de este Día de la Memoria, desde lo personal y también desde lo político, a la luz de los 40 años de democracia.

- Con el advenimiento de la democracia se acabó una dictadura que empezó el 24 de marzo del ‘76, pero era el sexto golpe desde 1930. Fue el más brutal, el que trajo las peores consecuencias y mucho sufrimiento. Inauguró un sistema de persecución política, que fue la desaparición forzada de personas, un sistema que les trajo el castigo a sus ideólogos. Porque después, cuando se pudo recuperar la democracia –derrota en Malvinas mediante- le siguió una investigación a fondo ordenada por el gobierno de Alfonsín y un juicio. Un juicio que es inédito hasta el día de hoy en el mundo, que los condenó por ese sistema.

¿Qué puedo decir desde ese momento, pasando por la recuperación de la democracia, hasta ahora?

Que en ningún momento y a pesar de todas las crisis que pasamos –siempre de niveles económicos con consecuencias políticas- no hubo como había antes una expresión clara desde algún sector con poder que dijera “que vuelvan los militares”. Hoy a nadie se le ocurre pensar que los militares pueden gobernar porque, además, siempre gobernaron mal.

- Cómo enfrentó durante todos estos años la ausencia de Pablo, su hijo.

- Los días anteriores al golpe tuve muchas discusiones con amigos míos de izquierda, que decían que Videla era democrático, iba a dar el golpe para sacar a Isabel que no servía para nada –ellos eran muy antiperonistas, por cierto- y después llamaría a elecciones. Yo les decía: “¡Por favor, esto viene diferente! Miren lo que está pasando en Chile”.

La dictadura en Chile se había instalado antes que acá y yo había tenido un instituto de idiomas donde tenía refugiado a un médico argentino que estando en Chile y trabajando con Allende se escapó y se vino a la Argentina, hasta conseguir refugio que le otorgó la ACNUR en Brasil. Estuvo en mi instituto y me contó lo que estaba pasando allá.

Lo que se venía acá era como lo de Chile, no era un golpe cualquiera. Era un golpe que venía acompañado de una intencionalidad, que se inscribía como parte de la Guerra Fría.

- ¿Cree que también se dio ese golpe porque la democracia no daba respuestas a los problemas que tenía su tiempo?

- El golpe del 76 es aprobado por una parte bastante amplia de la sociedad y era bastante lógico que así fuera. ¿Por qué? Desde los años 60, que empezó la resistencia peronista, se pasó en los 70 a conformarse organizaciones armadas, que en el caso de Montoneros, pone su carta de presentación con el asesinato Aramburu. Y después, al final, Perón vuelve y termina echando a esa “juventud maravillosa”.

- También, con Perón en el país mataron a José Ignacio Rucci, que era un dirigente de su más estrecha confianza.

- Mataron a Rucci y después, cuando muere Perón, aparece la Triple A, que empieza a matar indiscriminadamente y a dejar los cuerpos en la calle, para dar terror, cosa que consigue. Por lo tanto, están las Fuerzas Armadas de un lado, las organizaciones armadas del otro y, en el medio, la gente que tenía miedo. La salida por el lado de los militares a la sociedad no le pareció ilógica.

Después, obviamente, nadie sabía que iba a llegar adonde yo, pero nosotros tuvimos el “por algo será”, tuvimos las obleas que se pegaban en los autos que decían “Somos Derechos y Humanos”, que era lo que decía la dictadura.

- Ahora desde sus vivencias ¿qué recuerda de esos momentos y, sobre todo, cuando tuvo que empezar a buscar a Pablo?

- Una cosa es el momento en sí mismo en que estalla la dictadura, donde mi convicción es que iba a ser dura, sin imaginar jamás la dimensión y mucho menos que nos iba a tocar a nosotros. Cuando se llevan a Pablo y yo empiezo a hacer los trámites típicos de cualquier ciudadano, que es la denuncia policial, un habeas corpus, siento concretamente como se perdía la condición de ciudadano.

- A ver.

- Dejé de ser ciudadana, como dejó antes de ser ciudadano Pablo y toda mi familia y todos aquellos que, recurriendo a las instituciones que tenían que garantizar derechos, encontraban con que esas instituciones le daban la espalda.

- A partir de ese hecho tan traumático y tan horrendo, empezó otra etapa en su vida.

- Mi vida giró radicalmente. Lo que yo estaba haciendo –que más bien tenía que ver con la docencia- dejé todo y tomamos un acuerdo con Enrique, el papá de Pablo. Él iba a seguir trabajando para mantener la familia y yo me iba a dedicar a buscar a Pablo.

En esa búsqueda encontré en el camino la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Madres de Plaza de Mayo. Di la vuelta con ellas muchos jueves, pero a mí no me alcanzaba con dar la vuelta y después juntarnos en alguna iglesia. Por eso ingresé en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, donde había personas comprometidas éticamente o por moral, por convicciones, y no tenían desaparecidos.

De ahí eran el sacerdote Enzo Giustozzi, monseñor Jaime De Nevares, el propio Raúl Alfonsín, Oscar Alende, Alfredo Bravo, que fue secuestrado y salvó la vida raspando, Alicia Moreau de Justo, gente que era como un paraguas para los organismos testimoniales, como Madres y Abuelas y Familiares en general.

Empecé a trabajar ahí, ya dejé todo y trabajé siempre en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

¿Por qué? Muchas veces me lo preguntaron. Mi personalidad daba mucho más para lo institucional, donde se podían discutir posiciones y escuchar a quienes calmaran mi ganas de matar. Yo quería matar.

- ¿En serio?

- Me salía de las entrañas. Supe que no podía y me dediqué a juntar la mayor cantidad de documentación posible por si algún día podemos hacer justicia.

- ¿Es literal? ¿A quién quería matar?

- A los tres responsables: a Videla, a Agosti y a Massera. Les ponía un tiro en la cabeza. Lo veía. Tenía un sentimiento de eso. Puedo entenderme y entenderlo con el tiempo. ¿Quién no? Ver sacar de la cama al hijo de 17 años y no saber a dónde se lo llevan, perder mi condición de ciudadana... Las instituciones que debían responderme a mis derechos no existían. O existían como adorno.

Algo más que un número

- Hay una polémica incómoda que reaparece todo el tiempo, que se refiere a si son o no 30.000 los desaparecidos. ¿Cómo aborda usted este tema y qué tiene para decir, quitándolo de la lucha político-partidaria?

- Para tomar una denuncia y no caer en una trampa que nos dijeran “publicaron tal nombre, pero en realidad está vivo”, nosotros exigíamos una denuncia policial, la copia de un habeas corpus y que alguien se hiciera responsable de esa denuncia. Con eso elaborábamos una ficha –además de tomar todo el testimonio- y la cuidábamos de tal manera que si se caía una ficha al piso, todo el mundo decía “¡cuidado!”, porque era como si fuera el desaparecido. De ahí, que para mí el hecho de la documentación siempre fue importante.

Es importante para acercarnos a la verdad, sobre todo, a la cual todo el mundo tiene derecho. Los que fueron perjudicados de una manera o aquellos que hoy quieren saber. Yo no podría jamás decir, “Facundo, son ocho mil y tatatatá”. No me animaría, porque no lo sé.

Los únicos que podrían ayudar a conocer el número exacto serían los jefes de las organizaciones armadas supervivientes, que no aportaron ningún dato, o los militares, que deben tener todos los datos, seguramente, porque no tiran nada.

Y después te queda una pregunta de lógica.

- A ver.

- Cuando aparece la cifra de 30.000 –que aparece recién a fines de los años 80- en 1988 nadie discutía la cifra, que era la que había dado la CONADEP. Cuando aparece esa cifra nadie se pregunta ¿la diferencia entre las listas que hay hoy, tanto en la Secretaría de Derechos Humanos, que fue quien heredó todo lo de la CONADEP- o el monumento que está en la Costanera, que hay un cierto número de nombres, pongamos diez mil. ¿La diferencia de 20.000, alguien cree que la sociedad argentina es una sociedad que no denunciaría, ya en democracia, 20.000 desaparecidos? ¿Se puede creer?

- No creo.

- No. Fueran 30.000, fueran 8.000, es una barbaridad, y es la muestra de haber aceptado una metodología, que fue tomada de la lucha anticolonialista en Argelia, en cierta medida, pero con las iniciativas y la creatividad criminal de este gobierno militar, donde todos estuvieron de acuerdo, porque todos sabían. Nadie podía decir “yo no sabía”.

- Me interesa eso.

- Ni Videla, ni Massera –ninguno de los integrantes de las juntas militares- una vez que se termina la dictadura, ninguno podía decir “yo no me enteré”. Pero todos dijeron “yo no sabía, fueron excesos”. Es decir echaron la culpa hacia abajo.

- Me llama la atención esa observación que las organizaciones armadas tampoco aportaron información sobre los números, los nombres de sus desaparecidos.

- Ni corrigieron.

- ¿Por qué?

- Ah, qué sé yo. Porque no deben tenerlo o no les importa.

- ¿Por qué cree que puede pasar eso?

- Porque en aras de un sueño juvenil hipotecaron su propia decencia. ¿Hoy que está haciendo Mario Firmenich? Está asesorando a Daniel Ortega en Nicaragua, un dictador que acaba de expulsar a opositores políticos y les quita la nacionalidad, que es parte de la identidad.

- Una condición constitutiva del ser humano.

- Exactamente. Tanto es así que el gobierno argentino, por presión de distintos sectores, terminó ofreciéndoles la posibilidad a quienes quisieran de tomar la nacionalidad argentina.

- No se habla de la responsabilidad de las organizaciones armadas. No fueron responsables de sus desapariciones, porque está claro que fueron víctimas y está fuera de discusión, pero sí sobre la responsabilidad de desatar ese infierno.

- Sobre todo la responsabilidad de no ver la realidad. Muchos miraban a Cuba y el Che Guevara era un ideal. Ahora nadie pensó ni quiso pensar que cuando Fidel Castro se levantó enfrentó a una Guardia Nacional, soldados que andaban en patas, que se daban vuelta y se incorporaban a los grupos revolucionarios. No se enfrentaban con un ejército nacional, organizado y con una ideología.

- Las Fuerzas Armadas en Argentina en ese momento eran un factor de poder decisivo.

- Claro. Y tenían entrenamiento y habían existido sucesivos golpes, como el de Juan Carlos Onganía. Con Lanusse ocurrió el fusilamiento de Trelew, que fue lo que al final decidió a Lanusse hacer que Perón volviera, pensando que no se iba animar a venir, y vino. Fue toda una idealización de una revolución que tenía mucha ideología, que venía de escritores europeos, como Sartre, Camus y que les daba la sensación de que podían llegar a gobernar.

De haber ganado, creo que no tenían la más mínima idea de qué querían hacer.

- ¿Querían una democracia o instalar otra dictadura?

- La mirada que uno tiene del éxito de esas revoluciones es que después se convirtieron en dictaduras. Hay que ver Cuba: van a tener elecciones ahora, pero solo se presenta el Partido Comunista. En Nicaragua ganó un revolucionario, como Daniel Ortega, que era el jefe del ejército que ganó. Pero uno de los expulsados es Sergio Ramírez, un escritor y que era uno de los jefes del grupo.

- Cristina Kirchner logró sintonizar con la mayoría de los organismos de derechos humanos de una manera muy singular.

- Sí.

- Con Abuelas, Madres de Plaza de Mayo, de Hebe de Bonafini, y Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Sintonizaron de una forma con Cristina Kirchner como nunca antes pasó con otro presidente y ni otro movimiento político ¿Con qué cree usted qué sintonizaron?

- En primera medida sintonizaron con que empezó a haber de nuevo justicia, porque se habían suspendido con la Ley de Obediencia Debida más los dos indultos que había otorgado Carlos Menem. Se habían acabado los juicios, no a la Juntas, que ya estaban firmes, sino los que seguían hacia abajo.

Al suspenderse los juicios, se acabó la posibilidad de alcanzar la justicia. Y hasta ahí, yo lo puedo entender, porque empieza de nuevo la posibilidad de juzgar y al mismo tiempo, tal vez, de saber.

Ahora, la forma en que se identificaron, al punto de terminar siendo una facción dentro de la facción del peronismo que era el kirchnerismo hizo que abandonaran su condición de organización no gubernamental, porque ONG es eso.

- Exacto.

- Se transformaron, se quitaron la capacidad de toda crítica, porque no podían tener objetividad. El ejemplo mayor es, hace poco, cuando Cristina impulsó que este 24 de marzo se transforme en una denuncia de su proscripción. Estela De Carlotto salió a decir “no, no, momentito, no mezclemos las cosas”, porque le pareció demasiado y la siguió más fuertemente Nora Cortiñas, de Madres.

¿Qué hizo Cristina Kirchner? La convocó y salió acariciándole la cara y la pobre Estela, no me sale otra palabra, diciendo “bueno, uno a veces tiene edad y dice cosas que no sé si se pensó bien”. En lugar de sostener “somos muy amigas todo lo que quieran, yo la admiro todo lo que sea, pero no es lo mismo recordar lo que fue el comienzo de la dictadura a comparar que una persona esté proscripta”, porque además no lo está.

- ¿Esa simbiosis entre kirchnerismo y organismos de derechos humanos, perjudica o beneficia el reclamo de justicia?

- Lo ignoro. Tuvo enorme ventaja y enormes consecuencias, de bisagra, que un gobierno, el de Raúl Alfonsín, decidiera enjuiciar a las tres primeras juntas militares y también a los responsables de las organizaciones armadas, hay que ver que Firmenich estuvo preso siete años, hasta que lo indultó Menem. Y que se hiciera la investigación con la CONADEP, que se hizo a fondo y permitió tener la base de lo que fue la acusación en el juicio. Ahí uno puede decir que estaba ayudando a los organismos de derechos humanos y a todas las personas decentes que querían que hubiera justicia para esta gente que se había sentido dueño de la vida, del honor, de los bienes de la gente que había secuestrado o puesto en prisión.

A mí me estremeció cuando iba al juicio y el secretario decía al ingresar los jueces “señores de pie”. Vi levantarse a los militares, que hasta ese momento nos tenían sometidos, lo tuvieran que cumplir. La voz civil de la Justicia, hablándole a gente que se había apropiado del poder y que creía que se había garantizado la impunidad.

- Hablemos de “Argentina, 1985″. Me interesa su mirada sobre la película y sobre el interés que generó, al punto que llegó a competir por los Oscar.

- Empecemos por el final. La película “Argentina, 1985″, que trata sobre el juicio a las juntas, despertó enorme interés, no solo acá, sino sobre todo en el exterior. Tiene la virtud a mi criterio de haber hecho que muchos joven que ni siquiera habían pensado ni nadie les había contado en sus casas, la vieron y averiguaron más, leyeron sobre lo que pasó o buscaron por internet. Eso por un lado.

Por otro lado: a “Argentina, 1985″ no se la puede mirar como un documental. Hay que mirarla como lo que es, una ficción. Hay una plataforma, Amazon, que tomó un hecho real, le pagó a guionistas, actores, directores, y demás, y pretende recuperar ese dinero y seguir ganando. Toma un personaje central, muy importante, que es el fiscal Julio César Strassera, y todo gira alrededor suyo.

Pretender que una ficción se ajuste a la historia totalmente es imposible. Para eso hay que hacer un documental. Y puedo recomendarles el que hizo el documentalista Ulises de la Orden, que va a estrenar un film sobre el Juicio hecho nada más que sobre las 500 y pico de horas de grabación que hay del juicio.

- Es otra cosa.

- Claro. Es un documental y no tiene un gramo de ficción. Todos los viernes en el MALBA se va a proyectar ese filme. Quien quiera ver un documental, puede ir a ver ese.

- Cree que faltó poner en relevancia algún aspecto del juicio o de los protagonistas.

- Si yo hubiera escrito ese guion, seguramente sería otro guion. Si lo hubiera escrito Ricardo Gil Lavedra, habría sido otro. Cada uno privilegiaría el lugar desde donde le tocó vivirlo.

Quién escribió eso no tuvo nada que ver en ese momento con la historia. Es una ficción sobre un hecho real, así como la película que le ganó el Oscar, “Sin novedades en el frente”, está hecha sobre el libro de Erich María Remarque, que trata sobre la Primera Guerra Mundial, y es una ficción que es un canto a la paz.

¿Existieron esos dos jóvenes que se encuentran en una trinchera, un alemán y un francés que se matan entre ellos? Qué sé yo, pero está pintando un momento posible de una guerra y un grito por la paz.

Una mirada sobre la actualidad

- Nos sumergimos en la coyuntura, en la actualidad, que tiene un vínculo con esos años 70. ¿Cómo tomó el anuncio del gobierno de enviar militares a Rosario?

El problema del narcotráfico no es solo Rosario. Nosotros en el conurbano bonaerense ya tenemos seguramente sicarios y soldaditos contratados por el narcotráfico. El problema detrás del narcotráfico es el tema educación y la pobreza. ¿Dónde crece el narcotráfico? En la pobreza.

Cuando un joven no tiene la posibilidad de encontrar un trabajo que le permita vivir y no tiene la posibilidad de estudiar o significa un esfuerzo sobrehumano, es bastante factible que caiga en la oferta de vender o pasar droga. El tratamiento de los narcotraficantes con su gente es muy duro, por eso hay mucha disciplina entre ellos.

Ahora ¿qué es lo que me asustó a mí? Cuando vi primero que la gente hacía justicia por su propia mano. El mensaje del Juicio a las Juntas fue creo yo fue “hasta los más poderosos pueden ser juzgados y condenados”. En este caso la gente no esperó, no esperó a la justicia, la policía, a las Fuerzas Armadas, Gendarmería, nada. Fue e hizo justicia por su propia mano: le quemó la casa al narco y no lo mató porque no lo encontró.

Eso a mí me asustó, porque el Estado tiene la obligación de mantener el tema seguridad bajo su control.

¿Y por qué me preocupa el tema de que se incorpore el Ejército? Porque la capacidad de corrupción que tiene el narcotráfico es enorme. De hecho, seguramente ya están inficionados la Policía, el Servicio Penitenciario y muchos, desgraciadamente, políticos que miran para otro lado o dejan hacer.

Se nos exige como sociedad un esfuerzo muy grande para pensar en un futuro donde nuestros jóvenes puedan hacer otra cosa, donde la pobreza en serio, sea combatida y no se hable de ella.

- Entiendo que no está de acuerdo con que los militares sea enviados allí…

- No. ¿Qué van a hacer? Porque el Gobierno manda a pontoneros, que son los que hacen puentes antes de que tenga que pasar el Ejército o destruyen otros puentes para que no pase el enemigo. Ese es el trabajo de los pontoneros. ¿Qué van a ir a hacer a Rosario? ¿Levantar calles? ¿Levantar casas? Esos barrios, ya están construidos, con sus calles estrechas para que no pase la policía.

 

- Retomo algo que dijo recién sobre el Juicio a las Juntas, que también tiene actualidad. Dijo que el mensaje de ese juicio es que hasta lo más poderosos pueden ser juzgados y condenados. ¿Le cabe esa lógica a Cristina Kirchner?

- Sí, pero yo no la pondría en esa magnitud. La verdad que a Cristina Kirchner se la convirtió en una mujer que es una astuta política. Miremos, por favor ¿qué vicepresidentes eligió?

A Julio Cobos, a quien después trató de traidor. A Amado Boudou, que terminó preso. Y a Alberto Fernández, a quien ahora quiere colgar de los pulgares. ¿Dónde está la astucia política de esta mujer? Que encima acepta que la apoyen con una consigna ¿de hace cuántos años?

- El “Luche y Vuelve” tiene más de 50 años. Es de 1972.

- Cincuenta años. Creo que hay una carencia en el peronismo y por eso ella sigue siendo una especie de personaje. Ahora yo no sé cuántos votos sacaría si fuera candidata.

- ¿Considera que está proscripta como plantea el kirchnerismo?

- No. No hay nadie que está proscripto hasta que no exista una condena firme. Y para que Cristina tenga condena firme todavía falta mucho.

- Igual, técnicamente el concepto de proscripción no existe en el Código Penal. Sí existe el concepto de inhabilitación.

- Ella puede ser candidata ahora. Si tuviera condena firme estaría inhabilitada. Pero tiene que pasar a la segunda instancia y, eventualmente, la Corte. Todo eso lleva por lo menos cuatro o cinco años, mientras tanto puede ser candidata a lo que quiera.

- ¿Qué piensa del juicio a la Corte Suprema?

- Todos los movimientos que está haciendo Cristina con respecto a la justicia es para sacarse de encima las causas judiciales. ¿Cuál pudo ser el acuerdo para que Alberto Fernández aceptara ser presidente y ella su vice? “Te pongo como su presidente, cosa que vos ni soñarías -estamos inventando un diálogo- pero vos actuás con los jueces y me sacás de encima las causas”.

Alberto Fernández no pudo, no quiso o no supo, no lo sé. Pero no pudo cumplir con ese presumible acuerdo y tiene todo el odio de Cristina, por no haberle cumplido. Y así estamos.

- Con la pobreza, la inseguridad, incluso con el apagón y todos los problemas cotidianos que tiene, ¿La democracia está dando respuestas a la sociedad en sus reclamos, en sus reivindicaciones, en sus necesidades?

- No. Todavía la democracia nuestra es de baja intensidad, diría Guillermo O’Donnell. Jorge Giacobbe, un consultor que además es psicólogo, no solo hizo una encuesta tradicional con cuánto miden los políticos, quién va primero, sino que largó una especie de lluvia de palabras que tienen que ver con sentimientos. ¿Cuál fue la palabra más elegida? “Tristeza”.

Esta sociedad está triste porque no puede imaginar un futuro mejor, le cuesta. Cualquier sociedad quiere un futuro mejor, no solo en particular para cada persona, sino para los hijos y sus nietos.

- ¿Qué sueño le queda por cumplir?

- ¿A mí? Sobrevivir. Creo que más cosas no voy a hacer. Hice todo lo que pude desde el punto de vista de mi lucha por los derechos humanos. De todos modos, sigo y pertenezco a organizaciones que trabajan políticamente.

- ¿Qué la enorgullece de lo que hizo y qué dice “esto capaz no lo hubiese hecho o lo hubiera hecho mejor”?

- No hago ese tipo de autocrítica. Hice cosas que podía haberlas hecho mejor, pero en el momento en que las hice no sabía que era mejor de otra manera. Lo importante es reconocerlo y corregir, cambiar. Creo que tengo cada vez más tolerancia, que entiendo mucho más los grises. Me acuerdo que durante la juventud todo era negro o blanco, pero hoy hay muchos matices de gris que yo puedo entender.

Lo cierto es que sigo trabajando en tres grupos de gente que tienen que ver con los derechos humanos y política.

- La cuestión política electoral que viene. ¿Cuál es su posición? ¿Tiene alguna preferencia?

- En este momento no podría decir. Incluso porque todo está con mucho cambio. No sé si Macri va a terminar presentándose. Tengo muchos más interrogantes que afirmaciones.

Fuente: Infobae

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