Peter Thiel, fundador de Palantir y figura clave del mundo tecnológico, eligió Argentina como su nuevo hogar
Ernesto Tenembaum
Existe una chance cierta de que en los próximos tiempos la Argentina sea incorporada a una especie de guerra —cómo decirlo— teológica o metafísica interplanetaria, lo que se sumaría a los pequeños problemas, discusiones y desafíos reales que ya la atraviesan. Esta afirmación —corresponde reconocerlo— parece disparatada. Y ojalá lo sea. Pero empieza a tomar forma apenas se pone atención en una de las historias más interesantes que se desarrollan en Buenos Aires: la llegada, con el objetivo de vivir aquí, de Peter Thiel, uno de los magnates tecno más poderosos del mundo. Thiel habita desde hace algunas semanas una mansión remodelada en Barrio Parque, junto a su marido y sus dos hijas. Desde allí desarrolla una activa vida política.
Thiel nació en Alemania. Es un brillante ajedrecista. Estudió filosofía y derecho en la Universidad de Stanford, el corazón intelectual del desarrollo tecnológico norteamericano. Es el fundador, inspirador y conductor de Palantir, la empresa de inteligencia artificial que trabaja más directamente con el Pentágono, y ha sido un instrumento central en las operaciones antiinmigración desde la llegada de Trump al poder. También fue uno de los principales financistas de las candidaturas del actual presidente norteamericano y de su vice, J.D. Vance. Ha escrito un par de libros muy fundamentados y profundos, y ha dedicado parte importante de su energía a la agitación política. Tal vez debido a esa inusual combinación es presentado muchas veces como el principal teórico de la derecha mundial en las últimas décadas.
La instalación de Thiel en Buenos Aires llamó, naturalmente, la atención de la prensa mundial, y este jueves The New York Times publicó una extensa nota sobre el asunto. Según el artículo, Thiel eligió la Argentina, en principio, porque si hubiera una guerra mundial no sería de los países más afectados. Ese dato es significativo. Muy pocas personas toman decisiones de vida trascendentes ante la eventualidad de que se produzca un holocausto nuclear. No figura eso en el horizonte de sus vidas. Pero Thiel le teme a ese escenario. O se trata de un caso de paranoia, o sabe cosas que el resto del mundo ignora: la potencia de los instrumentos que él y otros están creando, por ejemplo. Además, según la pieza periodística, Thiel está huyendo de California donde existe la amenaza de que aumenten los impuestos al patrimonio y a todo eso se le suma que está interesado en la experiencia libertaria de Javier Milei, con quien mantiene una fluida relación personal.
Todo eso, de por sí, es muy interesante. Pero hay algo en el artículo del diario neoyorquino que se introduce en una dimensión menos terrenal. Parece ser que Thiel invitó a su casa a un grupo de economistas argentinos y que uno de los temas centrales de los que habló en esa reunión fue “el anticristo”. Ese detalle no es menor ni casual. Porque ese concepto, el de “anticristo”, es casi una obsesión en el pensamiento del magnate. No se trata de algo tangencial, de una metáfora, o de una especulación: es una de sus preocupaciones centrales. Y es de eso de lo que está hablando con algunos de sus interlocutores locales.
Cinco hombres sonríen sentados alrededor de una mesa de madera con superficie de vidrio, frente a una bandera argentina y un cuadro grande
El ministro de Economía Luis Caputo y el inversor Peter Thiel se reunieron en Buenos Aires con otros funcionarios para discutir oportunidades de inversión en el país.
Hay una enorme cantidad de material que permite conocer el pensamiento de Thiel, porque ha sido muy generoso al exponerlo en conferencias grabadas y en reportajes en medios muy influyentes. Hace poco menos de un año explicó el concepto de “anticristo”, en una extensa nota que concedió, también, a The New York Times. Allí se enredó en una discusión con Ross Douthat, el entrevistador que conduce el fascinante podcast Interesting Times (tiempos interesantes).
—Quiero que hablemos del Anticristo —propuso en un momento el periodista.
—¿Cuánto tiempo tenemos...? —lo desafío Thiel.
Thiel explicó entonces que en el siglo XVII la imagen del anticristo estaba asociada a la de un científico ambicioso y loco que pretendía usar su poder para dominar a la especie humana o desatar una tragedia que terminara en su extinción. Pero que actualmente el Anticristo tiene rasgos exactamente inversos. El pánico ante aquella idea ha generado un nuevo anticristo, que intenta construir un Estado global totalitario, para limitar, justamente, el desarrollo científico, que sería la única herramienta que podría terminar con el estancamiento humano. Para Thiel, la humanidad está estancada desde hace medio siglo. Y lo está por el poder de ese Estado totalitario mundial, construido por el Anticristo. En la red que teje el Anticristo figura cualquier regulación, especialmente las que se establecen por motivos medioambientales, pero también, por ejemplo, las regulaciones impositivas.
“Existe una especie de texto distópico descontrolado. Existe el riesgo de una guerra nuclear, existe el riesgo de un desastre ambiental, existe el riesgo de armas biológicas. Obviamente existen ciertos tipos de riesgos con la Inteligencia Artificial. Pero si vamos a hablar de riesgos existenciales creo que tenemos que hablar de otro tipo de riesgos: el riesgo de un Estado totalitario mundial”.
“Porque para todos estos riesgos, la solución por defecto que aparece es un gobierno mundial. ¿Qué hacemos con las armas nucleares? Tenemos las Naciones Unidas que las controlan. ¿Qué hacemos con la Inteligencia Artificial? Necesitamos una gobernanza mundial, que controle todos los ordenadores, cada pulsación de cada tecla. Tengo muchas ideas sobre el tema, pero una pregunta es: ¿Cómo se apodera el anticristo del mundo? Da discursos demoníacos e hipnóticos y la gente simplemente cae en la trampa”.
En la historia del capitalismo ha habido siempre debates parecidos alrededor de cuántos impuestos o cuánta regulación o cuántos controles se le puede imponer al desarrollo científico o al productivo para evitar crisis y, al mismo tiempo, no generar un estancamiento. La Argentina ha sido un territorio donde estas discusiones siempre estuvieron muy presentes. Pero aquí hay algo distinto. Para Thiel, las regulaciones y los controles son amenazas existenciales y espirituales para la humanidad.
Le pregunté a ChatGPT por qué Thiel utiliza términos teológicos como el “Anticristo” en lugar de enmarcar sus planteos en un debate político o económico clásico, o en una lucha de intereses. Me respondió: “Para Thiel, cuando la sociedad entra en pánico colectivo —ya sea por el cambio climático, las pandemias o la Inteligencia Artificial— el debate racional se suspende. El peligro real no es un mal argumento sino el miedo apocalíptico. El miedo ciega a las personas y las lleva a ceder voluntariamente su libertad a cambio de paz y seguridad. Thiel busca alertar sobre la naturaleza seductora y engañosa de ese control, el cual no se presenta como un tirano evidente sino como un ‘salvador’ o un administrador compasivo que promete protegernos del fin del mundo”.
Las teorías conspirativas han proliferado a lo largo de la historia humana y, por cierto, han producido un enorme daño. Lo relevante en este caso es que quien defiende esas ideas es un hombre con recursos económicos, tecnológicos y políticos infinitos. El mismo Thiel ha contado diálogos que mantuvo con Elon Musk, otro de los integrantes de esta curiosa cofradía, que parecen realmente de película: casi ninguna persona en el planeta hablaría de estas cosas. “Esta es una conversación que tuve con Elon en 2024. ‘Si Trump no gana estoy pensando en irme del país’, le dije. ‘No hay adónde ir… no hay adónde ir’, me respondió él. Unas horas después pensé que Elon ya había abandonado su idea de Marte. Lo de Marte no era un simple proyecto tecnológico. Era la creación de una alternativa. Pero en 2024 Elon llegó a creer que si ibas a Marte, el gobierno progresista de los Estados Unidos, la IA progresista, te seguiría hasta allí”. Se trata, como se ve, de gente que se siente muy amenazada y cree en la existencia de una batalla entre la Inteligencia Artificial woke y la de la derecha. En otra de esas conversaciones, por ejemplo, Musk calculó que en diez años los Estados Unidos contarán con mil millones de robots humanoides.
El relato de Thiel, en muchos momentos, se vuelve muy religioso. “¿Es tan absurdo lo que acabo de contarles, como explicación general del estancamiento, que el mundo entero se haya sometido durante 50 años a la paz y la seguridad? Esto se encuentra en 1 Tesalonicenses 5:3, el lema del Anticristo es ‘paz y seguridad’”. Tesalonicenses refiere a un fragmento del Nuevo Testamento donde se reproduce una de las cartas que San Pablo le escribió a cristianos perseguidos en Grecia en el siglo I de la era cristiana.
Así que el tal Thiel vive entre nosotros y en ciertas mansiones se discute sobre el Anticristo y esas cosas. Tal vez Marte no era la solución para sus angustias, sino la Argentina: si no está a salvo, al menos se va a divertir. De hecho, en la nota del New York Times hay una referencia explícita a nosotros: “Nos hemos sometido a la FDA. Regula no sólo los medicamentos en los Estados Unidos sino en todo el mundo. La Comisión Reguladora Nuclear regula las centrales nucleares en todo el planeta. No se puede diseñar un reactor nuclear modular y simplemente construirlo en la Argentina. No confiarán en los reguladores argentinos”.
O sea, un grupo de hombres poderosísimos cree que el Anticristo domina el mundo y está dispuesto a armarse hasta los dientes para combatirlo. El más inteligente de ellos vive ahora en Barrio Parque porque sospecha que las garras del Estado global totalitario no lograrán cruzar la Avenida del Libertador. En su cabeza conviven algoritmos del Pentágono, citas de San Pablo y la idea de fabricar reactores nucleares eludiendo a los burócratas de Washington. Mientras tanto, agenda reuniones con el Presidente y el ministro de Economía.
Interesting times.
(*) Infobae





