Horacio González, el Gran Telépata Astronauta Cósmico Argentino

Por Fito Páez (*)

María Moreno escribió que la pituquería literaria porteña tenía al gesto del tartamudeo en alta estima como un signo de refinamiento. Por otro lado, pienso que la retórica política precisa de la fuerza de la declamación para transmitir seguridad y certezas en sus diferentes formas de manifestación. Podríamos hoy, en esta tarde, sumar al absurdo como núcleo de posicionamiento ante la existencia. Sin olvidar las formas arbóreas del pensamiento, único dispositivo incesante de la condición humana, sus suaves desplazamientos entre el tejido de nuestras ideas, nuestros deseos, pasiones y entretelones palaciegos que nos habitan. 

Quiero nombrar al amor. A las convicciones y a la honestidad. Al desprejuicio y la incorrección en general. Quiero nombrar también a Perón y a Clausewitz. A Copi y a José Hernández. La Matanza, San Pablo y Rosario. Alberto Ure y Fabiana Cantilo. La literatura nórdica y el cine de Robert Bresson. A Liliana Herrero, su compañera eterna y a Delfina, su hija. A la curiosidad infinita del gato y el niño. También al hombre ausente. 

Sin hacer mucho esfuerzo, pensando en estas cosas, nos damos cuenta de que Horacio se nos cuela por todos los costados. Por entre los difusos y misteriosos intersticios del recuerdo. Que es una nueva Roma. Entonces, ahora sí, todos los caminos conducen a Horacio González. 

Tiene la elegancia de hacerle sentir a un soldado raso que habla de igual a igual con un mariscal de campo. Piensa la pampa con sus restos, no como una llanura desolada, empapada en sangre ranquel, degollada por la codicia y la civilización. Horacio nos trae de vuelta a una parte de Lucio V Mansilla, sin botas esta vez. Los restos y los pensamientos en Horacio resignifican todo. Porque él entiende que de eso estamos hechos. De restos, pensamientos y balbuceos. Por eso la mixtura de sus infinitas capas de lenguaje pueden encolar, a la manera de un patchwork, con absoluto relajo y desparpajo en una obra única, siempre reveladora. El ensayo como una de las bellas artes y no como excremento de pasquines políticos. 

“Qué complicado escribe Horacio”, “No se le entiende nada”. Claro, nunca fue funcional ni siquiera a sus propias estructuras ideológicas, que le reclamaban firmeza y frases cortas para cooptar incrédulos. El coro griego: “¡Tienen que entender Horacio!”,” Si no, no sirve para nada!”.

¡Cuánta necedad señores! Esa fiereza la despliega en los salones de la docencia. Cuando, por ejemplo, para explicar y contar parte de la Argentina menemista tomó al Padrino 3 de Francis Ford Coppola para desandar ese espacio de pasiones y locura pleno de rispideces, pero sobre todo rebalsado de preguntas. Con cuánta vehemencia Horacio interpelaba a sus alumnos de Sociología y los intimaba a pensar y a no repetir la letra aprendida de memoria en los gabinetes de las juventudes universitarias. 

Yo quiero decirlo, nombrarlo con la máxima claridad. Horacio González no es un instrumento de comunicación partidaria. Es un hombre que enseña a pensar. No a construir manadas. El, como tantos y tantas, pero especialmente él, fue una voz que la torpeza de la realpolitik argentina no se dignó en consultar. Confirmando la extrema embriaguez en la que vive gran parte de la dirigencia política de este país. Y una forma más del deseo explícito de no llamar a voces que puedan interferir con los planes más inmediatos, siempre proyectos fallidos per se, pero sí, aportar perspectiva a través del tiempo para no repetir los mismos errores. Si bien sabemos que nunca se repiten de la misma manera. Horacio no es un instrumento de comunicación partidaria. Podría haber sido un oráculo viviente, un adviser, como Robert Duvall en la saga Corleone de Mario Puzo. Horacio González como protagonista central de una época que ya pasó y falló. Estos asesoramientos no hubieran impedido su incansable tarea en la Biblioteca Nacional. Solo hubieran podido aportar serenidad y perspectiva histórica a algunas decisiones que no hicieron mas que empeorar el cuadro de situación para las mayorías. 

La música de su diapasón es su ansia infinita de libertad. Ese sonido ilegible para muchos y fuente de divertimento, sabiduría y placer para nosotros. Qué joia, la suavidad de su charla. Sus puntos de vista insólitos. Su impericia para estar en los lugares correctos. Su desconocimiento total de todo lo referido al sentido común. Figura desconcertante mi amigo. 

Esta anécdota lo muestra de cuerpo entero. Ante la posibilidad de entrevistar a Jorge Asís, Horacio fue el gestor de ese encuentro, no le tembló el pulso. Eran dos hijos de la misma madre. El peronismo, aquella matrix aún indescifrable. El coqueto y sagaz escritor e ingenioso analista político y el filósofo ensayista sociólogo y metafísico de fuste. Supuestas antípodas de aquel momento. Los dos ávidos de saber del otro. Su tribu del Ojo Mocho se lo reclamó en varias oportunidades. 

Qué persona singularísima mi amigo Horacio González. Con el temple buda de Juan Ele Ortiz, la ironía borgeana a flor de piel y la picaresca criolla que le daba argumentos para rematar sus deliciosos exabruptos. En una presentación de un libro de Quique Fogwill y ante el imparable arrebato histriónico del gran escritor nacido en el barrio de Quilmes, después de una hora de diatriba contra de sí mismo, González lo paró en seco y lo retó públicamente igual que a un niño. Grande fue el estupor general al ver al enfant terrible Rodolfo Fogwill, acurrucado con las piernas subidas a su silla tomándose las rodillas, en clara posición de réprobo escuchando aquellas palabras firmes, dichas en un tono acechante con cara de niñito asustado. Claro, estaban hablando maravillas de él ahora. Pero esto, que podría parecer un acto dramático de manipulación por parte del archiduque Rodolfo, fue más bien una fuerte demostración de poder del rey Horacio. Su erudición carecía de bordes. Y esto para el niño Quique era la única pócima, fuera del área del amor familiar, que podían embrujarlo y detenerlo abstraído de sí mismo unos instantes. Sé que estamos en una maratón. Una faringitis me detiene en reposo en mi casa. Esta sala, la Jorge Luis Borges, es el lugar de encuentro y acción junto a mi amigo durante todos estos años. Por eso me duele no estar aquí, ahora, de cuerpo presente. Al lado tuyo Horacio.

Al finalizar la última sesión de grabación de Futurología Arlt, en la ciudad de Los Ángeles, a muchos kilómetros de distancia de casa, Delfina, su amada hija putativa me comunica que Horacio había fallecido.

Preferí creer que eso nunca sucedió. No me importa a quién pueda caerle bien o mal, esto. Comparto con él la dimensión de lo etéreo. De la metafísica y la física cuántica. Del desgarro y la desesperación junto a la máquina de escribir de madrugada. Los llamados son como siempre. Uno habla de una cosa y el otro de otra. Siempre nos entendemos, sin excepción. El Gran Telépata Astronauta Cósmico Argentino llamado Horacio González sigue girando alrededor de las esferas celestes. Nos saluda desde allí y nos abriga desde su muerte. Aquel no lugar, igual que este.

(*) Músico - Publicado en Página12

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