La impresionante inserción internacional de Javier Milei

Elon Musk y Javier Milei.

Elon Musk y Javier Milei.

Por Ernesto Tenembaum (*)

 

“En primer lugar, hay una frase de Milton Friedman que me parece sublime respecto de estos temas: cuando vos ponés la igualdad por encima de la libertad, no conseguís ninguna de las dos cosas; pero cuando vos ponés la libertad por encima de la igualdad, podés conseguir mucho de ambas. El propio John Stuart Mill señalaba que una sociedad donde se hace tanto hincapié en la igualdad, a la postre se vuelve una sociedad de saqueadores y se hunde. Esa es la historia de la Argentina. La justicia social es injusta. No hay nada más injusto que la justicia social. El gran logro del liberalismo es haber logrado la igualdad ante la ley. Cuando vos vas por la justicia social, que es la distribución del ingreso, lo que hacés es utilizar el aparato represivo del Estado para sacarle al exitoso y distribuirlo antojadizamente en función de lo que quiere el que está en la poltrona”.

El párrafo que antecede podría haber formado parte de uno de los tantos debates que se han dado en los últimos dos siglos dentro de los países capitalistas, acerca de cuál es la manera de construir sociedades que promuevan, al mismo tiempo, tanto la inversión y la formación de riqueza como la integración social y la protección de los más débiles. En este sentido, representaría una posición extrema que expresa con mucha capacidad de síntesis, uno de los polos del debate tan central y profundo: el que sostiene que la justicia solo puede provenir de no trabar la actividad de los poderosos.

Esta semana, para la Argentina, ese párrafo tomó otra dimensión. En primer lugar, porque el autor, en pocas horas, será el Presidente de nuestro país. Eso solo es una noticia de magnitudes históricas. En el país de Juan Domingo Perón y Eva Duarte, acaba de llegar al poder por una mayoría muy clara un hombre que dice: “No hay nada más injusto que la justicia social”. Pero, además, la trascendencia de ese párrafo se agiganta porque fue reproducido, hace unos días, por Elon Musk, uno de los hombres más ricos del planeta. Musk lo posteó en la red social X (ex Twitter), de la cual no solo es usuario sino también propietario. El video de Milei fue reproducido 61 millón de veces.

Esto quiere decir que la asunción de Milei no es solo una noticia que conmueve a la Argentina, sino que tiene -como pocas otras inauguraciones de períodos presidenciales- una repercusión internacional impactante. Ese fenómeno se pudo percibir en estas últimas semanas, también, en la cantidad de corresponsales extranjeros que aterrizaron en el país. O en los viajes relámpagos que hicieron agitadores muy populares de la radical right internacional, como Tucker Carlson, para entrevistarse con el presidente electo.

Una de las colegas que vivió en carne propia todo este fenómeno fue Teresa Bo, la argentina que trabaja desde hace años para la cadena qatarí Al Jazeera. Luego del ataque de Hamas del 7 de octubre, preparaba sus valijas para viajar, como siempre, a la zona de conflicto. Le pidieron que se quede en Buenos Aires para cubrir el fenómeno Milei. Apenas pudo escaparse a Medio Oriente por dos semanas y tuvo que volver.

¿A qué se debe esta especie de psicosis? Una mirada lineal podría atribuirla al triunfo de un líder de extrema derecha en uno de los países más importantes de América Latina. La categoría de “extrema derecha” podría generar extensos debates en un simposio de cientistas sociales. Pero, grosso modo, alguien cuyas amistades internacionales más estrechas lo vinculan a Jair Bolsonaro, Santiago Abascal o Viktor Orbán -los tres rodearon durante todo el fin de semana al nuevo Presidente- bien puede definirse como perteneciente a las expresiones más derechistas del sistema democrático occidental.

Eso solo ya es fuerte. En los últimos años, muchos intelectuales republicanos y liberales, en todo el mundo, han advertido sobre el surgimiento de nuevos líderes que fagocitan a las democracias mediante distintos métodos: se perpetúan en el poder, desprecian a los parlamentos, no reconocen los resultados electorales cuando son derrotados, persiguen a las minorías sexuales. En ese patrón de comportamiento aparecen Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Donald Trump, Jair Bolsonaro, Vladimir Putin, Viktor Orbán. Algunos de ellos han aterrizado en la Argentina para celebrar al nuevo presidente, mezclados -claro- con líderes más típicos de las democracias estables.

Pero, por fuera de eso, está la mirada económica. Cuando cuenta su historia, Milei dice que se hizo libertario en 2013 cuando encontró respuesta a un problema que lo perturbaba: ¿por qué la teoría económica era crítica de los monopolios si nunca había habido tanta generación de riqueza al mismo tiempo que surgían más monopolios?

“La teoría económica dice que las estructuras de mercado concentradas son malas para el bienestar. Y mirá los datos. Rendimientos crecientes y una caída fenomenal de la pobreza. ¿Dónde está mal eso?”, le planteó a un colega llamado Federico Ferrelli Massa. Este hombre le acercó un artículo de Murray Rothbard llamado “Monopolio y competencia”. Ese texto sostiene que la construcción de monopolios es muy virtuosa para la economía. Cuando Milei se encontró con él tuvo una especie de epifanía y se convirtió en un libertario.

Milei sintetizó de esta manera el razonamiento desarrollado por Rothbard: “Pensemos en diez empresas que venden celulares. De pronto una de ellas hace un desarrollo que le permite ofrecer el mejor celular al menor precio. ¿Cuál es el resultado? Las restantes nueve empresas quiebran. Ahora hay una sola empresa. Un monopolio. No intentés autoconvencerte de que eso es malo. No lo es. Ese monopolio es un benefactor social. Darme cuenta de ello implicó un shock fenomenal sobre mi forma de pensar. Allí nació el libertario”.

Esa fe, esa doctrina que ha defendido y defiende de manera muy genuina el presidente Javier Milei, es una novedad para el mundo capitalista: va mucho más lejos que Trump, Bolsonaro, Meloni o Vox. Por eso, magnates globales como Musk lo proyectan al infinito y más allá. Eso explica también que algunos de sus émulos locales, como Marcos Galperin, hayan adoptado una actitud militante en defensa de Milei. Si criticar cualquier abuso de una empresa con posición dominante -algo tan habitual en la historia del capitalismo- pasa a ser emparentado con el fascismo, o con el comunismo, o con la injusticia, o con el “kirchnerato”, es entendible que quienes disfrutan de esas posiciones dominantes defiendan la prédica del nuevo presidente. Por eso, también, van a estar muy interesados en que no fracase y quizá eso sea un hándicap para Milei.

Luego de que Musk posteara sus citas a Friedman y Stuart Mill, Milei le respondió:

-We need to talk, Elon! (“¡Nosotros necesitamos hablar, Elon!”)

Al día siguiente conversaron. Según el argentino, Elon manifestó su voluntad de invertir en el país.

Elon, como se sabe, es un tipo bastante controvertido. Por ejemplo, en cualquier índice internacional, los países nórdicos figuran entre aquellos en los que sus habitantes tienen, por lejos, el mejor nivel de vida. Elon tiene una sede de la empresa Tesla en Suecia. Esta semana hay un conflicto gremial muy serio allí porque Tesla propuso eliminar, entre otros derechos laborales, el salario mínimo de los trabajadores: uno de los elementos que permite a Suecia ser lo que es. El conflicto se extendió a Dinamarca y Noruega porque los sindicatos de transporte se niegan a trasladar los autos de Elon, por temor a que sus propuestas de reordenamiento laboral se trasladen a sus países. “No me gustan los sindicatos”, dijo Musk, al respecto. Es que el programa de Elon es así de radical: tal vez aún más del que está dispuesto a aplicar aquí su nuevo amigo.

Pero sus conflictos no solo lo enfrentan a los sindicatos. En julio de 2022, Musk sugirió que Trump debía retirarse. “It is time for Trump to sail into the sunset”, dijo. “Es tiempo de que empiece a navegar hacia el ocaso”. Trump fue lapidario: “Cuando Musk vino a la Casa Blanca a pedirme ayuda para todos sus proyectos subsidiados, como los autos eléctricos que no van demasiado lejos, o los cohetes hacia ninguna parte -subsidios sin los cuales él no valdría nada- y me decía que era un ‘Trump fan’, yo le podría haber respondido que se pusiera de rodillas y rogara. Lo habría hecho”. Musk le respondió con una expresión norteamericana que podría bien traducirse como “se me ríen las nalgas”.

Trump y Musk, pese a esos conflictos, están ambos deslumbrados por Milei. Y esa es, por cierto, la gran novedad: la dimensión internacional del nuevo Presidente, la manera en que se ha insertado en el centro del debate político y económico mundial.

En pocas horas, cuando reciba la banda presidencial, Milei podrá recordar el vértigo de estos años increíbles. Casi solo, con la única potencia de su palabra y de su voluntad, humilló a todas las estructuras políticas preexistentes en la Argentina. Puso en tensión algunos consensos muy establecidos como el respeto a las figuras de Raúl Alfonsín y el Papa Francisco, o la mirada dominante sobre la dictadura, sobre las minorías sexuales, sobre los monopolios, sobre la manera en que los hombres deben respetar a las mujeres.

Así y todo, triunfó. Ese peculiar profesional de economía que hace poco tiempo se hizo famoso porque gritaba por televisión, hoy es uno de los políticos más conocidos en el mundo entero. Se trata de una historia, ciertamente, muy impresionante.

Asume un presidente que, en el centro de su alma, cree en verdades muy fuertes. Muchas de ellas parecen un contrasentido. Es necesario eliminar impuestos para llegar al equilibrio fiscal, producir una recesión para que el país empiece a crecer, aumentar la inflación para que bajen los precios, estimular a los sectores más poderosos para que los débiles estén mejor. Ese acercamiento tan curioso se resume en una frase: “No hay nada más injusto que la justicia social”.

Sea como fuere, Milei nunca ocultó lo que pensaba. Sometió sus criterios con una sinceridad apabullante al veredicto popular. Y fue respaldado por la mayoría de los argentinos. La potencia de Milei está ahí: en haber convencido a una mayoría social -que atraviesa todas las fronteras de clase, religión o zona geográfica- de que ese camino es el que cambiará para siempre a nuestro país, y al sistema capitalista.

Nunca sucedió algo así.

Por eso el mundo lo está mirando de tan cerca.

Si le queda un ratito entre sus tuits, sus conflictos en Suecia y sus viajes al Espacio, ojalá Elon Musk nos ayude.

Al fin y al cabo, la Argentina participará de una experiencia piloto acerca de sus ideas. Si funcionara -he aquí el condicional central de esta historia- será el primer paso para rediseñar el mundo entero.

Pavada de experimento.

 

(*) Esta columna de Opinión de Ernesto Tenembaum fue publicada originalmente en el portal de Infobae.

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