Los miserables

Por Sergio Olguín (*)

Uno de los comienzos más bellos de una novela es el de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: “"Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos derecho al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”. Me gusta la idea de recordar mi infancia a partir de este párrafo, no porque fuera contemporáneo a la novela de Dickens, sino porque siempre pensamos que vivimos tiempos especiales, únicos. Estoy convencido de que ser chico en los años 70, en el Gran Buenos Aires, tiene un aura literaria con la que aburro a mis eventuales oyentes (o lectores, ¡todavía están a tiempo de huir!). Recuerdo que tiramos, más de una vez, bombas de Gamexane en autos abandonados al grito de “vienen los Montoneros”. O que nos divertíamos en la calesita jugando a guerra de escupidas entre los que estábamos arriba y los que no se habían podido pagar la vuelta para subirse. Más peligrosas eran otras versiones bélicas en el potrero. Se había armado como un montículo bastante alto de tierra y nos poníamos de un lado y del otro como si estuviéramos en trincheras y nos tirábamos piedrazos.

En una tarde de verano, sentados a la sombra en algún umbral de la cuadra, decidimos que era hora de ganar plata. Ninguno tenía un peso y todavía no habíamos hecho la comunión, que era la forma fácil de hacer plata repartiendo estampitas entre los vecinos.

No sé a quién se le ocurrió, pero la idea era buena: vender cobre. Había un negocio cerca que compraba y lo pagaba muy bien. Seguramente la idea fue de Roberto, que tenía siempre ocurrencias geniales y además sabía que el cobre podía sacarse de cualquier cable. Hicimos cuenta y calculamos que nos podíamos hacer ricos antes de los doce años si conseguíamos vender un par de kilos por día. Lo único que teníamos que hacer era conseguir, justamente, cables de nuestras casas. Yo conseguí una caja llena que mi viejo guardaba en un galpón y otros aparecieron con enchufes y alargues que seguramente sus padres iban a extrañar. Llevamos todo al comprador y nos dijo que había que pelarlos. Pasamos una tarde entera tratando de quitarle el plástico al cobre, pero no estábamos capacitados para tamaña tarea. A los siete u ocho años nadie es muy ducho con tijeras y cuchillos.

Este episodio, reelaborado por la ficción, lo usé en La fragilidad de los cuerpos, en el que dos chicos intentan robar una caja con cables para vender el cobre.

Las generaciones pasan, pero la ilusión continúa. La abundancia de negocios en el AMBA y en todas las ciudades del resto del país de negocios que se dedican a la compra de metales alimenta la idea de poder ganar unos pesos vendiendo algo no muy difícil de hallar.

En todo esto pensaba cuando vi en Twitter (ahora X) el caso de Ezequiel, 21 años, que murió después de agonizar dos días. Había intentado robar unos cables enterrados de alto voltaje y la descarga que recibió fue fatal. El video del chico se viralizó. No lo vi, salvo esos primeros segundos que Twitter muestra cuando recorremos la aplicación. No quise verlo, ni tampoco leer los comentarios de mucha gente que se burlaba o festejaba que el pibe hubiera quedado al borde de la muerte. Me alcanzó con cruzarme con posteos que apoyaban o criticaban esos comentarios.

El flaco no salió con un revólver a robar celulares, ni se dedicaba a la caza de 4x4, ni amedrentó a ningún comerciante para llevarse la recaudación del día, solo para enumerar algunas formas de delito de la que es víctima la gente. Está claro que solo la desesperación, el hambre, la infelicidad absoluta puede llevar a que alguien arriesgue su vida hurtando unos kilos de cobre. Sin embargo, algunos se alegraban de que pudiera perder la vida. “Uno menos”, decían repitiendo el leitmotiv aprendido. ¿”Uno menos” qué festejan? ¿Que haya un pibe menos desesperado? ¿Que la pena de muerte se haya instalado para los que hurtan o roban?

Después de su muerte, una docente que lo conoció escribió: “No quiero que lo recuerden así. Él era Eze, mi alumno. Nuestro alumno. Él era muy dulce y andaba con un carro. Tuvimos muchas mañana de mates y risas. Se medía en todo, pero siempre sonreía. Los últimos tiempos fueron difíciles para nuestros pibes, él tiraba del carro. Andaba cirujeando. Le gustaban los cuentos, pero no leer. Era bueno. Tiraba de su carro. Leyendo comentarios en notas de diarios, veo que festejan su muerte tan dura y cruel. El tiraba de su carro...”

En las últimas semanas se dieron varios casos significativos en la misma línea. En San Juan detuvieron a un hombre de 80 años por robarse una manteca. En CABA una familia fue bajada del colectivo por no poder pagar el pasaje de los chicos. ¿Quién detuvo al jubilado? Seguramente, un guarda de seguridad privada del supermercado. El chofer del colectivo que los bajó del vehículo evidentemente no es el dueño del colectivo. La mayoría de los que festejan la muerte de un pibe que roba cables son los mismos que ahora soportan con resignación que los dueños de las empresas eléctricas sean más ricos, a costa de aumentarles la tarifa más de un ciento por ciento. Desearle la muerte a un pibe que hurtó cables es entendido como algo normal en los medios de comunicación y en las redes. Son los mismos que lloran indignados si a una canción de los años 90 se le altera la letra para nombrar a Caputo (a alguno de los tantos Caputo que detentan el poder). Todos (colectiveros, agentes de seguridad, tuiteros indignados) están más cerca de los pobres que de los ricos a los que les perdonan todo.

Pero no se trata de alertar de una guerra entre pobres, o entre pobres y una clase media que se cae más rápido que una torre de Jenga. Porque hay guardas de seguridad que no son conscientes del lugar de la escala socioeconómica que ocupan, pero también hay guardas de seguridad turros. Y colectiveros que disfrutan bajando gente para sentirse por un segundo el dueño de una empresa que no le aumenta el sueldo. Y tuiteros imbéciles que se creen poderosos porque todavía no le cortaron la luz, que tarde o temprano no van a poder pagar, ellos o su familia.

En tiempo de miseria se ve más claramente quiénes son los miserables. Lo sabía Victor Hugo cuando escribió Los miserables bajo la dictadura de Napoleón III (nacido Louis-Napoléon Bonaparte), un político oscuro que llegó por medios democráticos y que, con el beneplácito del establishment francés, suspendió la Asamblea Nacional y la Constitución y se otorgó para sí el poder absoluto.

Miserable es una palabra de muchos significados. Miserable es una persona despreciable, pero también puede ser alguien que vive en la pobreza. Miserable puede ser el sueldo de un trabajador y la propuesta de un gobierno dirigida a sectores en riesgo. Me quedo con la primera acepción e insisto en algo: cuidémonos de los miserables, de los que disfrutan de las carencias ajenas, de los turros que hacen la vida más difícil a los que ya están en un infierno cotidiano. No son desclasados, no estaban confundidos cuando votaron, no son gente a la que haya que convencerlas de nada. Son miserables. Hay que derrotarlos, simplemente.

(*) Columna publicada en Página/12

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