Sección

Sin gritar vamos más rápido 

Juan Pablo Cerini

El discurso de apertura de sesiones ordinarias del presidente Javier Milei nos dejó ante una paradoja inquietante. Por un lado, una hoja de ruta macroeconómica que gran parte de los argentinos —especialmente quienes producimos y emprendemos— compartimos: la normalización de los precios, el equilibrio fiscal y el fin de la emisión descontrolada. Por el otro, una puesta en escena plagada de exabruptos, insultos recíprocos y una violencia verbal que son la versión #RíoDeLaPlata del momento de la época.

En política, las formas son más que un decorado; son inseparables del mensaje y tan potentes como lo que se quiere transmitir. Ver al presidente reaccionar con virulencia desde el estrado del Congreso no solo daña la investidura presidencial, sino que debilita su propio mensaje. La vehemencia de cada interrupción y la cantidad de cortes del discurso para gritar, marcaron la noche. Como dijeron varios analistas, hasta los mejores argumentos pierden autoridad si se rodean de insultos. Muchos estamos de acuerdo con el "qué", pero el "cómo" puede devorarse los logros de la gestión.

La historia y la actualidad mundial nos ofrecen señales de alerta constantemente. La escalada de violencia que viene produciéndose desde la invasión rusa a Ucrania, el ataque a Israel y, finalmente, la asunción de Donald Trump y su lunática forma de hacer política, demuestran que estamos ante una tendencia mundial que preocupa. 

Si bien la lista de mandatarios chiflados suele ser larga en cualquier momento de la historia, lo preocupante ahora es que parecen ser muchos más y haber llegado a los países con más potencial bélico. En Argentina, la violencia física o militar parece hoy imposible, pero la violencia dialéctica nos acerca peligrosamente a esos puertos. Instalar la descalificación personal como método político es romper el pacto de convivencia básica que nos costó décadas reconstruir.

Marzo y la buena memoria. Si alguien habla de “memoria” en marzo parece que se para de un lado de la grieta. No debería ser así. Tenemos que poder recordar todos, que el último quiebre constitucional de nuestra historia fue en marzo de 1976 y que decidimos recordarlo para siempre para no repetirlo. En aquel momento se aceleró mucho la violencia, no sólo discursiva, y las consecuencias fueron muy dolorosas. La historia no se repetirá porque los contextos cambian, pero tenemos que estar atentos para usar los aprendizajes en los nuevos escenarios. La paz es un activo social que no podemos rifar. La violencia pone en riesgo ese acuerdo democrático que nos permitió vivir en libertad desde 1983.

Todo el ímpetu que Milei imprime en sus discursos y en ordenar la macroeconomía necesita traducirse rápidamente en una recuperación de la actividad económica. Es una lástima haber perdido tantos minutos valiosos del presidente en cadena nacional escuchando insultos y chicanas. Ese discurso nos tendría que haber dicho qué esperar para 2026.

Lamentablemente, cada vez escuchamos con más frecuencia y fuerza el pedido de “paz” en distintos ámbitos. Una palabra que hasta hace poco Occidente consideraba un derecho adquirido, hoy está puesta en duda. Sin ir más lejos, Europa teme ser invadida y EEUU tiene una actitud más beligerante de lo habitual. Si localmente convalidamos instancias de cualquier tipo de violencia, damos un pasito más para alejarnos de la paz que puede ser cara de recuperar. 

Por más que compartamos por completo el contenido del mensaje de un líder político sea quien sea, la violencia no debe ser una opción. El presidente puede hacerlo mejor. De hecho, lo hizo meses atrás cuando la coyuntura política se lo requirió. Para que el mercado funcione, para que la gente consiga y genere trabajo, para que los logros de la macro se traduzcan en la micro, la paz es indispensable. El diálogo y el consenso no se negocian. Si eso se pone en duda, se va la confianza y sin confianza no hay mercado. 

 

(*) Miembro del Consejo Empresario de Entre Ríos. 

Edición Impresa

Edición Impresa