Mientras se cuestiona a la industria, millones de argentinos pagan tasas extraordinarias en plataformas financieras digitales.
Roberto Schunk
En los últimos meses el presidente Javier Milei ha repetido en numerosas ocasiones que los industriales argentinos “nos robaron durante años”. La afirmación, en parte, tiene un punto de verdad. En la Argentina existen sectores altamente concentrados donde algunas grandes empresas han abusado de su posición dominante en el mercado, especialmente en bienes de uso difundido.
Los ejemplos son conocidos. Paolo Roca, líder dl Grupo Techint, controla a través de Tenaris -líder mundial en tubos de acero sin costura para la industria petrolera- y de Ternium una parte sustancial del mercado del acero. Javier Madanes Quintanilla conduce Aluar, única productora de aluminio del país. Y Roberto Méndez, CEO de Neumen, llegó incluso a reconocer públicamente: “Los empresarios robábamos con los precios de las cubiertas. Nunca ganamos tanta plata como cuando nos permitieron hacer lo que estábamos haciendo”.
Es decir, la existencia de posiciones dominantes y comportamientos abusivos en algunos mercados no es una fantasía. El problema aparece cuando a partir de ese diagnóstico se propone una solución equivocada.
La respuesta del actual gobierno ha sido impulsar una fuerte apertura importadora bajo el argumento de que los argentinos podrán comprar productos más baratos. Según esta lógica, el ahorro que obtendrían los consumidores permitiría dinamizar otros sectores de la economía.
Sin embargo, lo que está ocurriendo en la práctica es bastante distinto. Si bien algunos productos pueden bajar de precio por la competencia importada, el dinero que los consumidores ahorran muchas veces termina destinándose también a bienes importados. El resultado es conocido: caída de la producción local, empresas que reducen actividad o cierran y trabajadores que pierden su empleo.
Detrás de esta política hay además una definición ideológica clara. El presidente sostiene que la industria argentina es ineficiente y prebendaria y que el país debería orientarse hacia un modelo similar al de fines del siglo XIX: un esquema primario exportador integrado a las cadenas globales de valor como proveedor de materias primas.
Conviene entonces observar algunos datos para dimensionar ese modelo.
Actualmente la Argentina exporta petróleo, gas y minerales por aproximadamente 950 dólares por habitante. En países con fuerte desarrollo de recursos naturales los números son muy distintos:
Canadá exporta cerca de 7.000 dólares per cápita, Australia 17.000, Chile 4.500 y Brasil alrededor de 4.000.
Incluso en el escenario más optimista, distintos especialistas estiman que la Argentina podría alcanzar exportaciones cercanas a 2.000 dólares por habitante en el 2030. Sin duda esto ayudaría a aliviar uno de los problemas estructurales de nuestra economía: la restricción externa, es decir, la falta crónica de dólares.
Pero aparece entonces una pregunta central: ¿de que va a vivir la mayoría de los argentinos?
Los sectores de energía y minería generan divisas, pero no generan empleo masivo. Además, una parte importante de las inversiones en esos sectores proviene de capitales extranjeros cuyo principal interés es extraer recursos naturales y exportarlos con escaso valor agregado local.
Sin embargo, hay un aspecto del debate económico actual que resulta aún más llamativo.
Mientras el gobierno concentra sus críticas en la industria, dice muy poco sobre el sistema financiero, y particularmente sobre el crecimiento acelerado de las plataformas Fintech que otorgan créditos de manera inmediata a millones de personas.
Los gráficos que se presentan a continuación muestran con claridad las tasas de interés que pagan muchos argentinos que recurren a estas plataformas.
Gráfico 1
Tasas de interés de créditos otorgados por plataformas Fintech
(Para una persona con clara capacidad de devolución)
Gráfico 2 y 3
Tasas de interés de créditos otorgados por plataformas Fintech
(Para personas con serias dificultades financieras)

Lo que muestran estos datos es que millones de argentinos-especialmente los sectores de menores ingresos- terminan recurriendo a estos créditos para cubrir gastos cotidianos. Y lo hacen pagando tasas extraordinariamente elevadas, que en muchos casos pueden calificarse directamente como usurarias.
Resulta entonces llamativo que mientras se señala a la industria como uno de los principales responsables de los problemas económicos del país, se guarde silencio frente a un sistema financiero que captura una porción creciente del ingreso de los hogares argentinos. (Y de los que menos tienen fundamentalmente).
La Argentina necesita discutir con seriedad su estrategia de desarrollo. Combatir posiciones dominantes en la industria es necesario, pero hacerlo destruyendo el aparato productivo no resuelve los problemas estructurales del país. Mucho menos cuando al mismo tiempo se ignore un sistema financiero que obtiene ganancias extraordinarias a partir del endeudamiento de millones de argentinos.
Un proyecto de desarrollo equilibrado requiere industria, exportaciones de recursos naturales y un sistema financiero que esté al servicio de la producción, el trabajo y del bienestar social, no de la especulación.
(*) Roberto Schunk es contador público nacional. Ex ministro de la Producción de Entre Ríos. Docente e investigador universitario y un estudioso de la realidad económica y productiva de la provincia y el país.






