Identificaron a cuatro gendarmes que estaban enterrados en una tumba común en Malvinas

“Cuatro soldados argentinos solo conocidos por Dios, incluyendo al 1er alférez Ricardo Sánchez”, decía la placa de la fosa C.1.10 antes de que la Comisión de Familiares de Malvinas emprendiera la reforma del cementerio de Darwin. La refacción instauró un nuevo epitafio: “Héctor Walter Aguirre-Mario Ramón Luna-Julio Ricardo Sánchez-Luis Guillermo Sevilla”. Pero el Plan Proyecto Humanitario 1 descubrió que tres de esos combatientes estaban enterrados en otras tumbas. Se necesitó un nuevo Plan de Proyecto Humanitario (PPF2) que llevó adelante el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) junto al Equipo de Argentino de Antropología Forense (EAAF) para saber a quiénes pertenecían los restos hallados en una fosa común del Cementerio de Darwin.

 

Los cuatro nuevos identificados son el subalférez Guillermo Nasif, el cabo primero Marciano Verón, el cabo Carlos Misael Pereyra y el gendarme Juan Carlos Treppo. Por su parte, del 1er Alférez Ricardo Julio Sánchez, inhumado en la tumba C.1.10 y ya identificado, se pudo confirmar fehacientemente la identidad. También se reasociaron restos óseos del Cabo Primero Víctor Samuel Guerrero, quien se encuentra inhumado en una tumba individual del mismo cementerio. Los 6 gendarmes murieron en combate en el mismo evento.

 

Las nuevas cuatro identificaciones del PPH2 se suman a las 115 del PPH1, llegando así los 119 ex combatientes de Malvinas -que antes figuraban como “Sólo conocidos por Dios”- que ahora una tumba con su nombre donde homenajearlos. En el caso de las cuatro últimas identificaciones, las familias ya recibieron la notificación del hallazgo. Según un comunicado de Cancillería, los mismos expresaron su voluntad respecto del lugar de descanso de sus familiares en el Cementerio de Darwin: en algunos casos han preferido que los restos de sus familiares permanezcan juntos y en otros han optado por tumbas separadas.

 

Fue una nueva gesta antropológica: el segundo acuerdo firmado entre Reino Unido, Argentina y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), un programa que había sido premiado y reconocido en noviembre de 2018 en Ginebra, Suiza. En el proyecto intervino el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una ONG científica global sin fines de lucro que había participado también en el primer proceso de identificación de combatientes.

 

Pasaron solo 19 días. El vuelo proveniente del aeropuerto de Mount Pleasant en las Islas Malvinas había aterrizado en el Aeropuerto Internacional Ingeniero Ambrosio Taravella de la provincia de Córdoba a las 14:09 del jueves 26 de agosto. Luis Fondebrider, titular de la Dirección de la Unidad Forense de la Cruz Roja Internacional, cargaba la caja con la inscripción D.C.1.10 que conservaba las muestras de ADN de los cinco soldados. Hoy se anunció la identificación de esos restos y se corroboraron las hipótesis: esos cuerpos eran los del Grupo Alacrán, muertos el 30 de mayo de 1982. El vuelo privado que permitió devolverle la identidad a los soldados caídos fue provisto por el empresario Eduardo Eurnekian de Aeropuertos Argentina 2000, quien a su vez hizo posible los dos viajes de los familiares de soldados recientemente identificados a Darwin, tanto en 2018 como en 2019.

 

En aquella oportunidad, el especialista en Antropología Forense y fundador de la organización Equipo Argentino de Antropología Forense, había señalado: “El trabajo nos permite certificar que hay al menos cinco cuerpos y no cuatro como se había señalado en 1983, lo que no desacredita el extraordinario trabajo que llevó adelante el coronel británico Geoffrey Cardozo cuando recogió los cuerpos de los soldados argentinos de los campo de batallas y creó el cementerio, ya que hace 39 años fue realizado por personal militar y no por científicos y luego de que los cuerpos permanecieran tres meses a la intemperie”.

 

La segunda parte del operativo para identificar a los soldados argentinos que yacían muertos en tumbas sin nombre en el Cementerio de Darwin, campo de batalla de la guerra de Malvinas, fue promovida por los familiares de los gendarmes caídos en Monte Kent -más las voluntades de la historiadora Alicia Panero-, debido a que Sánchez, perteneciente al Grupo Alacrán, había muerto el 30 de mayo cuando el helicóptero en el que viajaban fue derribado por el misil de un Sea Harrier. Los nuevos nombres que se habían sumado a la tumba del alférez pertenecían a tres soldados de la Fuerza Aérea, muertos el 28 de mayo en la base aérea Cóndor de Goose Green, a casi 90 kilómetros de distancia. Era toda una incertidumbre.

 

“Esta segunda etapa surge -había relatado Fondebrider- porque las familias de los caídos en esa tumba expresaron sus dudas sobre cómo habían aparecido esos nombres. Dieron sus muestras durante el PPH1 y aparecieron coincidencias en tres casos de soldados que estaban enterrados en tumbas hasta ese entonces no identificadas”. La sepultura del C.1.10 suponía una situación puntual. Según el relato del antropólogo, eran soldados que viajaban en un helicóptero Puma de Gendarmería que transportaba explosivos y estalló: hubo víctimas y sobrevivientes. Antes de la exhumación de la tumba común, entrevistaron a las familias con consentimiento previo del plan. En el laboratorio cordobés del EAAF cotejaron las muestras obtenidas en las islas con las que entregaron sus familiares.

 

Ante la novedad, el Secretario de Malvinas, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Daniel Filmus, señaló que “esta noticia rmarca un paso más en la política de estado iniciada en el año 2012 para la identificación de quienes cayeron luchando valerosamente por la soberanía en Malvinas. Queremos felicitar especialmente el enorme trabajo realizado por la unidad forense del CICR y el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que llevaron adelante esta tarea en las difíciles condiciones que genera la pandemia”.

 

Por su parte, el Secretario de Justicia, Juan Martín Mena, expresó que “la política de Estado iniciada en el 2012 esta dando sus frutos con la confirmación de estas nuevas identificaciones y nos comprometen a seguir en la firme tarea de dar certeza a las familias de nuestros héroes de Malvinas.”

 

La caída del Puma, en primera persona

 

30 de mayo de 1982. Los gendarmes tenían la misión de infiltrarse detrás de las líneas enemigas. Debían ocupar puestos en cinco alturas e informar con antelación las maniobras de los enemigos desde cercanías al Monte Kent, custodiado por las fuerzas británicas. El Grupo Alacrán no llegó nunca a destino. Un misil lo hizo caer. La nave no se estrelló pero en tierra comenzó a incendiarse. Estaba repleto de material explosivo. La evacuación debía ser rápida. El gendarme Gumersindo Acosta logró sacar a tres compañeros que habían quedado atrapados entre las llamas, antes de que la nave explotara.

 

Murieron el 1er alférez Ricardo Julio Sánchez, el subalférez Guillermo Nasif, el cabo primero Marciano Verón, el cabo primero Víctor Samuel Guerrero, el cabo Carlos Misael Pereyra y el gendarme Juan Carlos Treppo. Tres meses después de la finalización de la guerra, el coronel británico Cardoso recogió los restos humanos alrededor del helicóptero caído que, según creyó en ese momento, correspondían a cuatro soldados, entre los cuales sólo pudo identificar por su placa al 1er Alférez Ricardo Sánchez, y los enterró en una tumba común en Darwin, la denominada actualmente C.1.10.

 

“Nosotros íbamos a cubrir una línea más allá de los cerros Dos Hermanas tras un objetivo: sobrepasar las líneas inglesas y luego atacarlas por atrás. Todos sabíamos que la situación era muy comprometida. Era nuestra primera acción de guerra real”, narró el sargento ayudante Miguel Víctor Pepe, cuando ya habían pasado décadas desde el fin de la guerra.

 

Salieron a las ocho de la mañana, tarde: los ataques ingleses los habían retrasado. “Llevábamos a bordo gran cantidad de explosivos, artefactos que habíamos preparado para batir al enemigo en retaguardia. Teníamos plena conciencia del peligro y sabíamos que muchos de nosotros íbamos a morir. Pero en ese momento no pensábamos en la muerte, pensábamos en el combate, en demostrar que estábamos preparados”, relató.

 

“Cuando dejamos atrás las primeras líneas argentinas, algunos iban en silencio, tal vez pensando en su familia o simplemente en el glorioso significado de combatir por la Patria. Otros comentaban las trampas, los explosivos, la sorpresa que se iban a llevar los ingleses… Media hora después, el Puma se aproximaba al lugar indicado”.

 

“De pronto sentimos un impacto tremendo en la parte de atrás del helicóptero. Hubo gritos, sorpresa y la máquina comenzó a sacudirse. Nos había dado un misil inglés. Nos caíamos. El piloto logró retardar la caída, y es ahí cuando Acosta se tira por una de las ventanas antes de chocar contra el suelo. El gendarme se lastimó en la caída, pero no dijo nada. No se quejó. Pero vimos que se doblaba del dolor. Sentí el brutal golpe que me dejó muy mal. Vi que mis camaradas trataban de salir. El gran peligro eran los explosivos que llevábamos”.

 

“Vi llamas y mucho humo denso, negro, espeso. Pensé que estaba entregado, vencido. Vi la muerte. Pero de pronto algo pasó y me di cuenta que tenía que moverme porque todo estallaría en un instante. Fui hacia la cabina. Llegué y golpeé los vidrios… ¿Cómo hago para salir de aquí? Me pareció que una luz venía de un costado: era el sol que entraba por el techo de la cabina, era la salida, era la vida. Entonces, vi a Acosta que se asomaba y me hacía señas desesperado para que saliera. Me ayudó a escapar de ese infierno y nos abrazamos”.

 

“Le conté que había más compañeros atrapados. Y Acosta me dice, ‘¡vamos!’. Vemos una mano que asoma detrás de un humo negro. Acosta se prende de esa mano. ‘Algo tengo que traer’, dijo. Y logra sacar al subalférez Aranda. Todo en una fracción de segundos”.

 

“Doy la vuelta y veo al sargento primero Justo Rufino Guerrero, boca abajo, sobre el suelo. Me dice: ‘Hermano, sácame de acá’. Le dije: ‘Tranquilo, tranquilo. No quiero hacer más daño’. Tenía las piernas destrozadas, como si se las hubieran cortado con un machete”.

 

“Había que sacarlo antes de que explotara todo. Y ahí llegó otra vez Acosta. Se suman el comandante San Emeterio y Aranda. Logramos sacarlo con cuidado, pero rápido. Allí estaban todos los explosivos. Lo llevamos a unos 25 metros. Acosta dijo: ‘Uno más, un poco más’. Temía por el estallido. La idea era dejarlo a salvo y volver. Pero de pronto ocurrió lo peor: el helicóptero explotó en mil pedazos”. (Infobae)

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