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Vicisitudes de una reliquia histórica

Bernardo Salduna

Como es sabido, en 1810 se inicia, o toma fuerza en América, el movimiento emancipador respecto a la Corona Española.

Al conocer tales sucesos, José de San Martín, entonces joven teniente coronel, con más de veinte años y una brillante foja, desplegada en trascendentes batallas en el Ejército español, decide, junto a varias camaradas oficiales en igual o parecida situación, volver a su tierra de origen, para ofrecer sus servicios militares en la lucha que, se preveía, habría de empeñarse.

Antes de embarcarse, San Martín pasó varios meses en Inglaterra, tomando contactos con diversas Logias y organizaciones vinculadas a la Independencia de los pueblos americanos.

En esa ocasión, según se cuenta, compró en Londres un objeto que habría de adquirir, con el tiempo, enorme significación histórica: se trataba de un sable corvo, arma de origen árabe, similar a un alfanje o cimitarra, fabricado en Damasco.

Novedad castrense que había sido incorporada por el Ejército napoleónico en su expedición a Egipto,

Según los entendidos, gozaba esta arma de las ventajas de su menor peso que las tradicionales espadas rectas.

Más manuables para usarlas desde un caballo, y más efectivas, si se trataba de cortar cabezas: dicen que el mismo San Martín, cuando organizó acá los Granaderos a Caballo, ordenaba usar el sable de filo, nunca de punta, porque, dada su forma curva, podía resultar difícil de sacar, y el granadero quedar desarmado.

¿Llegó San Martín a usarlo directamente? Pareciera que no, en la batalla de San Lorenzo, se produce el conocido episodio de la caída de su caballo, alcanzado por una descarga, y el rescate en que intervienen el sargento Cabral y el granadero Baigorria, sin que el futuro Libertador llegue a participar en el combate.

Más adelante en los decisivos episodios militares en Chile de Chacabuco y Maipú, o, más adelante en Lima, San Martín actúa como general en jefe, es decir, como corresponde a tal, dirigiendo estratégicamente la batalla, no peleando en ella.

El sable corvo que lo acompaña, es entonces, más que un elemento de lucha, un símbolo de la cruzada libertadora que culmina con la independencia de al menos cuatro naciones de Sudamérica..

Al final de su vida, cuando, al fin de su campaña, el general San Martín se exilia en Europa, lleva consigo el sable, y lo exhibe en su residencia, según lo consignan en sus escritos ilustres visitantes, como Alberdi y Sarmiento entre otros.

San Martín dispone en su testamento que “el sable que me acompañó en la guerra de la independencia será entregado al Gobernador de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de la Patria frente a las injustas pretensiones de los extranjeros”

Algunos afirman que se refiere a la Batalla de la Vuelta de Obligado.

Lo que no puede ser porque tal combate ocurrió en 1845, y el testamento es de 1843, dos años antes.

Antes de eso, en 1837 ocurrió un episodio de menor trascendencia: la escuadra francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires, oportunidad que San Martín, previendo una posible guerra, ofreció sus servicios desde Europa. Que el dictador porteño no aceptó, respondiendo que “no habría guerra”. Efectivamente, no la hubo, Rosas pidió la mediación de Inglaterra y terminó aceptando las condiciones de Francia, de otorgar a los nacionales franceses el mismo privilegio de los ingleses en cuanto a la exención de servicio en las milicias (impresiona la generosidad de San Martín, no se alcanza a ver dónde está la “firmeza con que ha sostenido el honor de la República”).

Varios años después al redactar su propio testamento Juan Manuel de Rosas, hace mención de esta disposición sanmartiniana, y agrega que él deja “la espada diplomática y militar que me acompañó”, al Mariscal Francisco Solano López (en esos momentos, se encontraba en guerra contra el gobierno argentino).

Algunos, como Ortega Peña interpretan que el legado al dictador Paraguayo, era el sable de San Martín, otros historiadores sostienen que era la espada virgen de don Juan Manuel (que nunca usó pue, como dice Paul Grousac se trataba de un “miliciano de retaguardia”).

Según afirma Bernardo González Arrili (no me hago cargo) “Hay quienes creen que el sable de Chacabuco lo perdió (Rosas) en la disparada de Caseros” (Cit. en “La Tiranía y la Libertad”, Ed. Libera, B. Aires 1970, pág. 515)

Sea, uno u otro sable, lo cierto es que fue donado en 1896, por los descendientes de Rosas al Museo Histórico Nacional, donde permaneció en exhibición gran parte del siglo veinte.

En 1963, el radical don Arturo Illia ganó las elecciones y fue elegido Presidente.

Según cuentan, los seguidores de Perón habían quedado deprimidos, y “para levantarles el ánimo”, un grupo de la autodenominada “Juventud Peronista”, robaron, a punta de pistola, no una, sino dos veces, la histórica reliquia.

Dicen que, desde entonces, los integrantes de la agrupación la tenían escondida en una estancia, donde para “levantar la mística” llevaban a los aspirantes con los ojos vendados y les hacían jurar sobre el sable de San Martín,, lealtad eterna a Perón y la memoria de Evita.

Prolegómenos de otras hazañas posteriores que les conocimos a la “Juventud maravillosa”.

Después vino la “comedia de enredos” que dura hasta hoy: un militar peronista, el capitán Phillipeaux, en un rapto de racionalidad, convenció a los jóvenes a devolver el sable.

Ya estaba en el poder el general Onganía, como buen militar, dispuso que la reliquia pasara al Regimiento de Granaderos.

Años después Cristina Kirchner que volviera al Museo Histórico (de ahí lo robaron los compañeros de la JP).

Ahora, el Presidente Javier Milei, que vuelva a Granaderos.

Hay argumentos valederos para los dos lados: en Granaderos va a estar mejor custodiado, en el Museo ya se lo robaron dos veces.

Pero, en el Museo tendrá mayores posibilidades de ser visitado y apreciado por el común de la gente.

Además, el Regimiento de Granaderos contiene sólo un aspecto de la personalidad histórica de San Martín, la militar, la verdad es que, aunque importante, la personalidad del Padre de la Patria, trasciende este ámbito.

Sin tomar partido, lo que sí es cierto –y todos los historiadores lo reconocen- el Libertador siempre intentó ser prenda de unidad, nunca quiso mezclarse en los conflictos políticos de su Patria.

Por eso es paradójico que, justamente, su espada libertadora –auténtica o no, no anula su valor de símbolo- sirva de pretexto para renovar querellas.

Todo esto me recuerda una anécdota que presencié hace un tiempo en el Cementerio de la Recoleta: una guía contaba a un grupo de turistas frente a la tumba del general Aramburu, que la organización Montoneros había robado el cuerpo del ex Presidente para canjearlo por los restos de Eva Perón.

Ante la pregunta asombrada de un visitante, no recuerdo de qué nacionalidad, que no entendía bien esto del “canje de cadáveres”, la chica respondía: “es lo que les digo a todos los extranjeros: no traten de entender la historia argentina”.

(*) Bernardo Salduna es ex vocal del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos y ex diputado nacional (UCR).

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