Un Presidente escatológico, Fontanarrosa y el mal humor social

Fontanarrosa, Milei y las malas palabras.

Por Néstor Banega, especial para ANÁLISIS

El uso y costumbre en el habla hace de las suyas. Con el tiempo el uso de un término nos va imponiendo modos y formas que se hacen parte indisoluble. Es así que decimos casi sin pensarlo. Nos expresamos en un sentido, pero quien oye, le da otro. Es, en definitiva, ese interlocutor, con mirada compasiva (o no tanto) quien nos hará saber lo que percibió. Reclamará, de ser necesario, que usemos en adelante otra palabra o la acompañemos de un gesto distinto, para evitar malos entendidos u ofensas.

Si nadie nos señalara el yerro, es posible que lleguemos a repetirlo hasta provocar daño. Si vivimos rodeados de interlocutores sumisos o acólitos, los riesgos aumentan exponencialmente. Podría pasar lo que aconteció al rey que se paseaba desnudo, creyendo que tenía puesto un traje invisible. Así andaba hasta que un niño dijo lo que realmente pasaba: concreto, el soberano estaba en pelotas.

Repetimos el error hasta que la realidad se impone. Es imposible que entre la muchedumbre no haya al menos uno capaz de decir la verdad.

Las ofensas no son gratuitas. Y menos aun cuando el agredido asimila la estocada con el modo que aconseja la virtud monástica: paciencia y humildad, porque esto agrada a Dios.

Los ofensores seriales deberían tenerlo en cuenta, hemos sido encomendados a las fuerzas del cielo, por lo que no se puede vivir fuera de lo recto y justo.

Mierda para todos y todas

Esta semana se dio un nuevo capítulo en la escalada de ataques a las instituciones que protagoniza quien, al menos en los papeles, es presidente de la Nación.

En un escenario controlado, rodeado de seguidores que lo aplauden con fruición y le regalan escucha atenta, no dudó en afirmar que el Congreso de la Nación está conformado por políticos que, desde su óptica, “son una mierda” y que la gente los desprecia. Rara la generalización sobre un espacio del que fue parte hasta no hace mucho.

Lo escatológico aparece como una parte sustancial del discurrir mileista. 

Hay pruebas. Hace unas horas se informó que, durante su viaje a Estados Unidos, país en el que participó de un Cabildo del conservadurismo mundial, se la pasó “cagándose de risa” ante las expresiones del gobernador de Chubut que ha tenido la osadía de reclamar fondos para su provincia, lo que para el presidente es una especie de laxante.

Una filosofía. Un modo de vida. Milei es observante de todo lo relacionado con las fuerzas del más allá, que según ha dicho, le envían señales.

Fontanarrosa lo logró

Estamos en condiciones de afirmar que la lucha iniciada por Roberto Fontanarrosa, en defensa de las Malas Palabras, ha ganado al menos parte de su batalla.

Es clara la reivindicación de la palabra Mierda, respondiendo así a un pedido hecho ante el Congreso de la Lengua realizado en Rosario, en 2004.

El empeño, el énfasis, puesto por el presidente argentino al momento de tratar de una mierda a los legisladores argentinos, se debe a una apasionada continuidad del camino que trazó el dibujante rosarino.

Asistimos al público respaldo de aquel pedido hecho al mundo de habla hispana.

Otro detalle que avala la teoría. Hay cercanía entre el Mendieta y Conan. Ambos hablan. Uno lo hacía en una historieta. Hay más pruebas: en esa misma alocución, en defensa de la mierda, el hincha de Rosario Central deja bien en claro el verdadero sentido de otra palabra hoy puesta en primera plana: Carajo.

Entre lo bueno y lo malo, entre la tierra y el cielo

La pelea entre el bien y el mal es eterna. Las fuerzas del cielo en tensión con lo terrenal. Quien pudiera acceder al oráculo que nos muestre el resultado final. Mientras tanto, pasan cosas.

Atrevidamente, durante su visita a la Argentina, funcionarios del Fondo Monetario Internacional (FMI) solicitaron al gobierno nacional que trabaje para conseguir apoyo social y político para fortalecer y sostener su plan de motosierra y licuadora.

Los ilustres extranjeros balbucearon que, de ser posible, “la carga del ajuste no recaiga desproporcionadamente sobre las familias trabajadoras”.

No queremos pensar hacia donde los mandó el presidente si tenemos en cuenta que ante reclamos parecidos puso a muchos amigos en su lista de traidores.

Es que tal vez, la vicepresidenta del FMI, Gita Gopinath, tomó nota de las demandas que le acercaron operadores sociales o leyó los diarios donde se informa que muchos comedores y merenderos dejaron de recibir ayuda del gobierno nacional.

Ese efecto motosierra hace que no puedan acercar una ayuda a quienes están fuera del sistema, vulnerados de tal modo que no pueden hacer frente a sus necesidades mínimas.

Gopinath, si bien está al servicio de una entidad con sede en Washington, nació en Calcuta, donde trabajó para combatir la pobreza la Madre Teresa, que recibió por su tarea el premio Nobel de La Paz y fue canonizada por el argentino más importante (según nos explicó el presidente Milei desde Roma), el Papa Francisco.

Así estamos, entre lo bueno y lo malo. Entre los argentinos de bien y los otros.  Es tan importante la tensión que el propio Fondo Monetario advierte y reclama atención hacia los débiles.

Pedir templanza, aunque te manden a la mierda

Hace algunos días el constitucionalista Félix Lonigro difundió un artículo donde afirma que en el ejercicio del poder se deben observar límites institucionales, agregando que, quienes lo ejercen circunstancialmente, deberían contar entre sus atributos la templanza.

La templanza de acuerdo a una de sus acepciones es la virtud cardinal que consiste en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón.  Moderar las pasiones. Atemperar los arranques.

Que el hombre estudioso del derecho se exprese con este reclamo, muestra una preocupación que compartimos. Hay que pedir moderación, aunque te manden a la mierda.

Mal que le pese al presidente hay reglas en un estado de derecho. Más temprano que tarde necesitará ponerse a trabajar junto con ese nido de ratas del que fue parte: el Congreso de la Nación.

Milei y sus más cercanos colaboradores se han quedado con el monopolio de la ofensa pública y por eso ponen en riesgo demasiado.

Para reflexionar

En los archivos encontramos un artículo de opinión publicado en España en 2008, surgido de observar el enfrentamiento entre un alcalde y el representante de una federación de municipios.

El autor, Enrique Arnaldo, sostiene que “la escasez de argumentos es el origen del insulto. Cuando se resecan las ideas se acude simplemente al ataque vil. Cuando falta inteligencia o capacidad de repentización o de ironía, aparecen las vísceras, lo que de verdad se encuentra dentro”.  El intestino es una víscera.

“Es tristísimo -continúa Arnaldo-, pero, sobre todo, descorazonador. Al reavivar trincheras, al mentar ancestros largo tiempo fenecidos, al escupir sobre el adversario, se hace muy poca pedagogía democrática, muy poca educación para la ciudadanía”.

Y observa: “al político insultador le aplauden con las orejas los suyos, ensimismados con el aplastamiento de los de la acera de enfrente. Una sonrisa satisfecha les asoma a los labios cuarteados”.

Digamos que eso de pelearse con aquellos que son parte de la solución es un problema extendido.

El constitucionalista argentino reclama templanza y el español se sentía por aquellos años, descorazonado.

Es terrible. Estamos en una coyuntura donde se ausentó la moderación, desapareció el respeto y se silenció el diálogo.

Tan cerca estamos del descalabro que el FMI reclama que el ajuste no recaiga desproporcionadamente sobre familias trabajadoras.

Mientras todo eso pasa, los comedores dejan de recibir aporte de alimentos y mucha gente está, literalmente, cagándose de hambre. ¿Será que todo se está yendo a la mierda?

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