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La flexibilidad como virtud

Jeremías Bourbotte

El verso 76 del Tao te ching (según la traducción de Carmelo Elorduy que consulté) reza así:

“El hombre al nacer es blando y flexible,

y al morir queda rígido y duro.

Las plantas al nacer son tiernas y flexibles

y al morir quedan duras y secas.

Lo duro y lo rígido

son propiedades de la muerte.

Lo flexible y blando

son propiedades de la vida”.

Es sabido que el taoísmo predica la adaptación al curso variable del mundo: el hombre ha de ser moverse como el agua. No es la única tradición oriental que lo enseña: algunas corrientes budistas llaman a que el hombre se rija por el principio de “lo no permanente”.

Se suele alabar a la persona de “gran voluntad”. Tener voluntad se relaciona con la capacidad de ser constante, esforzarse y no ceder ante la adversidad. Quien es voluntarioso —se dice— logra imponerse a la derrota y vencer al fracaso; no se rinde hasta alcanzar su objetivo. Podría pensarse que “tener voluntad” equivale a “ser inmutable”. Este ideal según el cual un individuo se sobrepone, por sus propios medios, a un problema no involucra, sin embargo, una forma de rigidez sino, por el contrario, de flexibilidad.

De hecho, no siempre es la permanencia —en una actitud, método o postura— lo que distingue a la fuerza de voluntad. Si bien “la práctica hace al maestro” y la repetición permite madurar un aprendizaje, es necesario, con frecuencia, preguntarse en qué medida el algoritmo que aplico —para usar una palabra de moda— basta para resolver un problema resistente. A veces, para poder avanzar por otro camino, es necesario retroceder o, para tomar un nuevo rumbo, detenerse por un tiempo. Por otra parte, quien se permite probar una idea nueva o ejecutarla de manera distinta puede volver visible un camino que había permanecido, hasta entonces, oculto. Por lo tanto, la voluntad no es insistencia ciega, sino una conciliación íntima con lo imprevisible, con lo que no se puede prever o planear. De ahí brota la fuerza de la continuidad. Tenaz no es el que permanece sin cambio, sino el que se permite cambiar para poder permanecer.

Un verso del poeta argentino Roberto Juarroz es ilustrativo de este punto (Poesía vertical XII, 1991):

“Buscar una cosa

es siempre encontrar otra.

Así, para hallar algo,

hay que buscar lo que no es.

(…)

Siempre se llega,

pero a otra parte.

Todo pasa.

Pero a la inversa”.

En otras palabras, la fuerza del tenaz radica en su movilidad. Ante una dificultad, el tenaz observa distintas alternativas, atiende opiniones contrarias, baraja opciones, tolera los imprevistos, planea estrategias imaginativas, afina sus ideas, abandona un ideal demasiado exigente o irrealizable… Vuelve a intentarlo, pero quizás con otro objetivo, quizás con otro ideario, quizás con otros compañeros de ruta. La perseverancia no es, en rigor, una constancia fija, sino móvil: cuanta más movilidad puedo introducir en mi vida tanto más podré adaptarme a escenarios inciertos, cambiantes o insospechados que pondrán a prueba mi voluntad, es decir, mi capacidad de ser flexible.

Asimismo, tal como sugiere el poema de Juarroz, ocurre no pocas veces que uno llega a vivir experiencias diferentes a las que había planeado o imaginado al trazarse una meta o dibujar un sueño. Muchos de los momentos inesperados que vivimos durante nuestras búsquedas terminan siendo, curiosamente, tanto o más significativos que la consecución misma del objetivo. Como en la conocida frase de John Lennon —”Life is what happens to youwhile you're busy making other plans”(de la canción Beautiful Boy)—, en nuestro camino accedemos a experiencias que no figuraban en las previsiones de nuestro proyecto de vida y, sin embargo, terminan por habilitarnos un conocimiento que, de otra manera, no hubiéramos sido capaces de concebir. Ser flexible es dejarse ir en la corriente que nos conduce a ese lugar impensado.

Asimismo, considero a la rigidez una forma cristalizada de la mente, es decir, un conjunto de fijaciones de ideas, creencias o hábitos que permanecen sin modificar o interrogar. El problema aparece cuando la conciencia aparece tan sometida a tales ideales que no admite reparos, objeciones o lagunas. Una persona rígida tiende a mantenerse en una “visión del mundo” o una “ideología” a toda costa. La escasa tolerancia a la incertidumbre, la angustia ante la vacilación o a la ambigüedad, la frustración derivada de un desajuste entre un preconcepto y un fenómeno del mundo, el temor ante la irrupción de lo diferente o de lo extraño, la negación ante una pérdida, el recelo a las opiniones contrarias o adversas son algunos indicios de rigidez. Todos, en alguna medida, padecemos esta tendencia.

No obstante, cuanto más se adhiere a una ideología —entendida ésta básicamente bajo la forma de un sistema de ideas y creencias reconocible en prácticas— tanto más se pierde la capacidad de volverse sobre uno mismo y sobre los motivos íntimos que indujeron a reconocer como legítima tal visión de lo real. Así, incapaces de mirar hacia adentro, dejamos de escuchar los matices en nuestras palabras y perdemos de vista el efecto de nuestras acciones. Pero también perdemos la oportunidad de conocer esos motivos o de interpretar la realidad de otra manera, quizás en forma más justa, más sutil. A ciegas, forzamos a la realidad a encajar, a como dé lugar, en el molde que nos sienta más cómodos. Cada vez que la realidad se escapa de aquel molde, nos apresuramos a tapar sus agujeros, dispuestos a atacar, negar o atenuar a los pensamientos que, incisivos, perforan nuestras defensas más consistentes.

Por el contrario, la flexibilidad presupone un movimiento de otra índole. En primer lugar, una actitud saludable, a mi juicio, es aceptar la realidad tal como ésta se presenta, pese a que no necesariamente se adecúe a una expectativa previa o al principio intelectual o moral que tan devotamente defendemos. No es sencillo, pero sostenerse en la duda, permanecer abiertos en una pregunta o abrirse a la perplejidad de lo que no terminamos de comprender son maneras de mermar las fijaciones mentales. En segundo lugar, la aceptación supone estar dispuesto a someter a juicio creencias o ideas tal vez largamente sostenidas, incluso aquellas que, por haber sido educadas desde niños en ellas, pueden parecernos tanto más amadas y que, sin embargo, pueden mostrarse insuficientes o limitadas para comprender un fenómeno. De hecho, una inteligencia de primer orden no es aquella que reacciona y pretende destruir el argumento ajeno, sino aquella que tiene la suficiente honestidad para examinar —y, eventualmente, cuestionar— sus propios pensamientos con el fin de alcanzar una interpretación más precisa de la realidad. Por otra parte, tengo para mí que nos volvemos más ingenuos cuando nos enamoramos demasiado de nuestras propias ideas, ya que renunciamos a la posibilidad de tomar distancia de nosotros mismos y, por lo tanto, de crecer o aprender a partir de ese ajuste.

Pero no se trata sólo de idealismo y de inteligencia. Es loable —como dijimos— quien persiste en sus convicciones o alcanza con tenacidad sus objetivos. Sin embargo, ser persistente no equivale a ser un obstinado ni asumir un compromiso es sinónimo de ser un terco. La persistencia es el compromiso con el propio deseo, compromiso que requiere de ser flexible. Quien persiste busca o crea escenarios para que la realidad admita el cumplimiento de dicho deseo. No fuerza a la realidad a someterse a “su” mandato. En cambio, la persona obstinada es un proyectil teledirigido: no admite cambios de rumbos, su dirección está predeterminada y no mira hacia los costados; su recorrido es lineal y carece de giros o vaivenes. Caballo sin freno, desbocado, con anteojeras que reducen su campo visual. Sin detenerse nunca, tal vez el obstinado llegue lo más velozmente que pueda adonde pretendía llegar, pero también provocará su propio estallido. ¿A qué costo habrá permanecido “fiel a sí mismo”?

Flexible es también aquel que disfruta los momentos transitorios de júbilo, puesto que sabe de antemano que no han de durar para siempre. No aspira a una felicidad plena o eterna, sino a una cierta serenidad derivada de la aceptación del flujo por el que se rigen todas las cosas. En ese sentido, es capaz de soportar los momentos de adversidad, ya que éstos tampoco están llamados a durar. Flexible es entonces quien vive como el agua o el aire: sin aferramientos, sin sujeciones a alguien o algo, tomando forma a medida que las circunstancias van cambiando. “Fluir sin un fin, más que fluir” dice una canción de Gustavo Cerati, “Río Babel”.

La flexibilidad ha de entenderse —como otras virtudes, la paciencia o la modestia, por ejemplo— no como una cualidad innata sino una virtud, es decir, un hábito que se adquiere con trabajo interior durante cierto intervalo de tiempo y se reconoce en los más diversos actos, desde llevar a cabo el duelo por una pérdida —de un trabajo o de un ser querido, por caso— o simplemente dejar ir las etapas comunes de la vida humana, como la infancia o la juventud.

Por último, tal vez en el presente la mayor dificultad para llevar a cabo la tarea de la flexibilidad consista en la circulación de ideologías extremistas, en particular las que abundan en las redes sociales. Tales discursos aspiran a tiranizar la conciencia y a mantener al individuo en un orden preconcebido. Pero su principal mecanismo reside en reducir la capacidad del individuo de volverse sobre sí mismo, cristalizar representaciones y exacerbar sus “pasiones tristes” —para citar a François Dubet—, es decir, el enojo, la envidia, la frustración o el rencor que lo agobian. Nada es más duro que una pasión triste que crece en un espíritu rígido. A la defensiva, receloso, ese individuo estará dispuesto a atacar a todo aquel que perturbe su muralla mental.

En el medioevo, las murallas permitían defender a una población de los asedios enemigos y éstos podían durar un largo tiempo. Sin embargo, si el asedio se prolongaba demasiado, la población corría el riesgo de morir de hambre o de sed. De la misma manera, la persona rígida preferiría morir antes de abrirle la puerta a un pensamiento “invasor”.

 

(*): Licenciado en Letras, especial para ANÁLISIS.

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