Oliva Taleb
Celebrar la vida, aún cuando la tristeza se asome sin aviso. Por ejemplo hoy, temprano, se ruega que el dolor sea piadoso, con alguien cercano, con alguien que habita nuestra piel, con quien se ha compartido dolores impensados, con historias comunes. Pero, en un segundo, que no se alcanza a registrar, la tristeza hiere de muerte a otro, no menos cercano. Alguien que se hizo presente en la vida de muchos, permitiendo que comenzaran a escribir sus propias historias. Una firma, una tras otra, abrían puertas que por años se mantuvieron cerradas.
Julio Federik, finalizando marzo de 1982, era quien firmaba, y lo hacía posible, real. Era ese día, no podía ser otro. Y no lo dejó pasar. Sus jóvenes 32 años de entonces, comprendían la urgencia en reparar tanta ausencia. No dudó. Tampoco se dudó en reconocerle esa decisión de asumir hacerlo, casi temeraria, cuando la democracia aún no estaba al alcance de los argentinos. Ese día, tan ausentes, tan huérfanos de justicia, cada uno de aquellos, comenzaban a creer que la Justicia era el derecho humano que nos merecíamos.
Escuchó, supo, que a veces se naturaliza no expresar cuán hondo caló en la vida de cada uno. Tampoco se le escuchó decirlo, reprocharlo, en voz alta. Ni exhibirse como el juez que liberó a víctimas del terrorismo de Estado.
La vida ha permitido encuentros casuales. Las calles de Paraná colaboraron con algunos de aquellos. Otros se encontraron en su poesía, compartiendo, música, la política, la profesión, el deporte. Amigos comunes, posibilitaron, cercanos abrazos, plenos de agradecimiento. Humilde, sencillo, cálido, casi sorprendido por recibirlos. Representando tan sólo un profundo sentimiento de tristeza colectivo, se te despide Julio Federik, con el respeto, el reconocimiento de nuestras familias de entonces y nuestras familias de hoy. Hasta siempre! Gracias! Un abrazo infinito a Tini, tus hijas, tu familia toda.
(*) Ex detenida política durante la última dictadura cívico militar.






