Jorge Riani
La muerte de Julio Federik deja en Paraná más aún que el vacío capaz de dejar un abogado prestigioso. Con él se va un estilo; una forma de decir, de debatir, de escribir, de caminar la ciudad y de habitar la palabra.
Hace algunos meses escribimos sobre él un extenso perfil periodístico. Allí señalábamos que los reconocimientos humanos y profesionales suelen llegar recién en las necrológicas, cuando el aludido ya no puede leerlos. Y agregábamos entonces que era mejor que Federik pudiera conocer en vida el afecto, la admiración y el reconocimiento que despertaba. Por fortuna, así fue.
Hoy, al despedirlo, aquellas líneas regresan inevitablemente.
Julio Federik fue muchas cosas al mismo tiempo: abogado, poeta, esgrimista, docente, convencional constituyente, hombre de debate y de estrados. Pero también fue una presencia que no pasaba inadvertida. Una de esas figuras que parecen condensar rasgos de una ciudad que lentamente se transforma y pierde ciertas maneras, ciertas voces, ciertas elegancias.
Había en él un porte singular: la voz grave, el énfasis verbal, la precisión en el uso de las palabras y una teatralidad culta y genuina que lo volvían inconfundible. Parecía pertenecer a una tradición de hombres para quienes el conocimiento, la literatura, la conversación y la amistad formaban parte de una misma ética de vida.
Había nacido en Paraná el 17 de junio de 1949. Egresó de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral, y en su vasta trayectoria fue defensor público, conjuez federal, docente universitario y autor del Código Procesal Penal de Entre Ríos y del proyecto del Código Procesal Penal de la Nación. Participó en algunas de las causas judiciales más resonantes del país y de la provincia, entre ellas la investigación del atentado a la AMIA, representando a familiares de víctimas. También intervino en casos emblemáticos de la historia judicial entrerriana, siempre con una impronta personalísima: la argumentación apasionada, el dominio escénico y la convicción llevada hasta el límite.
Pero Federik no se agotaba en el expediente.
La literatura ocupó en él un lugar central. Publicó libros de poesía, grabó producciones discográficas y escribió textos donde la sensibilidad convivía con una profunda pertenencia entrerriana. Su poema “Mi lugar”, convertido en canción con música de Juan Pablo Carrivali, dejó versos que ya forman parte de la memoria cultural de Paraná: “Yo me apego a la tierra en que he nacido / aquí están mis recuerdos y mis sueños”.
En su juventud conoció a Juan L. Ortiz en una estación ferroviaria porteña cuando se disponía a regresar a Paraná. El joven estudiante de abogacía y esgrimista se acercó con pudor al gran poeta entrerriano. Aquella escena parece contener mucho de lo que Federik fue después: alguien capaz de convivir naturalmente con el derecho, el arte y la sensibilidad.
También la esgrima terminó siendo parte inseparable de su figura. Quizás porque completaba una imagen que parecía salida de otra época: el florete, la poesía y la palabra como instrumentos igualmente nobles.
Quienes lo conocieron saben además de su enorme gentileza personal. Era un gran anfitrión, atento siempre al trabajo ajeno cuando advertía en él una búsqueda genuina de conocimiento, sensibilidad o creación. Escuchaba con interés, preguntaba, recomendaba lecturas, recordaba episodios y construía conversaciones largas, de esas que hoy parecen cada vez más raras. Fue, además, un verdadero cultor de la amistad.
En el living de su casa, durante aquella entrevista publicada meses atrás en la revista Cicatriz, habló largamente de su vida. Cerraba los ojos por momentos, cansado después de años intensos, pero nunca apagado.
Con Julio Alberto Federik se van también su gentileza, su conversación, su pasión intelectual, su elegancia verbal y ese porte de poeta de un tiempo que, por noble, parece lejano.
Paraná lo va a extrañar.
(*) Jorge Riani es periodista y escritor.






