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Julio Federik: la abundancia en vida y más

Amelia Ríos Federik

Un 17 de junio de 1949, en Paraná, en el corazón de Entre Ríos, nació Julio Alberto Federik. Hoy cumpliría 77 años. El pasado 19 de mayo abandonó este plano, pero jamás el río, jamás sus amigos, jamás su enorme casa de la calle España ni su amada ciudad. Porque Julio no se fue: se transformó. Multifacético e insensato, mi abuelo fue monaguillo, novelista, abogado penalista, autor, esgrimista, poeta, amigo, docente, músico y padre/tío/padrino/suegro/cuñado/abuelo. Y seguimos enterándonos, porque cada día alguien descubre una faceta que no conocía, y así va creciendo su legado, como el árbol que, escandaloso, crece de verde en sí mismo.

Pero por sobre toda su persona y pasión, era alguien que amaba y militaba la vida, la patria, el amor, el trance y la construcción. Federik soñaba absurdamente y se encontraba en los propósitos y las metas. Tenía una manera insólita de conectar con el goce y la alegría, como si el mundo fuera un regalo que hay que despiar cada día.

Para quien escribe, se fue mi abuelo, quien siempre quería que lo abrace y estaba convencido de que toda la belleza de este mundo se albergaba en mí y en mi descomunal familia, biológica y no. Sus brazos, que tanto sostuvieron; la luz de su mirada; su voz grave, como sus abrigos; y su andar. Y ahora que su falta es tan brusca, aprendo que su abrazo no se fue: se plasmó estático en el aire, se volvió un silencio atroz, pero a su vez con memoria. Cada vez que me encuentro a mí misma sintiendo ese mismo viento de río en mi rostro es su abrazo. Cada vez que veo el río, es su mirada.

Para su lugar, hoy falta quien con sus palabras siempre expresó la emoción de vivir y sentir un sitio como propio.

Para los pasillos del estudio de la calle Santa Fe se fue el abogado que pisoteaba sus pisos alfombrados y daba órdenes. Las alfombras aún guardan el eco de sus pasos. Las paredes aún conservan la fuerza de sus palabras. Para las familias víctimas del atentado a la AMIA —a quienes defendió con el corazón en la mano — se fue el profesional que se ponía las causas justas al hombro y discutía sin fin. Para algunos, se fue el esgrimista que revoleaba y jugaba con sables espadas y floretes; en su ocio, la técnica. Para Gabi, el panadero de "La Unión", se fue aquel que llevaba un ½ de galleta y un ¼ de bizcochos de salame para su casa.

Para otros, ya no está el autor, el de la habilidad con la palabra, la birome y la verdad; quien escribía con una facilidad espeluznante, algo que le brotaba y nadie podía evitar. Pero las palabras aún están. Los libros aún guardan su voz. Y cada vez que alguien decida leer su obra, Julio está allí, escribiendo, diciendo, revelando, porque jamás se deja de habitar la palabra ni lo que la misma comunica. Para otros, se fue el cantautor, el tanguero, el del violín agudo y la voz grave, el de las mil canciones y lugares. Pero las canciones aún están. El violín aún guarda su sonido. Julio está también allí, cantando y viviendo. Partió el padre, tío, padrino y abuelo más divertido y envidiable del barrio, a quien le contabas aquellas cosas por las que tus papás quizá te retaban, pero él jamás. Aquel viejito de bigote, anteojos y pelada que usó la náutica como

canal para ejecutar su pasión por el río y la belleza de nuestra tierra, que, a pesar de las adversidades, construyó su propiedad y vio sus ideas tomar vida y escenario. Ese río aún lo acompaña. Julio está allí, viajando, en la libertad que solo el remanso conserva.

Gracias a este despliegue y agite de gustos, sueños y pasiones, sus conocidos disfrutamos de distintos fragmentos de Julio. Todas esas facetas comparten, bajo el mismo techo, la entrega y la militancia de la vida. Y aunque las palabras nunca alcanzaron —y menos lo harán ahora—, uno debe, entre tanto dolor, aferrarse a la idea de que esto no muere, más bien se transforma.

Por todos los lugares que lo conocieron, Julio sigue estando. En el río que amaba, en los casos que defendió, en las palabras que escribía, en las canciones que cantaba, en los abrazos que daba. En cada soneto que escribió, en cada sable que revoleó, en cada proyecto que llevó, en cada causa que defendió, en cada abrazo que dio.

Ante su ausencia, su semblanza no se esfuma ni se paraliza: se multiplica. En nuestro río, Julio hoy no descansa en su cuerpo físico; yace en cada elección, se convirtió en todo lo que hizo, todo lo que amó. Y esa es la verdadera importancia de esto que en la agonía identificamos como una pérdida: que seguirá vivo en todos los lugares donde lo vivimos, y en cada faceta que nos dejó. Que no se fue, sino que se transformó. Que no desapareció, sino que se acrecentó. Que no murió, sino que pudo volverse eterno.

Así es, Julio Federik vive. En el río. En la justicia. En la palabra. En la música. En el abrazo. En cada uno de nosotros que lo conocimos, y quienes tendrán la aventura de conocerlo tan solo por lo relatado, que sigue siendo poco. Julio está donde fue amado, en su Paraná, en la abundancia.

(*) Amelia Ríos Federik es nieta de Julio Federik.

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