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Éramos pocos y llega el viento de frente

Por Jairo Straccia (*)

Éramos pocos y a la pelea interminable del gobierno con el FMI, entre sí y con la oposición por la deuda externa se le suma ahora que el mundo empieza a patearle en contra a la economía argentina. Una especie de cartel luminoso que dice "no more time for boludeo" a la administración de Alberto Fernández.

Como reflexionaba un operador financiero con peronismo en sangre, al lamento por no haber acordado con el Fondo Monetario Internacional cuando se cerraba con los acreedores privados se le pegó el pucha-qué-pena que no aprovechamos lo peor de la pandemia para mejorar nuestra posición frente al mundo.

Y ahora se le puede sumar un qué lo tiró, por qué no arreglamos antes de este viento de frente que nos vuelve cada vez más vulnerables.

Es que a veces estamos tan en la nuestra que exaspera cómo pasa el tiempo y se nos acumulan los quilombos como quien abre muchas ventanas en el navegador bajo el mantra "ahora lo veo" y cuando se quiere acordar se le tilda todo, no puede con nada y vuelta a empezar.

Encima hay una coincidencia de una mala leche terrible.

En su agotador zigzag, el Gobierno busca diagonales con los Estados Unidos para tratar de conseguir apoyo en el Fondo. El canciller Santiago Cafiero deja la piel con su inglés para decir "strengthening" en Washington y su par Anthony Bllinken le dice en un comunicado "ojo que también hablamos de la presencia del iraní acusado por la bomba de la AMIA en Nicaragua".

El embajador Jorge Argüello teje y teje y desde acá el asesor estratégico Gustavo Béliz estira al máximo su cintura yoguizada para tender bridges con Juan González, otro hombre clave en la Casa Blanca.

Es cierto, uno se pregunta si Cristina Kirchner no tendrá mal sincronizado el Google Calendar con Alberto porque no se da cuenta de que cada vez que hay un ñato nuestro allá haciendo malabares da la casualidad de que ella publica una carta o da un discurso duro con los de enfrente y ya la cosa se va crítica.

Pero lo cierto es que mientras esa machucada hoja de ruta se mueve, la Cancillería pareciera abrir el espectro hacia Rusia y China, como esbozando que hay alternativas geopolíticas.

Entonces, confirma visitas del Presidente a Vladimir Putin y presencia en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de China, boicoteados por EEUU, para el mes que viene.

No va que en ese momento se empieza a tensar la situación justamente del gobierno de Joe Biden con Moscú por una posible anexión rusa de Ucrania, un país clave por su rol en la Otan, y también el gigante asiático empieza a mostrar problemas macroeconómicos. De locos. Ponemos un circo de negociación y se nos raja la carpa.

¿Cómo estará la cosa el 3 de febrero cuando aterrice nuestro Alberto en la Plaza Roja? ¿Y si por dar una señal de que tal vez habría plata de la tierra de los zares para obras de infraestructura y mostrarnos autónomos de los gringos terminamos en el medio de un balurdo extra que -digamos- no nos haría falta sumar?

Bueno, son giros del destino que no se pueden prever, como tampoco lo es quizás una de las noticias más relevantes y menos difundidas en la Argentina en este momento en que desde la Casa Rosada preparan la reunión con Xi Jinping para el 4 de febrero.

A fin de 2021 la economía china pegó un flor de frenazo que te llena de preguntas los esfínteres si vos les vendés tu principal cultivo a ellos.

China venía pisteando como un campeón al 8% de expansión interanual pero terminó el último trimestre al 4%, al punto que las autoridades decidieron bajar las tasas de interés para impulsar la actividad.

Es el motor del mundo y por eso puede ponerle un lecho de leca a la salida de la pandemia de todo el planeta, justo cuando acá la discusión es cuánto de la recuperación del año pasado puede trasladarse a este 2022.

Si el gigante asiático se resfría, del coqueteo de que fuera nuestro plan B distópico si todo se pudre con el Fondo vamos a pasar a rezar para que no se nos caiga lo poco que podría sostener un plan A o Z.

Dale Paulista, dale

En tanto, es obvio que este año todos queremos que a Brasil le vaya mal pero sólo en el Mundial de Qatar, a fines de año. No así en su economía, porque es una de las fuentes más relevantes para nuestras exportaciones industriales.

Si al paulista no le va bien para cambiar el auto tenemos un lío. Por eso también eriza los Excels acá el 0,28% de previsión de crecimiento del PBI para este año, que recaba el Banco Central de ese país entre empresas y consultores.

A propósito, el presidente del ente monetario, Roberto Campos Neto, tendrá que publicar una carta abierta para explicar por qué no la pegó ni de cerca con la previsión de aumento de precios el año pasado. Unos hermosos. Imaginate si tuviéramos que hacer eso acá.

Otra que las cartas de Cristina. Bueno, Campos Neto había previsto 3,75%, con una banda máxima de tolerancia de pife, un "más menos 2%" de hasta el 5,25%. Le dio 10,6%.

Ante esto, como señala el último reporte semanal de Eco Go, aplicó la política contractiva más agresiva del mundo: aumentó la tasa de interés del 2 al 9,25% para encarecer el crédito, enfriar más la economía. Teléfono para nosotros.

"Eh, no ves que hay inflación en todo el mundo, por qué acá nos pegan más", suelta un operador del kirchnerismo puro que está buscando por estos días todo lo que pasa en materia de precios y prestaciones de servicios públicos en cualquier punto de la galaxia para justificar con contexto un problema estructural argentino que en todo caso en este puntualísimo momento comparte conceptos con otros países, aunque ni ahí se asemeja en magnitud ni profundidad.

El drama para los buscadores del mal de muchos es que en Brasil, por ejemplo, el costo de vida fue motorizado por el aumento de los combustibles y el transporte, por un lado, y la electricidad. Acá la energía es ancla y la mar en coche.

Un dato, además: Alberto Fernández lidera el ranking de la inflación acumulada en el primer bienio de gobierno entre todos los jefes de Estado desde 2003, según cuenta la firma de Marina Dal Poggetto: 105,4% entre 2020 y 2021, contra 74,6 de Mauricio Macri en 2016 y 2017, 55,4% del inicio de la segunda gestión de Cristina Kirchner, 37,4% de la primera y el 14,3% del arranque de Néstor, quién pudiera.

El marco internacional además nos depara un marzo donde a su vez hay que incorporar el dato de la Reserva Federal de Estados Unidos empezando a subir las tasas de interés también por la aceleración inflacionaria, un asunto de esos que explican las salidas de capitales de países chotones como el nuestro, con títulos que empiezan a hablar del fly to quality, monedas emergentes que la sufren y -por más controles que tengas- todo lo que te pasa factura en la gestión de un país especial, donde un corte de una autopista lo despeja no la policía sino la barra brava de un club, y cosas así.

Si a ese panorama externo "desafiante", como dicen los expositores en los seminarios, le metés que buena parte del campo está haciendo la danza de la lluvia para que el agua de estos días aleje una sequía que puede también restarle divisas a una economía con pocas reservas, el contexto para tomarse más tiempo para resolver qué hacer con el Fondo suma suspenso nivel Hitchcok y la ducha.

Pero no me den bola. Siempre las notas después de las vacaciones son las más pesimistas del año porque te influye que volvés a trabajar y eso.

Aprovechemos el verano para tomarse la vida con optimismo y aspirar a más. Como la semana pasada, cuando Elon Musk tuiteó esta supuesta frase del escritor John Tolkien: "Las elites no quieren que sepas que los patos del parque son para todos.

De hecho, yo tengo 458 patos en casa". El mercado financiero debatió qué quería decir el magnate detrás de Tesla. ¿Hablaba de su empresa? ¿De los bitcoins?

Nadie sabe. Pero desde acá, Eduardo Franciosi, director ejecutivo de la cámara de laboratorios CILFA aprovechó y le respondió en inglés que eso le recordaba una frase de su infancia, cuando una empleada que le regalaba flores a su madre decía: "No las robo, las cambio de lugar".

(*) Periodista - Publicado en El Cronista

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