Renta Básica: una experiencia (casi) desconocida en la Entre Ríos del siglo XIX
Desde Elon Musk hasta el Papa Francisco muchas figuras han propuesto una Renta Básica Universal como forma de dar autonomía a las personas y avanzar en un piso de igualdad. Pero pocos saben que en la Entre Ríos del siglo XIX se implementó un “ensayo social agrario” con un sistema de ese tipo. Y fue un rotundo éxito. Aquí se cuenta esa historia.
Por Américo Schvartzman
¿Qué pasaría si cada ciudadano recibiera, solo por el hecho de haber nacido, una suma de dinero mensual que cubra sus necesidades básicas? Sin condiciones, sin trámites humillantes, sin que ninguna instancia burocrática (ni intermediaciones) evalúen si es “merecedor” de la ayuda.
La idea es sencilla, aunque sus implicancias (en especial los debates que dispara) no lo son: en una sociedad organizada en torno al intercambio de monedas, que toda persona reciba un ingreso monetario básico, una transferencia monetaria regular e incondicional, universal e individual, por el solo hecho de existir. Sin requisitos, sin contraprestaciones, sin tener que demostrar pobreza ni necesidad extrema. Un piso material desde el cual vivir, y decidir qué hacer con el resto del tiempo: trabajar para acceder a más ingresos monetarios, o quizás no: potenciar aptitudes artísticas, culturales, hobbies, destrezas… o simplemente dedicarse al ocio.
Eso es, en términos generales, una Renta Básica Universal (RBU). No se propone eliminar el trabajo, sino intervenir en la relación que las personas tienen con él. Permite (en términos teóricos, pero como veremos, ya hay experiencias empíricas) elegir, negociar, rechazar. Introduce un margen de libertad, de autonomía, allí donde suele haber solamente necesidad.
Extensa genealogía
Lejos de ser una ocurrencia excéntrica o delirante, la propuesta tiene una genealogía extensa y transversal. La defendieron Bertrand Russell y Martin Luther King en el siglo pasado; mucho antes la insinuó el poco reconocido filósofo radical Thomas Paine. Más cerca de la actualidad, la desarrollaron Carole Pateman, Philip Van Parijs o Antoni Domenech; la impulsan economistas como Daniel Raventós o Rubén Lo Vuolo. Apareció en la Argentina reciente desde signos ideológicos diversos: de Elisa Carrió a Eduardo Duhalde, de la CTA de los años 2000 al Papa Francisco.
En estos días, renació desde el corazón mismo del capitalismo tecnológico: Elon Musk —como otros empresarios del sector— advierte que la automatización podría destruir más empleos de los que crea, y en ese escenario, argumenta, un ingreso básico no sería una utopía igualitarista, sino una condición de estabilidad. El dueño de Tesla no ve a la RBU como un lujo ni como una iniciativa “socializante”, sino como una necesidad del capitalismo para seguir teniendo consumidores en la era de los robots. “La RBU o el caos”, parece decir el magnate sudafricano.
Lo que vuelve potente a la RBU es que rompe grietas ideológicas tradicionales. Es una de sus claves: puede argumentarse “por izquierda” y “por derecha”. Como herramienta de redistribución, justicia social y reconocimiento de trabajos invisibles. O como mecanismo eficiente que simplifica el Estado, reduce burocracia y garantiza un mínimo sin interferir en las decisiones individuales.
¿Utopías reales?
También desde el marxismo aparece la RBU como un camino posible: toda una paradoja, si se piensa que para Musk (o para Milton Friedman, otro pope neoliberal) aparece como la salvación del capitalismo, mientras que para Erik Olin Wright, Antonio Negri o Van Parijs (todos marxistas o postmarxistas) la RBU sería una vía para fortalecer el poder de negociación de los trabajadores y transitar hacia “utopías reales”, para alcanzar una libertad real para todos, frente a la explotación de la producción inmaterial y biopolítica.
Son tradiciones distintas que por caminos diferentes llegan a una misma idea. Un poco en broma, pero no tanto, podría decirse que los primeros la conciben como la vía socialista para mantener vivo al capitalismo; mientras que los otros (incluido el Papa Francisco) la ven al revés: la vía capitalista para instalar un socialismo eficaz.
No vamos a resolver ese debate en estas breves líneas. Pero lo queremos conectar con algo más interesante y casi desconocido: la RBU no es solo teoría. Hay experiencias actuales en forma de “experimento” científico, pero de ellas hablaré en otra nota. Y las hubo en el pasado: una de las más singulares ocurrió en la Argentina del siglo XIX.
Un ensayo 170 años atrás
Bernardino Horne la definió con precisión: “un ensayo social agrario”. Ocurrió en la Colonia San José, en Entre Ríos, bajo la dirección de Alejo Peyret, a partir de 1857.
Cuando Urquiza le encargó organizar esa colonia, Peyret no se limitó a distribuir parcelas. Diseñó un sistema que garantizaba un piso material de existencia a los colonos, al garantizar a cada familia tierra, herramientas, animales, insumos. Y, sobre todo, algo menos visible y más decisivo: tiempo. Para producir sin caer en la miseria o en el endeudamiento. Tiempo para no quedar atrapados en relaciones de dependencia. Tiempo para apostar, arriesgar y ganar.
Y esa fue la clave de San José. Muchos proyectos de colonización fracasaban porque el colono llegaba sin respaldo y quedaba a merced del crédito, del intermediario o del patrón. Peyret ensayó una lógica diferente: asegurar condiciones iniciales que permitieran autonomía real. El mecanismo clave quedó registrado en el contrato que firmaban las familias suizo-francesas que se instalaron en la flamante colonia: la batería de beneficios que se les ofrecía, con la única exigencia de devolución cuando la chacra ya estuviera produciendo. Mientras, todo quedaba hipotecado a nombre de Urquiza, dueño de las tierras que se entregaban en colonización.
Cada familia firmaba un contrato cuyo texto se presentaba en castellano y en francés, y según el cual recibía «dieciséis cuadras de terreno», es decir unas diez hectáreas, y además: “cien pesos para comprar objetos de primera necesidad así como semillas; cuatro bueyes de labranza, dos caballos, dos vacas lecheras con su cría, madera y leña y la manutención de la familia durante un año desde su llegada a la colonia, a razón de diez libras de carne y tres libras de fariña por día para cinco personas de diez años arriba”.
Más que una RBU
El ensayo de Peyret era, incluso, más que una renta monetaria. Además de la suma fija de dinero, proveía de todo lo necesario para que esos colonos pudieran desacoplar no solo la supervivencia inmediata sino también su desarrollo como productores independientes, de la presión del mercado. Creaba un margen de libertad desde el inicio.
Un detalle notorio de aquel contrato es que los colonos de Peyret tenían cuatro años para reembolsar capital e intereses, aunque el filósofo consiguió flexibilidad ante pérdidas de cosechas, por ejemplo, por plagas. Además, había requisitos para impedir la especulación o la concentración de la propiedad: cada familia se comprometía a permanecer en la tierra y trabajarla hasta cancelar la deuda y, después, solo podía vender si su comprador se comprometía a continuar las tareas de agricultura.
La provisión de insumos y dinero a las familias es uno de los escasos antecedentes mundiales –concreto y operativo, no teórico– de un sistema exitoso de RBU y, vale insistir, constituyó una de las principales claves del éxito de la iniciativa.
(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1170, del día 21 de mayo de 2026)






