Diálogo con monseñor Mauricio Landra, obispo auxiliar de Mercedes-Luján

“Para dialogar hay que escuchar”

Edición
1170

Monseñor Mauricio Landra reflexionó sobre la crisis social, la pérdida de la capacidad de escucha y la necesidad de reconstruir vínculos humanos en tiempos de “realidades hirientes”. En diálogo con la ANÁLISIS, reivindicó la cultura del encuentro impulsada por el papa Francisco, pidió “no balconear la vida” y sostuvo que “la caridad cristiana no es lástima”, sino compromiso concreto con el otro.

Por Nahuel Maciel

En una extensa conversación con ANÁLISIS, el obispo auxiliar de Mercedes-Luján, monseñor Mauricio Landra, trazó una reflexión profunda sobre la crisis social, la pérdida de la capacidad de escucha y la urgencia de reconstruir vínculos humanos en tiempos atravesados por la pobreza, la desconfianza y las “realidades hirientes”. Con palabras atravesadas por la impronta pastoral del papa Francisco, reivindicó la cultura del encuentro, el diálogo y la necesidad de “no balconear la vida”.

Landra recordó que, cuando fue consagrado obispo auxiliar en octubre de 2023, recibió el llamado “a embarrarse y llevarle al pueblo fatigado palabras y gestos de cercanía”. En ese sentido, retomó una de las expresiones más características de Francisco para advertir que “no hay que balconear la vida ni tampoco balconear la fe”. Explicó que balconear implica “estar en la vereda de enfrente sin comprometernos para cruzar la calle y para estar con el otro”, y agregó que el balcón supone además “verlo desde arriba y no con un sentido de empatía, de cercanía, incluso de escucha”.

En la entrevista concedida a ANÁLISIS, el religioso sostuvo que la Iglesia debía asumir el riesgo de involucrarse en las heridas del tiempo presente. “Francisco prefería una Iglesia lastimada, embarrada, con heridas, incluso con salpicaduras, antes que aséptica e inmaculada”, señaló. Y añadió que esa misión exigía estar “con todos, todos, todos”, retomando otra de las expresiones emblemáticas del pontífice argentino.

EL diálogo tomó luego la parábola del buen samaritano como metáfora de la Argentina contemporánea. Para Landra, esa escena bíblica condensa una enseñanza esencial sobre la caridad y la proximidad humana. “La caridad cristiana no es lástima, tampoco es una simple colaboración económica”, afirmó. “Hablamos de una caridad de donarnos, y más allá de lo que tengamos en el bolsillo, es entregarnos”.

El obispo auxiliar explicó que el samaritano representó una actitud espiritual y humana que hoy se vuelve imprescindible frente a la fragmentación social. “Hacerse prójimo tiene que ver con una actitud. Y a los prójimos no los elegimos”, sostuvo. En ese marco, reivindicó los gestos silenciosos de solidaridad que aparecen incluso en los contextos más duros: “Cuando más mal estuvimos aparecieron dones que no conocíamos que teníamos”, valoró.

Landra también reflexionó sobre el rol de Cáritas y cuestionó las miradas reduccionistas sobre la acción social de la Iglesia. “Cáritas somos todos”, resumió, al explicar que la caridad no constituye “una sección de una parroquia”, sino una dimensión comunitaria de la fe cristiana. “Nuestra fe se tiene que expresar en la caridad. Es testimonio de nuestra fe la caridad”, enfatizó.

Uno de los momentos más intensos de la entrevista giró alrededor de la pérdida de la escucha en la vida pública y privada. “Para dialogar hay que escuchar”, advirtió. “Hay que tener ese párate y escuchar. Frená las palabras, pero frená también el movimiento para pensar y escuchar”. Desde allí, trazó una crítica cultural que excede la política partidaria y alcanza a la vida cotidiana. “El que grita más fuerte o más seguido pareciera que tiene la razón”, lamentó.

El obispo consideró que las sociedades maduras construyen consensos a partir de la pluralidad y no de la uniformidad. En ese punto evocó la experiencia del Diálogo Argentino y recordó que “las grietas tienen muchos orígenes y muchas expresiones”. A su juicio, la recuperación de la confianza social resultó imprescindible para reconstruir comunidad. “Nos escuchamos no porque seamos iguales, sino porque tenemos elementos en común”, definió.

La entrevista avanzó luego sobre el papel del Estado y los riesgos que emergen cuando se retira de los barrios más vulnerables. Landra sostuvo que “los extremos siempre van a ser malos” y rechazó tanto el asistencialismo absoluto como la lógica empresarial aplicada a lo público. “El Estado debe dar pérdida. Pero ¿en qué gastamos para que dé pérdida? Esa es la pregunta”, planteó.

Finalmente, el religioso profundizó sobre el concepto de pobreza desde una mirada espiritual y humana. “La pobreza no es solo la carencia de cosas indispensables”, explicó. Enumeró entonces nuevas formas de pobreza contemporánea: “Pobreza de oportunidades, pobreza de desconfianza, pobreza de educación”. Y concluyó con una definición que atravesó todo el diálogo: “Todos sabemos también que no es solo pan en la mesa, sino el trabajo para conseguirlo uno mismo y la apertura para agradecerlo y para compartirlo”.

-Cuando fue consagrado como obispo auxiliar en la arquidiócesis de Mercedes-Luján -en octubre de 2023-, quien lo recibió -fueron sus palabras-, “a embarrarse y llevarle al pueblo fatigado palabras y gestos de cercanía”. Y en la última misa por el papa Francisco, usted expresó a manera de síntesis que lo que menos “podían hacer era balconear la vida”. Nos gustaría que uniera ambas situaciones.

-Gracias. La palabra, la expresión “balconear” es una expresión de Francisco como como tantas que nos ayudó a interpretarlas, a darle el sentido desde lo espiritual para llevarlo a la vida. Es como estar en la vereda de enfrente sin comprometernos para cruzar la calle y para estar con el otro. Y el balcón le suma ese elemento de verlo desde arriba y no con un sentido de empatía, de cercanía, incluso de escucha. No hay que balconear la vida ni tampoco balconear la fe, es una expresión que el Papa Francisco nos regaló a todos. En realidad, para tener esa actitud en cada Ministerio y en cada situación que vivimos los cristianos. Ahí me pongo en el lugar de cristiano, más allá de la condición de cada cristiano.El embarrarse también tiene mucho que ver con que Francisco lo decía para todo el pueblo de Dios, para toda la Iglesia, que prefería una Iglesia lastimada, embarrada, con heridas, incluso con salpicaduras, antes que aséptica e inmaculada. Porque precisamente la misión que nos pide Jesús es esa: es estar en su Nombre con “todos, todos, todos”. Otra expresión de Francisco. Esa triple palabra se la dijo a los jóvenes, pero también la dijo para todos. En mi caso, es un día a día que a veces nos sale bien, a veces no, a veces no sabemos cómo. Estoy hablando ya del Ministerio Episcopal, estoy hablando de pastorear en una arquidiócesis acompañando al arzobispo en un pueblo de Dios que peregrina por Mercedes-Luján. En eso estamos. Esa es una expresión que le agregaría. A veces con la claridad y la paz de saber que lo hago en nombre de Jesús, en nombre de este pedido que también nos hizo a todos. Y, otras veces aprendiendo a hacerlo. Seguimos aprendiendo.

-La parábola del buen samaritano pareciera que es oportuna para los tiempos actuales, para la realidad concreta de todos los días. Porque a veces somos el samaritano. Otras, somos el que es auxiliado y estaba al costado del camino. A veces nos toca ser el posadero, quien brinda el hospedaje y que también confía. Las personas experimentan esas tres condiciones en distintos momentos de sus vidas. En tiempos de crisis es donde más se demanda la generosidad. Parece una contradicción. Porque la generosidad debería evitar los tiempos de crisis.

-Sin duda. Nos sobran ejemplos en la historia del pueblo argentino. Nos sobran ejemplos en la historia universal también; pero más a lo local, más a nuestras realidades en los últimos años, cuando más mal estuvimos aparecieron dones que no conocíamos que teníamos. No voy hablar de una crisis económica o socioeconómica puntual, sino ejemplos que son muy simples, en donde seguimos viendo gestos de caridad silenciosos. Pero, hay que verlos, hay que verlos. A veces son puntuales, otras son organizados, a veces son ante situaciones que hay ausencia de quiénes deberían hacerlo por obligación. La caridad cristiana no es lástima, tampoco es una simple colaboración económica. Y en esto, hablamos de una caridad de donarnos, y más allá de lo que tengamos en el bolsillo, es entregarnos. Y es compartirlo. Esto Jesús lo representó con el buen samaritano. Porque Él es nuestro buen samaritano, el de todos en realidad. Él es el que se hizo prójimo y nos invita a la “projimidad”, otra expresión de Francisco. Hacerse prójimo tiene que ver con una actitud. Y a los prójimos no los elegimos. Es como a los vecinos y a los parientes. No se eligen. Cuando decimos esto es porque algún entrevero tendremos con algún cercano, pero sigue siendo prójimo. Bueno, es una actitud, un ejercicio espiritual, en primer lugar.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1170, del día 21 de mayo de 2026)

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