¿Hay contagios que molestan más que otros?

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Otra vez la juventud como problema. ¿Son los únicos desobedientes?

Por Martín Güelman (*)

17:42, 29°3. Placa roja, música de catástrofe y un notero caminando por las playas de Pinamar rastreando una aglomeración de jóvenes. “A ver, mostrame la distancia social, la gente cuidándose, esto es una locura”. Desde el estudio del canal, el conductor le pide que le ponga el auricular a uno de los que festejan. “Yo entiendo todo, que se están divirtiendo, yo también fui joven, veraneé en Pinamar, pero te pido que por lo menos cumplas ciertos protocolos como para que ustedes después no contagien a su familia. Eso a vos te chupa un huevo, ¿no?”.

En los últimos días, buena parte de la discusión pública giró sobre una asociación de difícil refutación: la conducta de las y los jóvenes y su participación en las llamadas “fiestas clandestinas” constituyen el principal (cuando no el único) factor para explicar el acelerado aumento de casos de COVID-19. En esta nota, cuatro ideas para discutir sobre responsabilización, juventudes y sociabilidad en tiempos de pandemia, desde una premisa fundamental: buscar comprender no es justificar.

La justificación de un acto y la búsqueda por comprender sus motivaciones son acciones radicalmente distintas. Mientras que la primera es una operación moral, la segunda es un fenómeno gnoseológico. Comprender por qué pasa lo que pasa no es justificar a los pretendidos victimarios, exculparlos o liberarlos de responsabilidad, sino intentar llegar a la raíz de un problema con el horizonte (muy lejano, la mayoría de las veces) de evitar su repetición. Como señala el sociólogo Bernard Lahire en su libro “En defensa de la sociología. Contra el mito de que los sociólogos son unos charlatanes, justifican a los delincuentes y distorsionan la realidad”, al salir del registro de la emoción y del discurso condenatorio para intentar entender lo que sucede es habitual que aparezcan las sospechas de connivencia con los culpables, publicó Revista Anfibia.

En su mejor versión, las ciencias sociales analizan las lógicas que condicionan las prácticas, las historizan, reponen los contextos en los que ocurren, deconstruyen aquello considerado natural e inmutable y descubren tramas multicausales frente a las miradas simplificadoras que, muchas veces, caracterizan a los discursos políticos y periodísticos. Creo que cuando emerja nuevamente el cuestionamiento a su utilidad (que, en Argentina, parece hacerlo con una periodicidad aún más sistemática que la de las crisis económicas) bajo la insidiosa pregunta “¿Para qué sirven las ciencias sociales?”, tendremos en la idea anterior una respuesta interesante para brindar.

 El impresionismo no siempre es buen consejero 

Aquí no hay misterio ni discusión: los números de la temporada turística están lejos de ser alentadores. En Mar del Plata, los porcentajes de ocupación de hoteles y departamentos de alquiler no superaron el 40% durante la primera quincena de enero. Sin embargo, los noticieros y las redes sociales se pueblan de imágenes de aglomeraciones diurnas y nocturnas en las que los protagonistas excluyentes son personas jóvenes. Quien observe los videos y escuche que sólo en un fin de semana en dicha ciudad se detectaron 30 fiestas clandestinas se sentirá autorizado para considerar que la situación es crítica (y probablemente esté en lo cierto). Ahora bien, ¿es esto suficiente para arribar a juicios inapelables y para certificar la existencia de una tendencia social?

No hay dudas de que nuestras impresiones pueden ser buenos disparadores para pensar la realidad. Sin embargo, dejarnos llevar por ellas es poco recomendable sociológicamente. Ante un hecho que captura nuestra atención, debemos esforzarnos por refrendar, de manera seria y rigurosa, aquello que pudimos intuir en un inicio.

¿Dónde están las y los jóvenes que, de no existir la pandemia, estarían poblando masivamente las playas, bares, boliches y balnearios? ¿Cuántas fiestas habría por fin de semana en Mar del Plata si el virus no circulara entre nosotros? ¿Será que hay una mayoría silenciosa que no está participando de estos eventos y, por supuesto, no es noticia? ¿Será que nuestro entendimiento, con la inestimable ayuda de las redes sociales, se ha configurado en base a imágenes de alto impacto? Un estudio sobre quiénes son las y los jóvenes que no asisten, qué piensan de estas fiestas y de quienes concurren a ellas seguramente tendría mucho para aportar en esta dirección.

 Lxs jóvenes no son lxs únicxs desobedientes

Desde las usinas periodísticas y políticas se señala que los contagios de COVID-19 están creciendo fruto de las aglomeraciones masivas de jóvenes y de su participación en fiestas clandestinas. Pese a que la asociación pueda ser criticable, se sustenta en una serie de hechos irrefutables: en la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, un tercio de los casos reportados corresponde a personas de entre 15 y 30 años. Más significativo aún, entre la semana del 7 de diciembre y la del 11 de enero, los casos positivos en este grupo etario se multiplicaron por seis (mientras que en la población general se multiplicaron por 4,5). 

Otra vez la juventud como problema. Como se ha señalado en una declaración del Grupo de Estudios de Políticas y Juventudes del Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG), los discursos sociales que estigmatizan a las juventudes, las sancionan moralmente o las colocan como chivos expiatorios no son nuevos. Este tipo de discursos emerge con fuerza en situaciones complejas como las que estamos viviendo. Quien crea que la estigmatización tiene algún efecto positivo, se equivoca; solo produce el rechazo de la persona y torna imposible cualquier entendimiento para modificar las prácticas que la colocan en posiciones peligrosas e incluso afectan la salud pública.

Tal vez parezca una obviedad, pero no está de más reafirmarlo: las y los jóvenes no son los únicos que incumplen las medidas sanitarias. Sin embargo –y aquí juega un papel central el impresionismo– su incumplimiento es más visible porque ocupan deliberadamente el espacio público. Lo mismo sucede con el consumo de alcohol y el de otras drogas ilegalizadas. Este no es un patrimonio exclusivo de los jóvenes, claro está, aunque la alarma social es mayor para con los consumos juveniles porque estos ocurren muchas veces en espacios públicos.

Las campañas preventivas se hicieron eco de esta mirada diferencial y se centraron en las juventudes y en lo que ocurre en los ámbitos recreativos. En mayo de 2020, con un equipo del Área de Salud y Población del IIGG llevamos a cabo un estudio para analizar si con la pandemia se habían producido cambios en los patrones de consumo de bebidas alcohólicas. ¿Qué nos mostró? Que el grupo que más aumentó el consumo fue el de adultos de 35 a 44 años. Contra lo que pudiera creerse y la estigmatización, los jóvenes fueron los que menos aumentaron el consumo. El consumo de alcohol en jóvenes se da, en buena medida, en el encuentro con pares. Las restricciones de la cuarentena ayudan a entender que haya sido el grupo etario que menos incrementó el consumo. Considerando estos cambios, ¿no es momento de que las campañas incorporen la problemática del consumo entre adultos y al interior de los hogares?

Es un contrasentido pretender incidir sobre una determinada realidad a través de campañas de concientización sin conocer en profundidad dicha realidad y las motivaciones de los actores que intervienen. Para informar a las políticas públicas también sirven las ciencias sociales.

¿Acaso no hay reuniones puertas adentro de muchos adultos que también incumplen medidas sanitarias? ¿No tenemos claro ya que en estos ámbitos los riesgos de contagio son mucho más elevados? ¿Todos los adultos acatan perfectamente las recomendaciones sanitarias? ¿Será que hay contagios que molestan más que otros?

Dos ejemplos de los lejanos meses de marzo y junio de 2020 ilustran algunas de estas ideas. Caso 1: el guardia de seguridad de un edificio advierte a un residente que quiere salir: debe cumplir el aislamiento ya que acababa de regresar del exterior. El vecino, un robusto preparador físico, ingresa a la garita, amenaza al guardia, lo arrincona y lo golpea diecinueve veces en la cara. Antes de irse, le dice: “¿Vos querés seguir haciéndote el loco conmigo?”. Si hacía falta una muestra de lo difícil que sería reposar exclusivamente en la responsabilidad individual frente a la pandemia, aquí tuvimos un ejemplo perfecto. Caso 2: un grupo de funcionarios del gobierno anterior participa de un torneo ilegal de pádel, cuando aún no estaba permitida la práctica deportiva y había importantes restricciones a la circulación. La condición etaria de los incumplidores no hizo su ingreso triunfal en la cobertura de ninguno de los dos casos. 

 Es muy difícil ir contra la lógica del merecimiento

Uno de los argumentos más esgrimidos por quienes concurren a este tipo de fiestas o aglomeraciones se engloba en lo que podríamos definir como una “lógica del merecimiento”. El argumento es muy simple: luego de casi un año de encierro, sufrimiento e incertidumbre, sienten que se han ganado el derecho de distenderse, encontrarse con amigos y amigas y participar de instancias de sociabilidad. Una suerte de compensación.

Los relatos de las personas de nuestro entorno cercano que contrajeron el virus y la información transmitida en los medios de comunicación han conducido a muchas personas a realizar un ejercicio de “estadística por mano propia”, para emplear la denominación propuesta por Pablo Semán y Ariel Wilkis. De este ejercicio se derivan dos conclusiones. La primera: la inmensa mayoría de los menores de 40 años cursan el COVID-19 sin síntomas o con síntomas leves. La segunda: si la tasa de letalidad ya se considera muy baja en la población general (2,58% al momento de escritura de esta nota), en este grupo etario es directamente percibida como insignificante. Ambas conclusiones llevan a la creencia difícil de desmontar de que a ellos y a ellas no les va a pasar nada. A lo que debe sumarse un hecho de muy difícil asimilación: la posibilidad de estar contagiando a otras personas sin tener síntomas.

¿Es razonable pretender que tengan una conducta ejemplar, es decir, se priven de salir, juntarse y bailar pensando que con ello evitan el contagio de un adulto mayor al que quizás no conozcan? No olvidemos que, como nos han mostrado las ciencias sociales y la psicología, la sociabilidad entre pares tiene una importancia fundamental en la construcción de la subjetividad durante la juventud. En un contexto de fuerte individualismo, esperar una oleada espontánea de solidaridad intergeneracional tal vez sea pecar de ingenuidad. 

 Las personas buscan conciliar imperativos sociales y culturales

En nuestra vida cotidiana recibimos información de muy distintas fuentes y lidiamos con imperativos de diverso tipo: los del disfrute, de vivir experiencias, de aprovechar el momento. Junto a estos conviven otros igualmente extendidos como el cuidado de la salud o la vida sana y el equilibrio.

De los discursos que circulan nos apropiamos de manera crítica: aceptamos ciertas ideas, flexibilizamos algunas y negamos otras. Realizamos ecuaciones y negociaciones con las que vamos formando nuestro repertorio de sentidos. Actuar es, en parte, buscar conciliar imperativos de diversa índole. El Estado no es el único agente que los construye. Los medios de comunicación, las familias, los grupos de pertenencia, la publicidad y las religiones, por citar solo algunos ejemplos, también elaboran y difunden ideas acerca de lo que se considera correcto y deseable.

Una de las ideas que más se reiteró desde el inicio de la pandemia es que las actividades al aire libre entrañan menos peligros. Algunos comunicadores han llegado a afirmar que allí el contagio es casi imposible. Si a la disminución en la percepción del riesgo, provocada por la extensión de la cuarentena, le sumamos que las fiestas se realizan en entornos abiertos, la balanza para muchos y muchas parece inclinarse más hacia el imperativo del disfrute.

Otra idea extendida es que los jóvenes no constituyen un grupo de riesgo frente al COVID-19. La noción de “grupo de riesgo”, empleada en la epidemiología para referir a quienes tienen mayores posibilidades de contraer una determinada enfermedad, sufrir mayores complicaciones, o morir, ha sido criticada desde las ciencias sociales por dos motivos. En primer lugar, porque puede resultar estigmatizante para quienes son englobados bajo esta denominación. Por otra parte, porque genera en las personas que quedan por fuera una sensación de despreocupación que, en ocasiones, se vivencia como inmunidad. Así, por ejemplo, en los últimos años se ha registrado un importante aumento en el número de mujeres de 45 a 54 años con diagnóstico positivo de VIH. Se trata en gran medida de mujeres que han pasado su ciclo reproductivo y abandonan el uso de preservativo en sus relaciones sexuales al asociarlo exclusivamente con la gestión de la procreación. Para los patrones clásicos de la salud sexual y reproductiva, no conforman un grupo de riesgo. 

Las ciencias sociales en general y, la sociología de la salud y la antropología médica en particular, nos han permitido entender que tener información no alcanza para modificar las prácticas. No es este el lugar para analizar los múltiples factores que se asocian al no uso de preservativo, pero es claro que no son pocos quienes aún sabiendo que previene las infecciones de transmisión sexual y los embarazos no intencionales y teniendo posibilidad de hacerlo, no lo utilizan.

El espíritu de este texto no fue el de justificar conductas individualistas o que quiebran la convivencia comunitaria ni el de caer en una cultura de la indulgencia. Por el contrario, buscamos maximizar las posibilidades de comprender las motivaciones de las y los jóvenes que asisten a estas fiestas e incumplen las medidas sanitarias.

La experiencia y la investigación social nos han mostrado que, cuando de salud se trata, los spots y campañas comunicacionales –cuando están bien concebidos– ayudan, pero no alcanzan. Con o sin pandemia, no debemos reposar en el poder mágico de la transmisión de recomendaciones. Y lo más importante: la demonización y la estigmatización pueden reconfortarnos moralmente, pero son inocuas; no hacen otra cosa que distanciarnos de aquellos a quienes queremos convencer.

(*) Licenciado y Profesor en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Magíster en Ciencias Sociales por el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y la Universidad Nacional de General Sarmiento. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Becario doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Se desarrolla profesionalmente en el campo de la sociología de la salud, la sociología de la individuación, las juventudes, el consumo de drogas y las iniciativas socioterapéuticas para la prevención y asistencia de los consumos problemáticos de drogas.

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