Atilio Borón
La imagen que posteó Donald Trump en su red Truth Social no tiene desperdicio. Luego de estallada la polémica con su díscolo compatriota, el Papa León XIV, no tuvo más opción que retirar su mensaje de la red en medio de un vendaval de críticas y de generalizada indignación. Ahora son cientos los memes que ridiculizan al magnate neoyorquino, convertido en un hazmerreír mundial. Trump trató de dar vuelta a la página y bajó su publicación, pero el daño ya estaba hecho. Hay varias consideraciones que pueden hacerse sobre esa imagen. Veamos.
La primera es que aquélla refleja sin fisuras la obra de un megalómano, un hombre que se cree omnipotente, que sus deseos y su voluntad están por encima de las leyes, no sólo de las de su país, sino también las de la comunidad internacional, léase la Carta de la ONU, el Derecho Internacional Humanitario y las instituciones que velan por el cumplimiento de los principios contenidos en esos documentos. El límite a sus acciones, lo dijo cuando perpetró más de cien ejecuciones extrajudiciales de supuestas narcolanchas en el Caribe y el Pacífico y luego el bombardeo de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros y Cilia Flores; no es otro que el que le marcan sus (febles, cuestionables) principios morales.
Si fuera un ciudadano común y silvestre, esto sería una psicopatología aberrante, carne de diván para psicoanalistas, un peligro para la gente que lo rodea y nada más. Pero si quien padece ese trastorno es nada menos que el Comandante en Jefe del mayor establishment militar del planeta, alguien que tiene el nefasto botón nuclear al alcance de su mano -y de sus infantiles caprichos-, el asunto ya se juega en otra dimensión. Si no se lo controla, un esperpento como ese podría dar inicio a una Tercera Guerra Mundial que destruiría toda forma de vida en este planeta. Ya amenazó con regresar a la Edad de Piedra a una milenaria civilización, como la que hoy palpita en Irán. No un país, sino una civilización. Trump es capaz de hacer eso y mucho más.
En la imagen que estamos comentando aparece como alguien que recorre el mundo para salvar vidas en peligro, o para ofrecer consuelo a los moribundos. Pero este ser tan piadoso, vestido con los atuendos de Jesucristo, aparece rodeado de una verdadera parafernalia militar: aviones de guerra, soldados y, difuminadas en el fondo, amenazantes figuras monstruosas a las cuales es tan afecto Hollywood. No falta el águila norteamericana, símbolo del imperialismo yanqui, y la Estatua de la Libertad. En su delirio, Trump se presenta como el mesías predestinado a traer la luz para iluminar el sendero de la humanidad hacia su salvación. Su mano derecha descansa sobre la frente del moribundo. Este gesto no tendría nada de especial, salvo el sorprendente parecido de aquél con el “suicidado” Jeff Epstein, algo que no puede dejar de llamar poderosamente la atención por la gran discusión que hay en Estados Unidos sobre los archivos de Epstein, en gran parte todavía secretos.
Es bien sabido que proliferan las conjeturas sobre una supuesta extorsión que el régimen racista israelí habría ejercido sobre Trump al tener conocimiento de ciertos materiales de ese archivo que, de hacerse públicos, podrían destruir su presidencia. Por eso, rematan algunos, Estados Unidos se metió en una guerra que no era suya, sino de Israel. ¿Cuál era la amenaza que representaba la República Islámica a los Estados Unidos? Ninguna. En fin, un error que tendrá un costo económico y político inmenso para el gobierno de Trump y, en general, para el pueblo de Estados Unidos.
Obviamente, esta imagen generó un escándalo, no solo dentro de Estados Unidos y la feligresía católica de ese país, sino también fuera de él. El pasado fin de semana será inolvidable para Trump. Su otrora aliada, Giorgia Meloni, no tardó en salir a respaldar al Papa. Un día antes, el domingo, Trump había perdido a uno de sus más importantes aliados en Europa: Víktor Orban, derrotado ampliamente en las elecciones húngaras. Un fin de semana fatídico para el magnate por varias razones: fracaso de las negociaciones en Islamabad; continuación del control iraní sobre el estrecho de Ormuz; derrota de su aliado en Hungría y Meloni tomando posiciones en defensa de León XIV; por su parte, Japón, Corea del Sur, Australia, Canadá y los países de Europa Occidental se negaron a respaldar el esfuerzo bélico estadounidense, siguiendo la línea trazada por Pedro Sánchez en España y luego adoptada por Francia, Gran Bretaña y otros países europeos que parece estar comenzando a poner en cuestión su larga historia de subordinación a los dictados de Washington.
Un dato no menor de esos días ha sido el endurecimiento de las posturas de China, elevando el tono de sus críticas a la “ley de la selva” que pretende instaurar Trump y la paradójica “ayuda económico-financiera” que la guerra trajo para Rusia, al levantarse algunas “sanciones” económicas de Estados Unidos y la Unión Europea que la abrumaban y encontrar, en cambio, a numerosos clientes europeos que mendigan por el suministro de petróleo y gas. Astuto, Putin dijo que retomaría los envíos, pero que esas exportaciones debían pagarse en rublos o yuanes chinos, carcomiendo aún más la menguada gravitación de los petrodólares en el mercado petrolero mundial.
En el terreno militar, la aventura iraní tuvo consecuencias muy negativas para Washington. Se estima que el rosario de 17 bases o instalaciones militares estadounidenses radicadas en los países del Golfo y que rodeaban por completo a Irán ha sido gravemente dañado o totalmente destruido por los misiles y drones iraníes, y sin posibilidades inmediatas de reconstrucción. Si bien Trump produjo una gran devastación en Irán, afectando no solo sus objetivos militares, el retroceso de la presencia militar de Washington en una región que alberga la mitad de las reservas de petróleo del planeta constituye una derrota que algunos analistas militares estadounidenses se atreven a caracterizar de catastrófica. Creo que fue Jeffrey Sachs quien comentó que ahora las monarquías del Golfo, que cedieron alegremente partes de sus territorios para la instalación de bases estadounidenses, cayeron en la cuenta de que estas, lejos de estar allí para defenderlas de ataques enemigos, obraron como un imán que atrajo hacia sus territorios la furia retaliatoria de Irán. Difícilmente vayan a autorizar la reconstrucción de aquellas bases luego de lo ocurrido.
Trump parece ignorar que la “superioridad estadounidense” en el mundo de la posguerra y por más de medio siglo no se basó tan solo en la capacidad disuasiva de sus fuerzas armadas, sino también en la eficacia de una política de alianzas y por el enorme prestigio internacional cuidadosamente cultivado por el “poder blando” y todos los dispositivos de la industria cultural de Estados Unidos, que hacían aparecer a este país como el “líder natural” e inexpugnable de Occidente. El prestigio de un país y su gobierno es un factor importantísimo en la escena internacional, y el de Estados Unidos ha venido dañándose a ritmo vertiginoso. En este sentido, el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, cuando simpatizantes de Donald Trump tomaron por asalto la sede del Congreso en Washington D. C., interrumpiendo el acto de certificación de la victoria electoral de Joe Biden, fue un acontecimiento traumático, inesperado, impensable en la cultura política estadounidense y que terminó con un saldo de cinco muertos, numerosos heridos y daños de consideración en el edificio del Congreso. Más grave que eso es el hecho de que, ni bien Trump inauguró su segundo mandato presidencial, en enero del 2025, firmó una orden ejecutiva concediendo un “indulto total, completo e incondicional” a unas 1.500 personas procesadas o condenadas por su participación en dicho evento. En otras palabras, se legalizó lo que en Estados Unidos se llama “mob rule”, el gobierno de las muchedumbres que se imponen por medio de la violencia y el caos. Con ese perdón presidencial se abre la puerta a la anarquía, el caos y la violencia como factores aceptables en la vida política
Para concluir, el enfrentamiento con León XIV habla de la desesperación del magnate, quien aún no digirió la elevación al pontificado de Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, pero que pasó gran parte de su vida en Chiclayo, Perú. Su hermano mayor, Louis Martín Prevost, es un exmarine, residente en Florida y simpatizante de Trump y del movimiento MAGA. El Papa claramente está en las antípodas de Trump y se lo hizo saber de modo rotundo cuando rechazó la invitación del presidente para participar en los fastos conmemorativos de los 250 años de la independencia de Estados Unidos el próximo 4 de julio.
Además, las posturas de Trump en temas tales como la inmigración, la guerra y el empleo de la fuerza militar, o su nefasta premisa de “alcanzar la paz a través de la fuerza”, fueron reiteradamente fulminadas por León XIV. Algunos observadores coinciden en señalar que no existen antecedentes de un destrato tan reñido con las normas diplomáticas como el que Trump reservó para León XIV. Ni siquiera Iosif Stalin, duro crítico de Pío XII por su militante anticomunismo y su complicidad con el régimen de la Alemania nazi, llegó a los extremos del magnate neoyorquino que acusó al pontífice de “débil con el crimen”, “no estar haciendo un buen trabajo” y, en un rapto de desquiciada megalomanía, decir que “me debe el cargo”. Cuando un colaborador le informó a Stalin que Pío XII lo había acusado de ser un implacable dictador, cuentan que este se encogió de hombros y con calculado sarcasmo se limitó a preguntar: “¿Dígame cuántas divisiones tiene el Papa?” Pero Trump no es el único que ha ofendido a un papa. El energúmeno pendenciero que desde el gobierno está destruyendo a la Argentina insultó con palabras aún más soeces al Papa Francisco. Por razones de buen gusto me abstendré de reproducir las asquerosidades con que el “besatraseros” número uno del imperio (y admirador de genocidas como Netanyahu) calificó durante su campaña presidencial y también antes al Papa Francisco. Ambos, Trump y Milei, no tardarán mucho en transitar por las pestilentes cloacas de la historia contemporánea.
Fuente: Página12






