Sección

La noche en que Gualeguaychú se volvió infinita

El Indio Solari el 12 de abril de 2014 en Gualeguaychú.

En estas precisas horas, la noticia de la muerte del Indio Solari atraviesa al rock argentino como una descarga eléctrica de tristeza y memoria. En este preciso instante es oportuno pensar en aquella noche del 12 de abril de 2014 en Gualeguaychú. No en los números, aunque fueron descomunales. No en las polémicas, que las hubo antes, durante y después. Sino en las sensaciones y en las percepciones que se vivieron en cada esquina, pero también en el aire, en el barro, en la multitud. En ese instante extraño en el que una ciudad entera dejó de ser lo que era para convertirse en otra cosa sin perder su identidad.

Gualeguaychú llevaba días respirando distinto. La incertidumbre había sido la banda sonora de las semanas previas. Se discutía sobre la organización, sobre los costos, sobre el impacto que tendría semejante desembarco humano. Había argumentos sólidos y otros nacidos de la especulación. Pero, mientras se multiplicaban los debates, miles de personas ya estaban viajando. Desde todos los rincones del país comenzaban a llegar colectivos, combis, autos, motos, en bicicleta e incluso “a dedo”. Como si una fuerza invisible hubiera trazado una misma ruta para todos.

La ciudad empezó a desbordarse mucho antes de que sonara la primera canción. Los supermercados vaciaron sus góndolas y sus depósitos. Los kioscos vendieron hasta la última botella de agua y el último caramelo. Los hoteles, cabañas y hospedajes colgaron el cartel de completo a muy temprana hora. Los parques se poblaron de carpas. Los terrenos baldíos se transformaron en campamentos improvisados. Las familias alquilaban un baño, un patio o un rincón donde pasar la noche. Durante unas horas, Gualeguaychú recibió casi el doble de su población habitual y asistió, atónita, a un fenómeno que excedía cualquier recital.

Porque un espectáculo del Indio Solari nunca es solo un espectáculo o un recital. Es una peregrinación. Una ceremonia laica. La necesidad colectiva de encontrarse.

El Parque Unzué fue uno de los grandes escenarios invisibles de aquella historia. Allí, entre fogones, guitarras, mates y vino compartido, se desplegó la llamada “Misa Ricotera”. Miles de personas convivían bajo los árboles y junto al río como si formaran parte de una misma comunidad temporal. Muchos no se conocían. Sin embargo, hablaban con el mismo código. El idioma de las canciones no necesitaba de traducciones, sino de sentimientos.

Aquel 12 de abril de 2014

El recital que el Indio Solari ofreció en Gualeguaychú el 12 de abril de 2014 fue un acto cultural, político, social y económico que marcó un hito en la historia de la ciudad y de la provincia.

Junto con “Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado” el recital se desarrolló en el Hipódromo de Gualeguaychú en un contexto donde la polémica, la chicana, los argumentos fundados y sin fundamentos, estuvieron a la orden del día.

Los días previos se manejaron con más incertidumbre que información concreta, pero a medida que se iba acercando la fecha, los entusiasmos de propios y ajenos fue inocultable y, finalmente, la experiencia desbordó por todos lados: literalmente la ciudad se quedó sin suministros ni alimentos ante la presencia entre 170 mil y 200 mil personas. Nunca se pudo determinar de manera fehaciente cuántas personas llegaron para vivir el recitar y también la Misa Ricotera.

El gobierno de Entre Ríos (Sergio Urribarri era el gobernador) y la Municipalidad de Gualeguaychú (intendencia de Juan José Bahillo) fueron desbordados por las exigencias de la productora del Indio Solari, porque no se encargó solamente del recital en sí, sino que fue protagonista y dueña absoluta de toda la organización integral.

La elección de Gualeguaychú no fue al azar. Y el Estado en sus distintos niveles aportó todo un sistema de servicios que debían cubrir desde Salud pública hasta la Seguridad, pasando por Tránsito, Turismo, Obras y Paseos Públicos, entre otras áreas al servicio del recital y todo su negocio. Hay que dimensionar todo ese operativo y sus adicionales donde se involucraron a miles y miles de funcionarios públicos. Se había aclarado que todos los costos corrían por la productora del Indio Solari y que el Estado provincial solo debía acondicionar el predio del Hipódromo: cuya inversión quedaría para beneficio de la institución y de actividades similares en un futuro. Nada de eso ocurrió, lamentablemente.

La polémica exención de la Tasa de Espectáculo

Con el número de expediente 5213/14, el Ejecutivo Municipal elevó al Honorable Concejo Deliberante, el pedido de la productora del Indio Solari, la solicitud para que el espectáculo sea exceptuado del impuesto que contempla el Código Tributario Municipal para distintos tipos de espectáculos.

Fue un tema por demás controvertido. Para el oficialismo de entonces la ecuación fue la siguiente: preferían “sacrificar” y no recaudar aproximadamente 1,5 millones de pesos (de entonces), con tal de que ingresaran a la ciudad 100 millones de pesos que fue el cálculo conservador que se manejaba en esa época.

Ese recital fue -sin duda y a prueba de archivos- la propuesta musical y artística más importante de la Argentina de los últimos tiempos e incluso con pocas iniciativas que se la pueda igualar en la actualidad.

Intenso movimiento

Los números más conservadores de lo que implicó ese recital son más que elocuentes. Desde Tránsito Municipal se informó que a la ciudad habían ingresado poco más de 1.700 colectivos, más de 4.000 combis y 20.000 vehículos personales (entre camionetas, automóviles y motos).

En Pueblo General Belgrano ocurrió otro tanto. Se estimaron que más de 40 mil personas eligieron esa localidad, lo que implicó que más de 500 colectivos estacionaran en sus calles, también sobre la banquina de la Ruta 42, y en los caminos aledaños. La postal exhibía kilómetros y kilómetros de vehículos y personas dispuestas a caminar los casi 8 kilómetros de ida y vuelta para ver el recital.

En el Hospital Centenario se atendieron alrededor de 200 pacientes ambulatorios por problemas menores. Mientras que en las diferentes postas sanitarias se atendieron un promedio de cien personas en cada una, también por cuestiones ambulatorias.

En el predio del Hipódromo, el equipo médico de la Productora atendió a casi mil personas, la mayoría con síntomas de hipotermia, problemas de presión –al igual que los demás, todos ambulatorios- y fracturas menores. Se registró que dos personas sufrieron infartos, y uno de ellos falleció.

El Parque Unzué -el mayor paseo público de la ciudad- fue literalmente copado por la Misa Ricotera. Carpas por todos lados, incluso muchos pernoctaron a la intemperie. A la tarde del otro día -el domingo 13 de abril- ese inmenso predio estaba no solo desocupado, sino que personal de Espacios Verdes e Higiene Urbana estaba terminando de acondicionarlo con su postal habitual.

 

 

El “pogo” más grande del mundo

Los accesos al Hipódromo se abrieron a las 16 de ese 12 de abril de 2014. La expectativa ya era una presencia física. El suelo todavía conservaba el barro de las lluvias anteriores. Los zapatos se hundían. La humedad se pegaba a la ropa. El cielo parecía suspendido sobre una marea interminable de banderas, remeras negras y rostros expectantes.

Y entonces llegó la noche. A las 22:30, cuando el Indio apareció junto a “Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”, el Hipódromo dejó de ser un predio y se convirtió en un territorio emocional.

La primera impresión fue sonora. No fue un rugido. No fue el sonido clásico de los parlantes. Fue la gente. Cientos de miles de gargantas cantando al mismo tiempo producen un fenómeno difícil de describir. Es una vibración que se siente en el pecho antes que en los oídos. Una masa humana transformada en coro. Un movimiento colectivo que parece desafiar cualquier lógica.

Las luces recortaban figuras entre el humo y las sombras. El barro salpicaba con cada salto; cada movimiento arrancaba de la tierra un sonido húmedo, espeso, como el de algo que es mascado lentamente. Las pantallas gigantes devolvían la imagen de un artista que, aun manteniendo la distancia que siempre cultivó con los medios y la celebridad tradicional, parecía tener una conexión íntima con cada persona presente.

Allí estaba uno de los grandes misterios del Indio Solari: podía tocar frente a una multitud imposible de dimensionar y, al mismo tiempo, dar la sensación de estar hablándole de manera íntima a cada uno.

Por eso aquella noche no fue solamente multitudinaria. Fue profundamente personal para quienes estuvieron allí. Cuando llegó el “pogo” -el famoso “pogo ricotero”- la escena adquirió una escala casi mitológica. El barro desapareció bajo miles y miles de cuerpos saltando al mismo tiempo. El suelo parecía respirar. Desde cualquier punto del predio se observaba una misma imagen: una ola humana extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Y Gualeguaychú se convirtió, literalmente, “en el pogo más grande del mundo”.

Por eso, reducir aquella noche a una cifra es injusto. Lo verdaderamente extraordinario fue el vínculo. Ese pacto silencioso entre un artista y su público. Ese lazo construido durante décadas de canciones, ausencias, regresos, presencias, coherencia y fidelidades.

En la historia del rock argentino se hicieron recitales memorables y convocatorias gigantescas. Sin embargo, pocas veces se vio una identificación tan intensa entre una figura artística y su audiencia. El Indio Solari representaba algo que iba mucho más allá de la música. Para muchos era una forma de mirar el país, de entender la rebeldía, de sostener una identidad cultural propia.

Hoy, mientras las radios vuelven a pasar sus canciones y las redes se llenan de despedidas, aquella imagen regresa con una fuerza particular: el Hipódromo iluminando la noche, el barro, las banderas, la multitud cantando como una sola voz.

El recital terminó después de poco más de dos horas. La gente volvió lentamente a los colectivos, a las rutas, a los campamentos improvisados. Y, sin embargo, algo quedó. Algo que todavía permanece y es difícil de explicar. Quizás porque los grandes acontecimientos culturales tienen esa extraña capacidad de sobrevivir al tiempo. Quizás porque ciertas noches se niegan a terminar.

Ahora que el Indio Solari ya forma parte definitivamente de la historia grande de la música argentina, aquella jornada en Gualeguaychú adquiere otro significado. Ya no es solamente el recuerdo de un recital extraordinario. Es una postal de legado. La prueba de que hubo un momento en que cientos de miles de personas viajaron kilómetros y kilómetros para compartir canciones, emociones y pertenencia. La prueba de que el rock argentino fue capaz de reunir una multitud imposible alrededor de una voz. Y la prueba, también, de que algunas noches siguen encendidas mucho después de que se apagan las luces del escenario.

 

La noche infinita

 

Edición Impresa

Edición Impresa