Juan Bautista Veronesi.
Hay hombres cuya vida cabe en una fecha. Otros, en cambio, desbordan el almanaque y permanecen respirando en la memoria colectiva mucho después de haber partido. Juan Bautista Veronesi pertenece a esa estirpe rara y luminosa de personas que no atraviesan el mundo: lo transforman. Su muerte deja un silencio pesado, pero también una herencia moral imposible de clausurar. Porque hay seres humanos que, aun cuando descansan, continúan de pie en las causas que abrazaron.
Réquiem significa descanso. Lo dice el latín antiguo y lo repite la plegaria de los difuntos: “Requiem aeternam dona eis, Domine” (“Concédeles, Señor, el descanso eterno”). Pero cuesta imaginar a Juan Bautista Veronesi detenido en alguna quietud definitiva. Él, que hizo de la vida una militancia permanente; él, que entendió el paso por este mundo como una responsabilidad ética con el prójimo, con la tierra, con el agua, con el aire. Si alguna vez existió un hombre incapaz de la indiferencia, ese fue él.
Su partida conmueve porque no muere solamente una persona: se apaga una voz que supo denunciar cuando muchos callaban, una conciencia que incomodó a los poderosos y abrazó a los olvidados. Maestro, alfabetizador, apicultor, ambientalista, militante social. Cada una de esas palabras apenas alcanza para rozar la complejidad de una vida construida desde la coherencia.
Quienes lo conocieron saben que Juan Bautista tenía la rara virtud de los hombres transparentes. No había distancia entre lo que decía y lo que hacía. Su prédica nacía de la experiencia y no del discurso vacío. Había en él una forma austera de la grandeza: nunca necesitó estridencias para dejar huella. Le bastaba su presencia serena, esa mezcla de firmeza y ternura que poseen quienes comprenden que la verdadera revolución comienza en el respeto por el semejante.
Formado bajo la impronta humanista de los Hermanos de las Escuelas Cristianas La Salle, encontró en la educación una herramienta de transformación social. Tal vez por eso eligió los caminos difíciles. Mientras muchos buscaban comodidad y prestigio, él decidió marcharse a Formosa, a mediados de los años setenta, hacia El Pozo del Tigre. El nombre del lugar parece extraído de una geografía áspera y simbólica: allí donde el abandono estatal mordía fuerte y donde las necesidades urgían más que las palabras.
En aquellas comunidades de pueblos originarios, Juan Bautista enseñó Matemática, Física y Química, pero sobre todo enseñó dignidad. Porque alfabetizar no era para él únicamente transmitir conocimientos: era abrir puertas, devolver herramientas, sembrar autoestima donde históricamente habían sembrado exclusión. Comprendía que cada niño que aprendía a leer conquistaba una parcela de libertad.
Las realidades dolorosas no lo paralizaban. Por el contrario, parecían encenderlo. Había en Juan Bautista una sensibilidad profundamente humana frente a la injusticia. Nunca aceptó que el sufrimiento ajeno fuera paisaje ni muchos menos un destino inmodificable. Allí donde otros naturalizaban el daño, él construía comunidad. Allí donde predominaba el egoísmo, él respondía con organización y solidaridad.
A su regreso a Gualeguaychú encontró otra batalla que marcaría definitivamente su destino. El avance de las pasteras sobre el río Uruguay no era, para él, una discusión técnica ni económica. Era una cuestión ética. Entendía que defender el ambiente equivalía a defender la vida misma. Y entonces volvió a hacer lo que mejor sabía: convocar, organizar, concientizar, educar.
Fue uno de los grandes impulsores de la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú, ese movimiento que logró quebrar la resignación y colocar la problemática ambiental en el centro de la discusión pública. En tiempos donde hablar de ecología parecía una exageración para algunos sectores de poder, Veronesi insistía en señalar lo evidente: ningún progreso puede edificarse sobre la contaminación y el saqueo.
Aquel 4 de octubre de 2003, cuando vecinos y autoridades cruzaron el Puente General San Martín para presentar en Fray Bentos el reclamo contra las papeleras, Juan Bautista estaba allí. No como un espectador ocasional, sino como una de esas personas imprescindibles que sostienen las luchas incluso cuando parecen imposibles. Desde entonces, su figura quedó asociada para siempre a la resistencia ambiental. Siempre al lado de su esposa Gilda, otra incansable luchadora por la vida.
Pero limitar su legado a la protesta sería injusto. Juan Veronesi entendía que toda lucha profunda necesita también construir símbolos y conciencia colectiva. Por eso impulsó iniciativas como el Grito Blanco, esa convocatoria anual donde las comunidades educativas levantan una voz común por la vida y contra la contaminación. Había en esa propuesta una enorme esperanza pedagógica: enseñar a las nuevas generaciones que cuidar el planeta no es una moda, sino un deber moral.
Tampoco se conformó con una militancia local. Su mirada siempre fue amplia, integradora. Participó activamente en la creación de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), articulando luchas ambientales de distintos puntos del país. Comprendía que los conflictos ambientales no eran hechos aislados, sino síntomas de un modelo de desarrollo dispuesto a sacrificar territorios y comunidades en nombre de intereses económicos mezquinos.
Sus palabras aún resuenan con una vigencia estremecedora: “Pretendemos que nuestros Gobiernos entiendan nuestra lucha por la vida y que no nos traicionen”. No hablaba desde el odio ni desde el fanatismo. Hablaba desde la convicción ética de quien sabe que gobernar también implica cuidar el futuro. Y repetía, como una bandera moral imposible de bajar: “Debemos actuar pronto contra el saqueo y la contaminación”.
La muerte de Juan Bautista Veronesi provoca tristeza, claro que sí. Una tristeza honda, inevitable. Pero también deja una certeza luminosa: hay vidas que no terminan en el instante biológico de la muerte. Permanecen en los gestos heredados, en las causas compartidas, en los jóvenes que aprendieron a comprometerse gracias a su ejemplo. Permanecen en cada ciudadano que comprende que el ambiente no es una mercancía sino una Casa Común como bien lo enseña ese maestro colosal que fue el papa Francisco.
Quizás el mejor homenaje sea entender que personas como él no desaparecen del todo. Se vuelven río, memoria, semilla. Siguen hablando en el murmullo de las asambleas, en la tiza que escribe sobre un pizarrón humilde, en el zumbido paciente de las abejas, en las manos que vuelven a levantar una bandera por la vida.
Tal vez ahora Juan Bautista haya encontrado ese descanso eterno que nombra el réquiem. Pero, incluso en el silencio de la ausencia, parece escucharse todavía su voz recordándonos que la defensa de la vida no debe tener descanso sino continuidad.






